Uno de los aspectos positivos de la postmodernidad (tiene otros cuestionables) ha sido abrir una brecha importante en la Modernidad y en la creencia de que la verdad tiene una fundamentación segura con validez absoluta.
Estos días vengo escuchando, tanto entre mis amistades como en los medios de comunicación y en las redes sociales, declaraciones en las que se insiste en que hay que creer en la ciencia, en la medicina y, claro, en las vacunas. Mi posición siempre ha sido crítica con cualquier creencia y, por ello, a lo más que llego es a una confianza crítica: no soy negacionista y me he vacunado con la doble dosis.
Ver esta serie sobre la farmacéutica Purdue Pharma, que provocó una epidemia de opiáceos en Estados Unidos que ha ocasionado casi medio millón de personas muertas y miles de personas con graves problemas de adicción, es muy esclarecedora al respecto.
Se trata de una miniserie con buenos actores y actrices entre quienes quiero destacar a Michael Keaton. Estamos ante una serie sin concesiones, sin esperanzas en que haya salidas a un capitalismo salvaje (por el que se rigen todas las farmacéuticas) y suicida que solo conoce el objetivo del beneficio y que vende bonitas creencias y mentiras.