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viernes, 7 de agosto de 2015

ELVIRA NAVARRO, La trabajadora.

No elegí esta novela, fue un regalo de una amiga que pidió consejo en una librería alternativa (por sus actividades culturales asociadas a la librería) que frecuentamos. Fue una mujer veinteañera quien se la recomendó y digo esto porque, quizás, sea relevante ese dato; o no, no lo sé.
La novela es bastante breve, 155 páginas, y su título trata de reflejar, supongo, el modelo de trabajadora actual en precario.


Elvira Navarro (Huelva, 1978) es licenciada en Filosofía y una escritora relativamente novel puesto que esta es su cuarta obra, publicada en el 2014. Es autora de un blog, Periferia, sobre los barrios de Madrid en el que explora los espacios limítrofes y periféricos de la gran ciudad. Algo de ese interés aparece en esta novela.



El tema: dos mujeres jóvenes, bueno una joven y la otra, cuarentañera que parece joven, más por la vida que lleva que por otra cosa. Susana y Elisa, comparten piso por falta de recursos económicos para poder vivir solas. Lugar: Madrid, en concreto Aluche, un barrio de la periferia madrileña (que conocí en circunstancias parecidas a las de ambas protagonistas hace unos cuantos años), una zona limítrofe. Empleos precarios, salud mental precaria. Ambas situaciones vinculadas por la desesperanza.

Todo lo que cuenta sé que es real, sin embargo, yo que soy capaz de creerme que una mujer se enamora de un oso, no me creo la historia que me cuenta Elvira Navarro. Hay algo impostado, algo teatral, que no me ha permitido conectar con nada de lo que me explica, de hecho solo he logrado destacar un párrafo que habla de bibliotecas.

No se trata de que un escritor nos cuente la “realidad”, eso lo hace cualquier periódico o medio de comunicación. Se trata de que elabore una historia llena de vida en la que palpite el aliento y transpire el agobio de la precariedad y la enfermedad mental que puede estar asociada a ella.



Byung-Chul Han  en La sociedad del cansancio, parte de la idea de que toda época tiene sus enfermedades emblemáticas y la actual es la neuronal (con enfermedades como la depresión, el trastorno  por déficit de atención con hiperactividad –TDAH-, el trastorno límite de la personalidad –TLP- o el síndrome de desgaste ocupacional –SDO-). Estas enfermedades no son infecciones, son infartos ocasionados por un exceso de positividad. Desaparece la otredad y la extrañeza propia de la etapa viral e inmunológica y es sustituida por la diferencia que no produce ninguna reacción inmunitaria ya que el paradigma inmunitario no es compatible con el proceso de globalización y de hibridación. La desaparición de la otredad significa que vivimos en un tiempo pobre de negatividad, aunque la violencia puede aparecer también de lo idéntico. Lo idéntico no conduce a la formación de anticuerpos ya que en un sistema dominado por lo idéntico no tiene sentido fortalecer las defensas del organismo. La violencia de la positividad, que resulta de la la superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación, no es “viral”; el agotamiento, la fatiga y la asfixia ante la sobreabundancia tampoco son reacciones inmunológicas  porque carecen de negatividad. La violencia de la positividad no es privativa, sino saturativa; no es exclusiva, sino exhaustiva. Por ello, es inaccesible a una percepción inmediata. La violencia neuronal no parte de una negatividad extraña al sistema, más bien es sistémica, es decir, consiste en una violencia inmanente al sistema.


Lo que cuenta Navarro está contado ya en otros ámbitos, a ella le tocaba construir una historia y, desde mi punto de vista, no lo logra, así que todo es un discurrir errático, sin emoción y sin verdad.