Este libro lo había leído (y «perdido») hace tiempo, cuando se hizo evidente la gravedad de la pandemia del covid y el largo confinamiento que empezó en marzo de 2020, decidí volver a comprarlo y releerlo.
En
su momento me pareció que Camus había fantaseado en exceso al narrar una
epidemia de peste en la década de 1940, esta vez me ha parecido verosímil y
cercana. He encontrado paralelismos con lo vivido en estos meses, casi ya un
año:
«Aunque la peste, por la imparcialidad eficiente que usaba en su ministerio, hubiera debido afirmar el sentido de igualdad en nuestros conciudadanos, el juego natural de los egoísmos hacía que, por el contrario, agravase más en el corazón de los hombres el sentimiento de la injusticia» (p. 271).
Como
decía, la peste se declara en la década de 1940 en la ciudad de Orán, pronto la
muerte se extiende y se declara el aislamiento de la ciudad que queda confinada
durante meses. Diversos personajes irán apareciendo en el transcurso del
relato, de todos ellos el médico Rieux tendrá un especial protagonismo y será
quien relatará los sucesos ocurridos durante la epidemia.
Camus
retrata un mundo enfermo, como el nuestro, que tiene la oportunidad de sanar a
través de la experiencia de la epidemia de peste:
«Tarrou creía que la peste cambiaría y no cambiaría la ciudad, que sin duda, el más firme deseo de nuestros conciudadanos era y sería siempre el de hacer como si no hubiera cambiado nada, y que, por lo tanto, nada cambiaría en un sentido, pero, en otro, no todo se puede olvidar, ni aun teniendo la voluntad necesaria, y la peste dejaría huellas, por lo menos en los corazones» (p. 320).
En
efecto, el aislamiento y confinamiento modifican los comportamientos humanos:
los afectos, el apoyo mutuo, la solidaridad y la colaboración. Si eso perdurará
cuando se supere la pandemia está por ver, si nos ha dejado huellas en los
corazones, también lo podremos comprobar.

