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lunes, 18 de junio de 2018

DASA DRNDIC, Trieste

Dice la traductora de este libro, Simona Skrabec, que este libro es como un dedo índice dirigido al pecho de cada lector en singular. Es por eso que el rompecabezas no está acabado y sus hilos narrativos se pierden. 


Tengo muchos párrafos subrayados, muchas palabras que hieren cuando se leen, muchos sucesos ocurridos que nos enseñan el camino de la maldad humana. Hay que tener el estómago o las espaldas muy grandes para leer este libro que, sin embargo, es imprescindible. 
Los observadores ciegos, la gente “normal”, son los que hacen apuestas seguras, son los que no arriesgan. Ellos quieren vivir sus vidas sin interrupciones. En la guerra, e ignorando la guerra, esos observadores ciegos giran la cabeza con indiferencia y rehúsan activamente saber nada. Su autodefensa consiste en un escudo duro. Encerrados en su cápsula, se regocijan como larvas.
Los hay en todos los sitios. En los gobiernos neutrales de los países neutrales, entre los aliados, en los países ocupados, entre la mayoría, entre la minoría, entre nosotros. Somos nosotros, los bystanders.
Durante sesenta años, esos observadores ciegos se han golpeado el pecho diciendo “somos inocentes porque no lo sabíamos”, pero al llegar nuevas guerras y nuevas desgracias, aparecieron nuevos observadores. Así nacieron ejércitos de jóvenes y fuertes bystanders con los ojos vendados, que se alimentan directamente de esa exculpación al observador, de esa inocencia indestructible. Esos hombres inocentes son los que hacen posible el mal. (p. 130) 
Hacía tiempo que no leía un libro (de ficción realidad) que me impactara tanto como este. Aparecen las víctimas, pero especialmente los victimarios y sus descendientes, y la zona gris que lo acapara casi todo. 

Lo recomiendo de forma total. Una lectura imprescindible sin duda alguna.