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sábado, 7 de diciembre de 2013

CAMILO JOSÉ CELA, Viaje a la Alcarria.

La lectura de este libro me la propuso Carlos porque según me dijo, pese a haber oído hablar de la obra, no la había leído siendo de su autor favorito. Durante una semana fuimos fragmentando la lectura en capítulos y comentando lo leído cada dos días. 



El 9 de marzo de 1948 sale de la imprenta el libro, tiene 220 páginas y su título recoge literalmente el contenido, puesto que se trata del recorrido por la Alcarria de un viajero, trasunto del propio autor.

La lectura compartida empezó así un 22 de octubre por la noche:


--Carlos (C): Me llama mucho la atención que el autor se refiera a sí mismo como El viajero. La narración en tercera persona diferencia a este texto del tono tradicional de los relatos de viajes en que siempre habla el protagonista.

--U-topía (U): Es cierto, me da la impresión de que marca así una distancia para que nadie dude que no es él, que no es biográfico. Conforme he ido leyendo me he visto a mí misma recopilando información sobre él, da muy poca más allá de lo que anda, lo que come, duerme o habla con quienes se encuentra. 

Y así fue, a lo largo de toda la lectura he ido rastreando las breves referencias al viajero, que, quizás, pudiéramos considerar como confesiones sobre sí mismo que sintetizo a continuación: 

El viajero tiene su filosofía de andar, piensa que siempre, todo lo que surge, es lo mejor que puede acontecer (p. 25). El viajero prefiere dormir bajo el recuerdo de una última sensación agradable: una cigüeña que vuela, un niño que se chapuza en el restaño de un arroyo, una abeja libando la flor del espino, una mujer joven que camina, al nacer del verano, con los brazos al aire y el pelo suelto sobre los hombros (p. 48). 

Le comenté a Carlos que eso de dormir bajo el recuerdo de una última sensación agradable lo intentamos hacer todos. A lo que respondió:

--C: Sí, cuando se echa sobre la manta, busca una última imagen para comenzar el sueño con un bello pensamiento, es un buen truco ¿verdad? Aunque con el vino que llevaba en la cantimplora no le hacía mucha falta.

El viajero es un hombre con una vida tejida de renunciaciones (p. 69). (…) un hombre un poco solitario (p.79). El viajero, como siempre, se enteró tarde de que fue cruel (p. 79). Y por último que (…) tiene su pequeña historia familiar relacionada con la Orden [de los franciscanos] (…) (p. 212). 

Y más nada sobre el viajero. Eso me llevó a indagar sobre las características y objetivos de su viaje. Tampoco descubrimos mucho más. 

El viaje que se quiere hacer [es] un poco a rumbo, un poco como el fuego en una era: a la buena de Dios y a la que salga (p. 23). Y también se propuso no dormir nunca dos días seguidos en un mismo pueblo (p. 161). 



Ninguna referencia más sobre los planteamientos de este viaje que se produjo, en la inmediata postguerra, entre el 6 y el 16 de junio de 1946. Escasas referencias a la guerra civil y la dura postguerra más allá del hambre en los pueblos que recorre o estos dos fragmentos:

Don Mónico es un alcalde antiguo, que rige el pueblo en padre de familia y que tiene un sentido clásico y práctico de la hospitalidad y de la autoridad. El viajero piensa que así como es don Mónico, debieron haber sido los corregidores de tiempos atrás, que no sabe si fueron buenos o malos, pero que a todos se los imagina rectos, enamorados y patriarcales (p. 204-205).

Hablando del museo de historia natural de Pastrana: Está muy desordenado; cuando estuvieron aquí los rojos lo desbarataron todo (p. 213). 

Aunque es crítico con algo que se acostumbra a hacer en España, y que el franquismo de la postguerra incentivo, vivir de dorados recuerdos. Afirmando que el pasado esplendor agobia y, para colmo, agosta las voluntades [para entender] el problema de todos los días (p. 215). 



En Viaje a la Alcarria descubrimos una prosa flexible, dinámica y expresiva que desarrolla una aparente despreocupación formal. Las frases cortas con las que describe un paisaje, un momento, un pueblo, lo demuestran:

El viajero se lava en el zaguán en una palangana colocada en una silla de enea. Un niño llora sin demasiadas ganas. Las gallinas empiezan a recogerse. Un perro escuálido husmea los pies del viajero. El viajero le da una patada, y el perro huye, con el rabo entre las piernas. Se ve que es un perro acostumbrado a recibir patadas. Una niña juega con un gato blanco y negro, y otra niña la ve jugar, con cara de mala uva y sin quitarle el ojo de encima. Un burro pasa, solo, camino de la cuadra; empuja la puerta con el hocico y se cuela dentro (p. 55). 

Carlos señaló respecto al tratamiento de los personajes a lo largo del viaje que: 

--C: Al implicarse apenas con los compañeros de viaje, o con los residentes, permite que entren y salgan del relato cada uno con sus penas y alegrías, de éstas pocas. 
En cuanto a la filosofía de caminar con la bota y la barriga llena todo le parece agradable. Cela es un golfo y un señorito adinerado de provincias. Pasa por encima de todo, desprecia o no aprecia a nadie, ni a la verdulera de los tomates por sorda, ni al tonto cigarrero, al que arrean una sonora bofetada entre las risas del personal. Se comporta de una forma cínica con los personajes, los crítica y no siente conmiseración hacia ellos salvo cuando son mozas guapas. Solo trata con cierta deferencia a los que considera sus compinches, es mi autor preferido, pero en lo personal me parece un impresentable. 
En el transcurso del diálogo Carlos percibió algo que no detecté yo, un cierto cambio de estilo:

--C: Cabe señalar que es a partir del capítulo VII cuando aparece el Cela más cínico y personal, sus opiniones se tiñen de esa gracia crítica tan habitual cuando relata sobre los otros personajes, el mismo se reconoce como un mentiroso en sus intervenciones y mediante un uso y dominio de la retranca más gallega, pasa indemne sobre cuantas quejas y amenazas recibe, los capítulos se alargan y profundiza más en la vida de los pueblos que visita, narra sobre el hambre, la miseria o la riqueza que encuentra en cada lugar.



Yo apunté que había visto a partir de este capítulo divertidos fragmentos llenos de humor como el viaje en un autobús abarrotado:

El viajero, al intentar acomodarse, pisa sin querer a una gitana jovencilla, muy guapa. La mujer da un grito.

_¡Mal puñetazo te pegue un inglés borracho, esaborío! 

Cuando el autobús echa a andar, la gente se va acoplando. El acoplamiento es, a veces, doloroso.

_¡Que me aplasta usted a la criatura! El hombre, haciendo equilibrios, responde sin mirar; aunque quisiera, no podría volver la cabeza.

_Échela usted en la baca, señora, y cállese. 

_Tendremos que esperar a agosto, que por ahora lo llevo dentro.

No más salir del pueblo, unas criadas empiezan a alborotar: ya irán así todo el camino. Antes de llegar al Tajo, una señora gorda dice perdone, y les vomita por encima a un guardia civil, a su señora y a un niño de pecho que llevaba al brazo. El niño iba dormido, pero, como es natural, se despierta y empieza a gritar; el niño grita como si lo estuvieran matando; la cosa, como dice muy bien un joven de corbata de lazo y flexible verde claro, no era para tanto (p. 180-181). 



Y por último se pueden encontrar comentarios bastante sexistas como cuando critica a las criadas de Madrid diciendo que son presumidas, que no son nadie, que son como todas, pero que tienen unos humos que parecen condesas y encima añade que el arriero y el viajero no las miran a la cara y prefieren a la chica de pueblo para saber en qué trotes ha estado metida (p. 54). 

La obra es muy entretenida de leer pero creemos que no deja de ser una obra menor del autor. De todas formas como libro de viajes tiene virtudes que fueron novedades en su momento.

Las imágenes de la Alcarria están tomadas de google.
La edición de Espasa-Calpe es de Carlos y la de Destino, que yo leí, es de una biblioteca pública.