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viernes, 10 de abril de 2015

PASCAL MERCIER, Tren nocturno a Lisboa.

Cuando leí la reseña que hizo Agnieszka (he sido incapaz de encontrarlo entre sus etiquetas), supe de inmediato que tenía que leerlo. Y ahora sé que, en efecto, así era.


Ya en su primer capítulo caí en las redes de Gregorius, un bienjestorio como decía Joyce, un erudito maravillosamente aburrido, seco que para algunos parecía estar hecho sólo de palabras muertas, al que algunos colegas, envidiosos de su prestigio, llamaban “El Papiro” (p. 19). Ese erudito mostrará su capacidad para desmontar toda su vida al conocer brevemente a una mujer con abrigo rojo, desgarrada entre el amor y el odio, en el puente de Kirchenfeld (Berna).

Gregorius se dio la vuelta y caminó lentamente en dirección al puente de Kirchenfeld. Cuando el puente se hizo visible, tuvo la extraña, inquietante y a la vez liberadora sensación de que estaba a punto de tomar del todo las riendas de su vida, por primera vez a la edad de cincuenta y siete años (p. 25).

Que pudiera coger un tren nocturno a Lisboa (de ahí el título), y marchar de Berna, era para alguien como él una ruptura total puesto que su ciudad era una concha, una cueva habitable, un edificio seguro. Todo lo demás significaba peligro (p. 33). No desvelaré el porqué.

La novela de 525 páginas en la edición de bolsillo que encontré, temo que tiene algunos fallos de traducción que no perjudican su lectura pero, a veces, incomodan.

Pascal Mercier, seudónimo de Peter Bieri nació en Berna en 1944. Estudió filosofía, filología inglesa e indología en Londres. Su trabajo posterior se ha orientado hacia la filosofía de la mente, la epistemología y la ética. Actualmente es profesor de filosofía del Lenguaje en Berlín. Escribió su primera novela, no traducida al castellano, en 1995; Tren nocturno a Lisboa la publico en 2004 y fue traducida al castellano en 2012.


Tras conocer a la mujer del abrigo rojo, que resulta ser portuguesa, Gregorius encuentra por azar, un libro de un desconocido Amadeu de Prado y toma la decisión espontanea de marchar a Lisboa. Allí encontrara a diversas personas, con los que el autor construye una galería de magníficos personajes, que conocieron a Prado, un médico que colaboró con la Resistencia a la Dictadura de Salazar. Prado, un hombre que tenía una postura paradójica con respecto a muchas cosas, volcó su pensamiento y sus emociones en unas páginas que nos introducen en un laberinto de reflexiones sobre la vida, la amistad, la lealtad, la coherencia personal, el amor y la literatura.
Existía la gente que leía y las otras. Enseguida se notaba si alguien era lector o si no leía. No había entre los seres humanos una diferencia mayor que ésa. La gente se quedaba perpleja cuando él afirmaba tal cosa, y algunos sacudían la cabeza ante su excentricidad. Pero así era. Gregorius lo sabía. Lo sabía (p. 103).
La historia narrada está intercalada por fragmentos de los escritos de Prado en cursiva.
¿Cómo podemos ser felices sin la curiosidad, sin las preguntas, sin la duda y los argumentos? ¿Cómo podemos serlo sin la satisfacción del pensar? (p. 210).
¿Qué sabemos de alguien sino sabemos nada de las imágenes que provoca su fuerza imaginativa? (p. 339).
A través de Prado el autor indaga en las mil y una concesiones que el ser humano lleva a cabo para huir de la soledad, de la diferencia, de la censura social. ¿Qué sucedería, dice de nuevo Prado, si fuéramos fieles a nosotros mismos? ¿Por qué perdemos el tiempo en banalidades y dejamos aparcados deseos largamente acariciados para un tiempo posterior que luego nunca llega?
Y es que hay cosas demasiado grandes como el dolor, la soledad y la muerte, pero también la belleza, lo sublime y la felicidad (p. 498). Si no nos entregamos a la creencia en los dioses que nos proponen las religiones, solo nos queda la poesía de la vida individual.
De la poesía no se hablaba con entusiasmo. La poesía se leía. Se la leía con la lengua. Se vivía con ella. Se sentía la manera en que nos conmovía y nos transformaba; la manera en que contribuía a dar una forma a la propia vida, una coloración, una melodía (p. 498).

Una lectura inolvidable que nos asalta con preguntas sinfín y que nos turba con las reflexiones de los múltiples personajes que la pueblan y que plantean esos temas eternos que nos inquietan y nos permiten alcanzar la satisfacción del pensar.