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martes, 28 de septiembre de 2010

Miguel Hernández



Miguel Hernández (1910-1942).
Nació en octubre de 1910 en el seno de una familia de Orihuela dedicada a la crianza de ganado. Pastor de cabras desde muy temprana edad, Miguel fue escolarizado a partir de 1915, estudiando primaria y bachillerato. Su padre rechazó la posibilidad de que estudiara con una beca en la Universidad. En 1925 abandonó los estudios por orden paterna para dedicarse en exclusiva al pastoreo, aunque poco tiempo después cursó estudios de derecho y literatura. Mientras cuidaba el rebaño, Miguel leía con avidez (San Juan de la Cruz, Gabriel Miró, Paul Verlaine y Virgilio entre otros) y empezó a escribir sus primeros poemas.



Miguel Hernández formó un improvisado grupo literario, junto a otros jóvenes de Orihuela, entre los que se encontraba su amigo José Marín Gutiérrez, futuro abogado y ensayista que posteriormente adoptaría el seudónimo de «Ramón Sijé» y a quien Hernández dedicará su célebre Elegía. A partir de este momento, los libros fueron su principal fuente de educación y los grandes autores del Siglo de Oro: Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega y, sobre todo, Luis de Góngora, se convirtieron en sus principales maestros.
Tras este prometedor comienzo marchó a Madrid para trabajar y colaboró con asiduidad en Revista de Occidente. Mantuvo una tórrida relación con la pintora Maruja Mallo, que le inspiró parte de los sonetos de El rayo que no cesa.
Su poesía se fue haciendo más social y manifestó a las claras un compromiso político con los más pobres y desheredados. Al estallar la Guerra Civil, Miguel Hernández se alistó en el bando republicano. En plena guerra, logró escapar brevemente a Orihuela para casarse el 9 de marzo de 1937 con Josefina Manresa. A los pocos días tuvo que marchar al frente de Jaén.



En diciembre de 1937 nació su primer hijo, Manuel Ramón, que murió a los pocos meses y a quien dedicó el poema Hijo de la luz y de la sombra y otros recogidos en el Cancionero y romancero de ausencias. En enero de 1939 nace el segundo, Manuel Miguel, a quien dedicó las famosas Nanas de la cebolla.
En abril de 1939, concluida la guerra, se había terminado de imprimir en Valencia El hombre acecha. Aún sin encuadernar, una comisión depuradora franquista, presidida por el filólogo Joaquín de Entrambasaguas, ordenó la destrucción completa de la edición. Sin embargo, dos ejemplares que se salvaron permitieron reeditar el libro en 1981.
Intentó huir de la dictadura cruzando la frontera de Portugal por Huelva, pero la policía de Salazar lo entregó a la Guardia Civil. Gracias a las gestiones que realizó Pablo Neruda ante un cardenal, salió en libertad inesperadamente, sin ser procesado, en septiembre de 1939. Vuelto a Orihuela, fue delatado y detenido y ya en la prisión de la plaza del Conde de Toreno en Madrid, fue juzgado y condenado a muerte en marzo de 1940. En la cárcel enfermó, padeció primero bronquitis y luego tifus, que se le complicó con tuberculosis. Falleció en la enfermería de la prisión alicantina a las 5:32 de la mañana del 28 de marzo de 1942, con tan sólo 31 años de edad. Se cuenta que no pudieron cerrarle los ojos, hecho sobre el que su amigo Vicente Aleixandre compuso un poema. Fue enterrado en el nicho número mil nueve del cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante, el 30 de marzo.
La primera vez que oí hablar de Hernández fue en el instituto de bachiller, un centro de nueva creación muy activo desde el punto de vista político (tanto el profesorado como el alumnado). Enseguida admiré, porque compartía con él, su origen humilde y las dificultades para estudiar. Mi padre era obrero metalúrgico y mi madre modista que cosía en casa hora y horas para poder vivir más dignamente. Algunos de mis abuelos (más bien ellas) eran analfabetas, mis padres no concluyeron la enseñanza primaria porque tuvieron que empezar a trabajar. Yo fui la primera de toda mi familia que fui a la Universidad, para orgullo de mi padre y de mi madre que, por su mentalidad de izquierdas, valoraban, por encima de todo, los estudios y el trabajo bien hecho.
Admiré de Hernández su compromiso social y político con los trabajadores. De compromiso y lucha, sí que era rica mi familia, sobre todo la paterna. Era muy pequeña pero no olvidaré nunca, quizás por las precauciones de mi padre, cómo se oía en mi piso de 50 m2, de un barrio obrero de Zaragoza, Radio Pirenaica.
Leí con avidez sus poemas más sociales y fue entonces cuando ese: “PERO HAY UN RAYO DE SOL EN LUCHA QUE SIEMPRE DEJA LA SOMBRA VENCIDA”… empezó a acompañarme hasta hoy. Yo misma escribí poemas hasta los 24 años (los conservo y son malísimos… jajaja) influida por la lectura de mi admirado poeta (no fue al único al que admiré, pero hoy solo hablaré de él).



Luego descubrí la ternura de sus poemas de amor, me acompañaron en mis amores juveniles, los poemas dedicados a sus hijos, me acompañaron cuando fui madre. Y hoy sigo encontrando consuelo en ellos cuando necesito compañía en soledad, llorar la marcha de seres queridos o reír mi alegría por lo afortunada que me siento a veces.
Por todo esto y mucho más, Miguel Hernández ha formado parte de mi vida, ha sido una referencia para mi y no puedo ser objetiva con él, por eso le escribo una hagiografía sin pretensiones de objetividad.

sábado, 10 de julio de 2010

Uno de aquellos (o Al soldado internacional caído en España)

Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras,
una esparcida frente de mundiales cabellos,
cubierta de horizontes, barcos y cordilleras,
con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos.

Las patrias te llamaron con todas sus banderas,
Que tu aliento llenara de movimientos bellos,
Quisiste apaciguar la sed de las panteras,
Y flameaste henchido contra sus atropellos.

Con un sabor a todos los soles y los mares,
España te recoge por que en ella realices
tu majestad de árbol que abarca un continente.
A través de tus huesos irán los olivares
Desplegando en la tierra sus más férreas raíces,
abrazando a los hombres universal, fielmente.


MIGUEL HERNÁNDEZ