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sábado, 7 de febrero de 2015

CLARICE LISPECTOR, Cerca del corazón salvaje.

He leído varías reseñas de otras obras de esta autora a Yossi Barzilai, siempre con admiración hacia su manera de narrar. Elegí este título porque era el que estaba disponible en la librería cuando fui a comprar algo suyo, supongo que el título de la última reseña de Yossi que ahora no recuerdo.


Se trata de una obra de 197 páginas, publicada en 1944, densa como el agua de un pantano lleno de limo. El corazón salvaje es el de su protagonista, Juana, una persona que es niña cuando empieza la novela y que crece, a lo largo de una trama que no es capital en la novela, hasta llegar a la madurez.

Cerca del corazón salvaje es una novela compleja, explora la personalidad de Juana a través de un diálogo interior al estilo de Joyce. Se dice que el título podría venir de este fragmento de Retrato del artista adolescente, cuando el protagonista recordaba su  adolescencia:
Estaba solo. Abandonado, feliz, cerca del salvaje corazón de la vida.


En cierta manera la historia que se cuenta aquí transcurre a través de fogonazos, estampas de la vida cotidiana en su dimensión más introspectiva, que nos permiten conocer la vida de Juana avanzando desde la infancia a la madurez. A Lispector le interesa más remarcar las sensaciones que los hechos en sí, por eso esta obra recuerda a un diario, pero un diario de percepciones, no de sucesos.
Entre un instante y otro, entre el pasado y el futuro, la vaguedad blanca del intervalo. Vacío como la distancia de un minuto a otro en el círculo del reloj. El fondo de los acontecimientos alzándose callado y muerto, un poco de eternidad.(…) Dejando tras de sí el intervalo perfecto como un único sonido vibrando en el aire. Renacer después, guardar la memoria extraña del intervalo, sin saber cómo mezclarlo con la vida. Cargar para siempre el pequeño punto vacío –deslumbrado y virgen, demasiado fugar para dejarse desvelar (p. 157).
La incomunicación, la dificultad de expresarse a través de palabras, está presente en cada página de esta novela y es lo que va densificando el ambiente como si una víbora, Juana, estuviera agazapada en la sombra dispuesta a inocularnos el veneno de la destrucción. No resulta fácil avanzar por las páginas de esta obra, la introspección del mundo y de la autora no construye una historia con sucesos, sino un avanzar a saltos que va descubriendo el alma de unos personajes que, a veces, desaparecen recurriendo al pronombre (él y ella) para hacer referencia a los tres personajes principales: Juana, Octavio y Lidia. No busquemos conclusiones o soluciones a este triángulo, lo mejor es navegar entre sus palabras y encontrar las conexiones que nos puedan vincular a lo que explica la autora.
Quiso el mar y sintió las sábanas de la cama. El día prosiguió su marcha y la dejó atrás, sola (p. 31).
Se sentó en la cama. Dentro de sí era como si no hubiera muerte, como si el amor pudiera fundirla, como si la eternidad fuese la renovación (p. 41).
El viaje era largo y de los bosques lejanos venía un aire frío de espesura mojada (p. 43).
Sentía el mundo palpitar dulcemente en su pecho, le dolía el cuerpo como si en él estuviera soportando la feminidad de todas las mujeres (p. 137).
Lispector parte de lo cotidiano retorciendo su sencillez al mostrar el interior de sus personajes, ralentizando el tiempo o agitándolo y recorriéndolo con rapidez según las emociones y pensamientos interiores. No es una lectura fácil y cuesta entrar en su manera de narrar, sin embargo es un esfuerzo que compensa aun cuando te deje cansada, herida, escéptica, llena de preguntas sin respuesta.




miércoles, 4 de febrero de 2015

CLARICE LISPECTOR

Clarice Lispector nació en Ucrania en 1920, sus padres de origen judío emigraron a Brasil en 1921. Murió en 1977 en Rio de Janeiro. Siendo estudiante conoció a su futuro marido, el diplomático Maury Gurgel Valente, al que acompañó de país en país hasta su separación en 1959.


En esta primera fotografía Lispector, que debía estar en la treintena, y aún casada con Gurgel Valente, mira a la cámara con seriedad, no hay ni amago de sonrisa, mira con desafío palpable en la cara ligeramente levantada. Segura de su exótica belleza no desea que la juzguen por ella. Destacan sus oblicuos ojos que están acentuados por la línea en el párpado superior y la máscara de pestañas negra. Sus labios gruesos, sin embargo, no están pintados sino suavemente para no destacarlos, pero no lo logra. Media melena retirada de la cara y un vestido blanco con un collar de perlas de doble vuelta que realza su cuello.


En esta segunda imagen no es fácil determinar su edad, quizás sea más joven que en la primera, en todo caso es mucho más sofisticada por su pose con esa mirada perdida, las dos manos, con un anillo en cada una, que componen dicho posado, el cigarrillo y el vestido negro con un llamativo collar, las uñas pintadas y largas, sus pómulos marcados. Pese a las diferencias con la primera, en este caso remarca la boca, pintada de color ciruela y no maquilla tanto los ojos, su rostro transmite la misma altivez, seriedad, impavidez y, a la vez, extraña serenidad, o quizás desdén, por todo lo que le rodea.

Sus rasgos, y quién sabe si su personalidad, son ucranianos y por mucho que Brasil le influyera no  dejó de ser extranjera en su tierra de adopción a la que llego con un año.


La última fotografía es la de una mujer madura, seguramente en la cincuentena. Su gesto ha cambiado, sonríe ligeramente y tiene baja la mirada, su expresión no es tan dura como en las otras dos fotos, su gesto es casi suplicante, ya no se enfrenta, comprende más, ha recorrido un largo camino pese a que no llegará a cumplir sesenta años. Es mi fotografía favorita sin duda alguna.

Son mis impresiones, no he buscado las fechas de publicación de las fotografías y puedo estar equivocada en la edad de Lispector.
EL LIBRO QUE HE LEÍDO Y COMENTARÉ ESTE FIN DE SEMANA ES: CERCA DEL CORAZÓN SALVAJE