Las
motivaciones para leer esta novela
Estambul. Esa ciudad que me tiene cautivada y que
tanto deseo visitar. Así que no pierdo la oportunidad de leer literatura
relacionada con esta ciudad como ya hice con Pamuk. Me encanta conocer la
ciudad, su trasiego constante, sus vendedores de productos de alimentación, sus
calles, sus viviendas, su cocina, su relación con la religión, etc.
Ahora que Europa ha pagado a Turquía para
convertirla en el destino de miles de refugiados para ser “seleccionados” como
si fueran ganado, ahora que Turquía no es un lugar seguro para refugiados y
turcos, mi atracción por la ciudad no disminuye.
La
autora
Aunque Elif Shafak nació en Francia en 1971, sus
padres son de origen turco y volvió a Turquía siendo adolescente. Estudió
Relaciones Internacionales en Medio Oriente en la Universidad de Ankara. Su
primera novela la publicó en 1994.
Por las referencias que hace en La bastarda de Estambul al genocidio armenio, fue acusada de
“insultar al pueblo turco” según el artículo 301 del Código criminal turco. El
caso fue desestimado en 2006.
¿Best
Seller es sinónimo de poca calidad literaria?
No necesariamente, pero reconozco que me hace
vacilar cuando veo que una novela ha sido un superventas. ¿Lo es en este caso?
No. Shafak logra construir una novela muy interesante, entremezcla varias
historias con habilidad, denuncia el genocidio armenio y aboga por la reconciliación de ambas comunidades (para que
la reconciliación sea posible, Turquía debería reconocer la persecución a la
que sometió a los armenios en 1915). Además logra introducirnos en Estambul y
en las viviendas estambulíes con destreza y cuidando de no hacer ruido para no
molestar a sus habitantes.
En la novela hay varios núcleos de interés a través
de los que se articula la historia. Uno de ellos es la familia turca formada
por las hermanas Banu, Cevriye, Feride y, la más rebelde, Zeliha, madre soltera
de Asya (por tanto, la bastarda que da título a la novela). Otro núcleo de
interés es la familia armenia Tchajmajchian que vive en EUA, una familia muy
amplia que guarda las costumbres y el recuerdo del genocidio por el que
tuvieron que salir de Turquía. En esta familia Armanoush es hija de padre
armenio y de madre estadounidense, matrimonio fracasado que se separa. Rose, la
madre de Armanoush, se casa con el turco Mustafá para vengarse de su exmarido y
toda su familia armenia.
El afán de Armanoush por conocer el pasado de su
familia armenia la conducirá a viajar a Estambul. La historia tomará diversos
giros sorprendentes que unirán a una familia y la otra para reflexionar sobre
el pasado, colectivo e individual, y la dificultad para huir de dicho pasado.
Es una lectura que habla de cómo condiciona la familia la vida de sus miembros
hasta convertirse en un peso insoportable del que se desea huir.
Estambul, las casas, las calles, los olores, la
comida como punto de reunión de las familias, la religión, los nacionalismos,
las disputas familiares, la rebeldía de las mujeres, la amistad, el amor…
Su familia había dado con la forma de tratar la locura: confundirla con la falta de credibilidad (37).
Hay muchos temas que emergen aquí y allí para pintar
un fresco nítido de la vida y de las preocupaciones de una sociedad como la
turca que se debate entre Oriente y Occidente, entre la religión y el laicismo
y entre lo femenino y lo masculino.
Los cafés siempre son lugar de reunión y aparecen en
la novela: el café Kundera de Estambul resulta ser un lugar especial, un café
en el que una vez entrabas, quedabas
atado a él hasta que el lugar te escupía (97). Un café donde se refugia
Asya. Y después hay otro café, el Constantinópolis, pero este café es virtual y
es otra historia, pero ahí se refugia otra joven: Armanoush.
¿Estamos
ante la típica saga familiar llena de mil historias?
En parte sí. Es la típica novela en la que te
encuentras con “todos” los temas. Sin embargo Shafak nos muestra unas familias
especiales, el tiempo y el lugar apenas
las han deteriorado, son como un rincón del pasado en el presente.
Algo
que me ha cautivado
La novela está dividida en dieciocho capítulos, cada
uno de ellos con un producto de alimentación con el que hacer alguno de los
deliciosos platos que se preparan en la novela o que nos transporta al sabor,
el olor o el tacto de la canela,
garbanzos, azúcar, avellanas, vainilla, pistachos, trigo, piñones, y así
hasta llegar al último que esconde uno de los secretos familiares mejor
guardados: cianuro potásico.
Un
buen fragmento
Aunque todos los libros eran potencialmente dañinos, los peores eran las novelas. El camino de la ficción podía engañarte con facilidad y arrastrarte a un universo de historias donde todo es fluido, quijotesco y tan abierto a las sorpresas como una noche sin luna en el desierto. Antes de darte cuenta podías dejarte llevar hasta perder el contacto con la realidad, esa rigurosa e implacable verdad de la que ninguna minoría debería alejarse demasiado para no acabar desprotegida cuando cambiaran los vientos y llegaran los malos tiempos. Era absurdo pensar con ingenuidad que las cosas no pueden torcerse, porque siempre se tuercen. La imaginación es una magia peligrosa y cautivadora para aquellos forzados a ser realistas, y las palabras pueden ser venenosas para los que están destinados a ser silenciados (111).
Y
otro…
Paseaban por calles sinuosas, y cada barrio parecía tan distinto que Armanoush comenzó a pensar que Estambul era un laberinto urbano, ciudades dentro de una ciudad (198).
Y
una recomendación
Leed esta novela, os envolverá como un remolino y no
dejaréis de leer hasta conocer todos los secretos escondidos.

