¿Volvería? Hasta ese momento no se había parado a pensar que tal vez no lo hiciese. El mundo sin una rosa. Tierra sin agua, espacio sin aire. Corazón sin corazón. Un oso sin motivos suficientes para hacer nada. Sé que el mero hecho de preguntar si un amor como el nuestro puede sobrevivir en este mundo es como invitar a que entre en la habitación una ráfaga de comicidad (p. 368).
Una extraña novela que pese a sus 698 páginas no he podido dejar de leer hasta averiguar que pasaba con el Oso. Su título me ha parecido que quería decir cosas diferentes a lo largo de su lectura. Me quedo con que el oso llega a casa cuando se encuentra consigo mismo y eso lo hace cuando se pierde en el éxtasis de la música. He llegado a la novela por recomendación de Carlos.
Rafi Zabor nació en New York (1946) y alternó durante mucho tiempo sus tareas de crítico musical y sus actividades como batería de jazz. En 1997 publicó El oso llega a casa y al año siguiente obtuvo el prestigioso premio Faulkner que se concede a la mejor novela publicada cada año en los Estados Unidos. Lo que da prestigio al Faulkner (creado en 1980) es la composición del jurado, formado por novelistas: es un premio entre compañeros.
Me costó aceptar que el protagonista de la novela era un oso de verdad, un oso parlante y humanizado. Una vez aceptada esta sorpresa, la novela me ha interesado por dos motivos: las reflexiones interiores que constantemente tiene el Oso y su dedicación al jazz, como saxo tenor.
El Oso sabe que es una anomalía genética y que es difícil aceptarse a sí mismo y que los demás acepten a un Oso que admira, y toca, a los grandes del jazz o cita a Shakespeare. Un oso que ama y que tiene relaciones sexuales, acercándose al límite del rechazo social, que se pierde por el bosque o que se acerca a la muerte al decidir hibernar. El Oso tiene dos grandes amores, su amigo Jones y su amada Isis. Y muchos problemas para vivir su vida.
Fue la última vez que el Oso intentó mostrarse irónico: la música se llevó toda ironía por delante, avivando el tempo, y el torrente de sus propias ideas lo arrojó a regiones imprevistas. Vio que la preciosa geometría de sus luces y partes vitales y la analizada firma de su ser intemporal eran borradas por las olas de una luz más intensa y que el barco reventaba, y mientras avanzaba a gran velocidad hacia los límites de su perfil trascendente, distinguió detalles (…) que se precipitaban hacia la aniquilación y el abrazo y que sus efímeras construcciones resultaban arrasadas (…) (p. 662).
El autor se explaya, como nunca había leído, con lo que significa tocar jazz y con las mil maravillas que el Oso intenta desarrollar con su grupo inspirándose en las figuras que admira rendidamente (y que comparto): Sonny Rollins, John Coltrane, Lester Bowie, Ornette Coleman y, en especial, Charlie Parker, entre otros.
Un autor apasionado por el jazz y que podemos añadir a la lista de otros escritores que aman esta música rebosante de libertad y de clubs nocturnos al más puro estilo noir, como Julio Cortázar (El perseguidor, Alrededor del día en ochenta mundos), Haruki Murakami (Tokio Blues) o Scott Fitzgerald (El Crack-up).




