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viernes, 11 de noviembre de 2016

MATHIAS ENARD, Brújula.

Me ha costado casi un mes leer esta novela, pide lectura lenta aunque no es excesivamente voluminosa, 430 páginas de una buena edición. Empecé a leerla en un momento de vuelta al trabajo que no favorecía su lectura, empecé más lenta de lo habitual (digo lenta en mal sentido, esa lentitud que dificulta coger el hilo), sabía que tenía entre manos buena literatura, así que no me apuré y dejé que la lentitud se transformara en lectura lenta, cogí el hilo y lo fui tejiendo con parsimonia, disfrutando del contenido y del estilo de escribir de Enard.


No había leído nada suyo, ahora sé qué debo hacerlo. Mathias Enard es un francés enamorado de Oriente y de Barcelona puesto que en esta ciudad vive y ejerció (desconozco si lo sigue haciendo) de profesor de árabe en la Universidad Autónoma.

Cual Ulises de mi admirado Joyce, Brújula se desarrolla en una larga noche de insomnio en la que Franz Ritter, con una enfermedad indescifrable, evoca su vida de adulto. Vive en Viena, cuyas imágenes mantengo frescas en mi mente tras visitarla este verano, en un apartamento desde el que ve como empieza a nevar. Es musicólogo, lo que nos dará la oportunidad de disfrutar de sus saberes sobre música que más de una vez me han llevado a internet a buscar las piezas de las que habla, así que es una novela musical, o así permanecerá en mi memoria. 


Franz tiene un gran amor, Oriente Próximo, así que sus evocaciones transcurren por Estambul, Alepo (sí, la destruida Alepo, de la que habla antes y después de la guerra que la está destruyendo sistemáticamente), Damasco, Teherán, pero también el oriente de Oriente (China, India…). Viena es la puerta de oriente, parece increíble pero es así, los turcos estuvieron a sus puertas. Rememorando a Oriente, el autor hace gala de su erudición, sin que sea una barrera para seguirle en sus evocaciones, y nos habla de música, de arte, de literatura y con todo ello nos va desgranando deliciosas anécdotas de los y las orientalistas que irá conociendo en sus viajes. La influencia de Oriente en Europa y en sus escritores/as es enorme, a veces es un orientalismo subjetivo, inventado, pero no por ello menos relevante. 

Franz tiene otro gran amor: Sarah. Una pelirroja francesa, de origen judío, que adora también Oriente y a la que conoce entre ese ambiente de orientalistas del que os he hablado. El amor de Franz hacia Sarah inunda todas las páginas de esta novela, un amor imposible, un amor que quizás es la causa de la enfermedad indescifrable que padece al estilo del joven esclavo árabe de la sevdalinka (canción) que he tenido en mi lateral desde hace tiempo y que pertenece a una tribu de Yemen, los asra, que mueren cuando aman (p. 411). 

Pero Brújula no se acaba en estos dos amores que lo inundan todo, el autor nos habla de la actualidad en Siria, del nazismo y de su persecución a muerte contra los judíos austriacos, del yihadismo, de Europa, que quizás ha perdido el norte por su defectuosa brújula (una broma que le gasta Sarah a Franz), del opio, de la prostitución…, resulta imposible resumir esta novela marcada por los viajes y la cultura oriental. 

Un fragmento… 
Lo que me fascina de Sarah es que no posee nada. Sus libros y sus imágenes están en su cabeza; en su cabeza, en sus innumerables libretas. A mí los objetos me tranquilizan. Sobre todo los libros y las partituras. O me angustian. Puede que me angustien tanto como me tranquilizan (57) 

Y otro… 
En una biblioteca está el universo entero, no hay necesidad de salir de ella; a santo de qué dejar la Torre, decía Hölderlin, el fin del mundo ya aconteció, no hay razón para ir a comprobarlo por uno mismo… (235). 

Y un tercero… 
Oriente es una construcción imaginaria, un conjunto de representaciones del que cada uno, dependiendo del lugar desde el que habla, saca conclusiones distintas (315). 

Amores imposibles (430). 

Cierro los ojos, 
mi corazón sigue latiendo ardientemente. 
¿Cuándo reverdecerán las hojas en la ventana?
¿Cuándo tendré a mi amor entre mis brazos?