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lunes, 8 de mayo de 2017

PIERRE LEMAITRE, Recursos inhumanos

En muy poco tiempo he leído dos libros de este autor, la anterior, Nos vemos allá arriba, me gustó sin entusiasmo, tuve sensaciones contradictorias con aspectos interesantes y otros menos.


En esta novela confirmo los aspectos positivos de la anterior. Bien escrita, Pierre Lemaitre consigue montar una historia con un personaje central, el antaño director de recursos humanos (de ahí el juego irónico del título) Alain Delambre que ha perdido la esperanza de encontrar trabajo digno tras quedar en paro.

Otro aspecto positivo confirmado es lo bien contextualizada que está la historia, el autor pinta un fresco de la población francesa, especialmente parisina, en estos últimos años de crisis económica que ha afectado duramente a las clases trabajadoras y a la clase media. El universo del precariado está perfectamente descrito, la desesperación al no encontrar trabajo, el deterioro personal y familiar, etc.

Y el tercer aspecto es la buena caracterización de la psicología de los personajes que van acompañando y desfilando al lado de Alain Delambre, el auténtico protagonista de la novela:
La tensión es una especie de hilo que cada uno lleva dentro de sí y cuyo nivel de resistencia no se conoce en realidad. Cada uno tiene el suyo (207).
Añadiría un cuarto aspecto positivo, la intriga sobre cómo puede acabar una historia que acaba siendo delirante, sin olvidar la denuncia de los aspectos más brutales e inmorales del capitalismo actual.
Se habla mucho de los “valores” de la empresa. Ya no basta con trabajar, hay que “comprometerse”. Antes había que estar de acuerdo con la empresa, ahora hay que fusionarse con ella. Ser uno con ella (27).

Una novela de hoy mismo, un retrato en tiempo presente lleno de fuerza, de humor, de rabia, de denuncia de la inhumanidad que asola a millones de parados/as (en este caso de edad delicada: superados los 50 años).

viernes, 20 de enero de 2017

PIERRE LEMAITRE, Nos vemos allá arriba.

Una novela sobre la Iª Guerra Mundial
Fue publicada en vísperas de la conmemoración del centenario de la Gran Guerra en 1913 y traducida al español en pleno centenario. No quiero afirmar que se hiciera intencionalmente pero sí oportunamente.
La novela trata de la inmediata postguerra, se divide en tres capítulos (noviembre de 1918, noviembre de 1919, marzo de 1920) y un epílogo. La narración arranca en los últimos días de la guerra cuando un oficial, d’Aulnay-Pradelle, ordena una absurda ofensiva en la que mueren algunos soldados innecesariamente y quedan heridos otros como es el caso de Albert Maillard y, especialmente, Édouard Péricourt. Estos tres personajes quedaran unidos por las circunstancias, especialmente los dos soldados, ya que Albert cree que le debe la vida a Édouard.
La novela trata, por tanto, de la postguerra más que de la guerra.


Albert Maillard y Édouard Péricourt
Estos dos personajes son los protagonistas de la novela. Dos jóvenes envejecidos con rapidez por influencia de la guerra que compartían la dura vida de las trincheras sin apenas conocerse; dos jóvenes de origen social diferente (Albert de origen humilde y Édouard de familia rica) pero igualados por la guerra; dos soldados desmovilizados que sufren la miseria de la postguerra y sobreviven como pueden.
En el fondo, Albert se apuntó a una guerra stendhaliana y se encontró con una prosaica y salvaje matanza que causó mil muertos diarios durante cincuenta meses (25).
Albert y Édouard protagonizan la novela, pero es la época la que da vigor a la historia. Una época, la de la belle époque, que lo fue para quienes supieron aprovechar las ventajas del fin de la guerra y especular, utilizar las influencias y las amistades en beneficio propio como es el caso de d’Aulnay-Pradelle. En cambio, quienes habían sobrevivido tras afrontar la guerra y las heridas físicas y psicológicas, sufrieron el olvido, la miseria y las dificultades de adaptación a los tiempos de la paz.
Albert lamentaba que el gobierno, que para frenar la inflación había instituido un “vestuario oficial” a ciento diez francos, no hubiera creado también una “ampolla nacional” de morfina a cinco. O el “pan nacional”, el “carbón nacional”, el “calzado nacional”, el “alquiler nacional” e incluso el “empleo nacional”. Se preguntaba si no era con ese tipo de ideas como uno se convertía en bolchevique (150).
La novela narra, a través del intento de tomar la revancha de ambos protagonistas, la personalidad de ambos jóvenes-viejos, sus entornos sociales, sus problemas y sus momentos de felicidad, los avatares políticos y familiares en que se ven envueltos aunque indirectamente y los traumas y secuelas de la guerra.

La novela cuenta con numerosas virtudes
Bien escrita, Pierre Lemaitre consigue vincular con soltura varias historias que se entremezclan sin llegar a perder la pareja, Albert y Édouard, el protagonismo de la historia.
Bien contextualizada, el autor es capaz de pintar un fresco de la población francesa, especialmente parisina, en la dura postguerra que siguió a la carnicería que significó la guerra entre 1914 y 1918.
Bien caracterizada la psicología de los personajes que van acompañando y desfilando al lado de Albert y Édouard (de hecho el autor ejerció varios años como psicólogo).

Y sin embargo, mis sensaciones son contradictorias
Percibiendo las bondades de la novela, no puedo dejar de apuntar que en gran parte de la novela, falta emoción, empatía hacia sus personajes, calidez al presentarnos a esos dos exsoldados maltratados durante la guerra y olvidados en la postguerra. Esa emoción existe en la última parte de la novela, las últimas cien o ciento cincuenta páginas.
Édouard acaba siendo un personaje estrafalario y dramático, anulado por su pérdida del habla, que pierde su personalidad hasta el punto de no querer vivir. La tragedia que arrastra Édouard, nos la cuenta su padre, que nos irá dando pistas sobre las razones por las que no desea volver a casa pese a la riqueza familiar. Sin embargo, se quedan en el camino algunos aspectos que deberían haber tenido su protagonismo como su supuesta homosexualidad.

Una frase:
Hasta las mayores alegrías dejan un poso de tristeza. En toda experiencia hay siempre un sentimiento de carencia (236).
El balance es positivo sin entusiasmo.