
Ayer vi la película “Conversaciones con mi jardinero” de Jean Becker, no voy a hacer una entrada sobre ella porque troyana(pincha y te llevo) lo ha hecho de maravilla en su blog y coincido plenamente con ella.
Me refiero a esta película, que me ha encantado, porque transmite emociones tiernas y me ha recordado a mi padre. La historia hace referencia a dos amigos de la infancia que se reencuentran siendo sesentones. Uno es pintor y ha vivido en la ciudad, el otro es jubilado del ferrocarril y siempre ha vivido en el campo (y siempre quiso ser jardinero). El pintor quiere arreglar el jardín de su casa y cultivar un huerto y el ferroviario se ofrece a hacerlo. A partir de ahí se producen unas conversaciones deliciosas en las que el pintor ira quedando admirado por la forma de ver el mundo del jardinero.
Mi padre trabajó siempre en fábricas del metal desde que marchó del pueblo a la ciudad. Nunca idealizó el campo porqué, como hijo de jornalero sin tierras, trabajó desde los siete u ocho años y marchó del pueblo buscando una vida mejor a los 16 años. Pero a pesar de ello en cuanto pudo se compró un pequeño corro de tierra para cultivar su huerto. Se hizo su casa, sin saber nada de construcción, y siempre tuvo un magnífico huerto y unos 25 árboles frutales que plantó él mismo.
Nunca me gustó ir al huerto, soy urbanita como rata de alcantarilla, pero alguna vez iba para complacer a mi padre. Cuando mi padre murió, por diversas circunstancias familiares, tuve que hacerme cargo de ese corro de tierra, con ayuda de los hermanos de mi padre (yo, obviamente, no tengo ni idea).
Estar en ese huerto es estar con mi padre, lo siento así y lo disfruto así, no hay más…, ni menos… Estar con él es recordar su manera de ver y disfrutar la vida, una manera austera y sencilla, que no quiere decir simple. La película me recordó esa filosofía de la vida que tenía mi padre.