jueves, 8 de abril de 2021
Mircea Cărtărescu, Las bellas extranjeras
domingo, 28 de marzo de 2021
Belén Gopegui, Acceso no autorizado
jueves, 18 de marzo de 2021
Margaret Atwood, La semilla de la bruja
Esta es la
quinta novela que leo de Margaret Atwood, demasiadas teniendo en cuenta que no
me entusiasma (esta última no la compré yo). La semilla de la bruja es una novela, sin duda alguna, con aspectos
positivos y que se lee bien. Es una historia bien narrada, el ritmo no decae en
ningún momento y el interés se mantiene a lo largo de toda la novela.
El
protagonista de la historia es Félix, un hombre en la madurez dedicado al
teatro por su trabajo y un enamorado de las obras de Shakespeare. Un despido
injusto lo deja en la calle y, tras un momento de decaimiento, encuentra un
lugar muy sencillo para vivir retirado de la vida social y un trabajo especial
ligado al teatro.
Felíx, dentro
de un programa especial en la prisión de una localidad cercana a Toronto, monta
una obra al año dedicada a una obra de Shakespeare. La obra que centra la
historia de la novela es La Tempestad, con
ella se podrá vengar de algo ocurrido en el pasado, además de tener una
motivación personal relacionada con su hija Miranda.
Parece ser
que Atwood participa con otros/as escritores/as en un proyecto que recrea las
obras de Shakespeare en sus novelas y
ella eligió La Tempestad.
La novela se
lee bien, con comodidad… pero le falta chispa, entusiasmo, carácter. Un
entretenimiento (algo que no desprecio pero que no me satisface).
lunes, 8 de marzo de 2021
Francisco Umbral, Carta a mi mujer
Me gustó tanto Mortal y rosa, leído en 2014, que cuando vi este otro título, decidí leerlo. Sin embargo la experiencia lectora no ha sido tan positiva como la de Mortal y rosa. Esta Carta a mi mujer sería una delicia leerla si solo tuviera en cuenta la forma, lo bien escrita que está. Umbral vuelve a demostrar que es un maestro del lenguaje, de la prosa poética que lo caracterizaba.
Esta Carta describe la vida de su mujer y de
él en los años ochenta, de su matrimonio. Sin embargo Umbral va mucho más allá
porque se recrea en describir las rutinas matrimoniales, la convivencia no
siempre feliz, la vejez y la muerte.
Sin embargo,
me ha dejado un sabor tan amargo que no creo que vuelva leer nada suyo. De
golpe he entendido porque me caía mal el personaje «Umbral». Ingenuamente, tras
leer Mortal y rosa, pensé que Umbral
había creado al histriónico personaje para el mundillo público pero que en
realidad él era otra cosa.
Esta Carta demuestra que no era así y que
personaje público y persona eran bastante parecidos. Es desagradable comprobar
cómo a lo largo de toda la Carta insiste
en darnas su concepción tradicional de la mujer, una y otra vez. La mujer es
más «natural» y menos intelectual que el hombre, más apegada a las labores
domésticas (Umbral asegura que llegaba a despertar a su mujer para que le
hiciera el desayuno) y a los cuidados que los hombres, su carácter y su cuerpo
están a su servició, etc.
No es
misoginia, como se le acuso en su momento por parte de sectores del feminismo,
es la imagen de las mujeres que plantea, profundamente conservadora y entendida
desde el cuerpo sexualizado de las mujeres.
Una lectura
decepcionante.
domingo, 28 de febrero de 2021
Andrés Trapiello, Locuras sin fundamento. Salón de pasos perdidos (2).
Este es el segundo de los libros que componen la serie del «Salón de pasos perdidos. Una novela en marcha». Leí hace un año y medio «El gato encerrado»
Y me hice el
propósito de seguir leyendo esta serie aunque será difícil que lea los más de
20 títulos que la componen.
Esta Locuras sin fundamento sigue la línea
del primer libro de la serie, el autor con aparente espontaneidad y naturalidad
compone unos Diarios que recogen lo cotidiano. No esperéis encontrar
anotaciones diarias o mensuales, estos Diarios son una suerte de río que fluye
sin más. En sus páginas aparecen referencias a los pensamientos,
acontecimientos, viajes, vacaciones, paseos y otros hechos que Trapiello
realiza a lo largo de un año que transcurre más por estaciones que por días o
meses. Por eso, podemos encontrar pequeñas frases que el autor compone,
noticias que encuentra en diarios antiguos, sucesos que ocurren en el
vecindario, entrevistas relacionadas con su trabajo o referencias a sus hijos y
a su mujer.
«Tengo la
sensación de que estos diarios míos van a ser un barullo. En primer lugar no
pongo días. ¿Para qué? ¿Qué más me da a mí que las cosas me sucedan un martes o
un lunes, un 3 o un 97? Que sucedan ya es bastante, no pido más. Vivir es ver
pasar, decía Campoamor, y Azorín lo corrigió: Vivir es ver volver. Pues eso. Y
uno, que tiene también sus pujos de filósofo pobre, añade: Vivir es verlas
pasar, verlas venir» (p. 176).
Aparecen
pocas referencias a la vida política pero algunas cosas se cuelan y nos
aproximan a su manera de entenderla. Mucho más aparece la vida de su barrio en
el centro de Madrid. Me gustan especialmente las referencias literarias que van
ilustrando sus páginas y sus toques de humor. El tono acostumbra a ser amable y
no da nombres de personas que puedan disgustarse por aparecer en estos libros.
Su lectura
es, ya lo he dicho, como un río que fluye con parsimonia y que va dejando un
limo a su paso que regenera por donde pasa.
jueves, 18 de febrero de 2021
Jhumpa Lahiri, Donde me encuentro
La novela pasea por la vida de una mujer en la cincuentena que vive sola y que se siente extraña en muchos momentos de su vida. Lahiri nos muestra a esta mujer en su cotidianidad. La autora desvela pocos datos de la protagonista, la vamos conociendo a través de los breves capítulos que la sitúan en espacios de su vida diaria: cuando pasea, entra en un bar, se va a la playa, al campo, toma un tren o visita a su madre. Cotidianidad y cosas pequeñas, aparentemente intrascendentes, nos van mostrando las emociones de la protagonista de esta novela.
La soledad
elegida por esta mujer que se ha desviado de lo que su madre quería para ella
(lo normativo: casarse, tener hijos/as, etc.) es un sentimiento que advierte a
la protagonista de alguna carencia que relaciona con una familia distante y
frustrada que la ha condicionado más de lo que ella quisiera.
Parece que la
relación con su madre fue (y es) negativa por el poco apego que parece sentir
por la hija y por cómo va limitando o anulando sus deseos. A su padre le achaca
la falta de compromiso con ella, en que no la protegió y tomó partido por ella
para compensar la actitud de su madre. Sobre ese trasfondo vamos conociendo las
emociones y expectativas de esta mujer.
Su escritura
es delicada y refinada pero, a la vez, distante (quizás sea el resultado de que
haya decidido utilizar en esta novela por primera vez el italiano, no el
inglés).
lunes, 8 de febrero de 2021
Albert Camus, La peste
Este libro lo había leído (y «perdido») hace tiempo, cuando se hizo evidente la gravedad de la pandemia del covid y el largo confinamiento que empezó en marzo de 2020, decidí volver a comprarlo y releerlo.
En
su momento me pareció que Camus había fantaseado en exceso al narrar una
epidemia de peste en la década de 1940, esta vez me ha parecido verosímil y
cercana. He encontrado paralelismos con lo vivido en estos meses, casi ya un
año:
«Aunque la peste, por la imparcialidad eficiente que usaba en su ministerio, hubiera debido afirmar el sentido de igualdad en nuestros conciudadanos, el juego natural de los egoísmos hacía que, por el contrario, agravase más en el corazón de los hombres el sentimiento de la injusticia» (p. 271).
Como
decía, la peste se declara en la década de 1940 en la ciudad de Orán, pronto la
muerte se extiende y se declara el aislamiento de la ciudad que queda confinada
durante meses. Diversos personajes irán apareciendo en el transcurso del
relato, de todos ellos el médico Rieux tendrá un especial protagonismo y será
quien relatará los sucesos ocurridos durante la epidemia.
Camus
retrata un mundo enfermo, como el nuestro, que tiene la oportunidad de sanar a
través de la experiencia de la epidemia de peste:
«Tarrou creía que la peste cambiaría y no cambiaría la ciudad, que sin duda, el más firme deseo de nuestros conciudadanos era y sería siempre el de hacer como si no hubiera cambiado nada, y que, por lo tanto, nada cambiaría en un sentido, pero, en otro, no todo se puede olvidar, ni aun teniendo la voluntad necesaria, y la peste dejaría huellas, por lo menos en los corazones» (p. 320).
En
efecto, el aislamiento y confinamiento modifican los comportamientos humanos:
los afectos, el apoyo mutuo, la solidaridad y la colaboración. Si eso perdurará
cuando se supere la pandemia está por ver, si nos ha dejado huellas en los
corazones, también lo podremos comprobar.
jueves, 28 de enero de 2021
Theodor Kallifatides, Madres e hijos
«Quiero recordar sin recordar. Quiero ser mis recuerdos».
«Ni siquiera teníamos relojes. El alcalde tenía, el juez, el boticario, tu difunto padre. Nosotros sabíamos que era la mañana, el mediodía, la tarde o la noche. Nadie decía “las tres menos cuarto”. ¿A quién le importaba el cuarto? Ni las olivas ni las uvas están listas en un cuarto de hora. Mi primer reloj lo usé a los cuarenta años».
lunes, 18 de enero de 2021
Olga Tokarczuk, Un lugar llamado Antaño
« (…) para pensar es necesario tragarse el tiempo, interiorizar el pasado, el presente, el futuro y sus constantes cambios. El tiempo opera en el interior de la mente humana. Nunca se halla fuera».
viernes, 8 de enero de 2021
Svetlana Alexiévich, Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán.
Un nuevo libro de Alexiévich. Ya conozco muy bien su
estilo, su manera de escribir, sus fuentes, lo que pretende y cómo me afecta su
lectura. Temas recurrentes: guerras, el hombre y la mujer soviética, el
testimonio individual, el totalitarismo y sus consecuencias. Su método está
basado en hacer entrevistas a testigos de los diversos temas que ha elegido
para escribir; en este caso se trata de la guerra de Afganistán que se prolongó
durante diez años: 1979-1989 (prolongándose en algunos aspectos hasta 1992).
La guerra de Afganistán es conocida como el «Vietnam
de la URSS», una guerra con contenido colonial, una sangría de jóvenes muertos
o herido gravemente, una guerra perdida. La URSS intentó ocultar la dimensión
de esta larga guerra haciendo propaganda de que se trataba de una colaboración
internacionalista y que los y las soldados/as iban a construir escuelas,
puentes, a colaborar culturalmente, etc.
Los muertos/as volvían en ataúdes de zinc sellados,
las familias quedaban desoladas porque además de la muerte de un familiar
próximo, no podían verlo, no sabían qué había dentro del féretro. La guerra fue
atroz y eso es lo que se explica en el libro a través de diversos testimonios
de personas que eran soldados, oficiales, médicos/as enfermeros/as,
prostitutas, madres. El resultado de sus testimonios es desolador, las guerras
matan y hieren cruelmente, pero además transforman a las personas involucradas
en ellas.
El relato es aterrador (y para mi gusto repetitivo).
Incorpora en la parte final un apartado titulado “Juicio sobre Los muchachos de zinc en la que se
explica las dificultades
que tuvo la autora para publicar este libro.
Algunos fragmentos:
«No logro quitarme de encima la sensación de que la guerra es fruto de la naturaleza masculina, de la que en muchos aspectos me siento muy alejada» (24).
«El derecho del hombre a no matar. A no aprender a matar. No está escrito en ninguna de las constituciones existentes» (28).
«Me sorprende lo poco que reflexionamos mientras estuvimos allí. Veíamos a nuestros chicos, torcidos, quemados. Los observábamos y aprendíamos a odiar. Pero no aprendimos a pensar» 200).
Y siempre la sombra de la duda sobre la
participación de las mujeres en la guerra. Sobre si se prostituían o no.









