viernes, 26 de junio de 2015

AGOTA KRISTOF, La analfabeta.

La lectura de Claus y Lucas, que reúne tres novelas editadas de forma separada y reunidas en este volumen, me impresionó de tal manera que tenía previsto leer alguna obra más de esta autora, muy poco prolífica en todo caso. La primera frase de esta obra, recogida en un pequeño artículo en la prensa: Leo. Es como una enfermedad, me perturbó porque me vi reflejada en ella más allá de lo que significara para Agota y de lo que significa para mí.


La analfabeta está formada por breves textos, a modo de redacciones como dice la autora, que dan un total de 35 páginas. En la edición que he leído viene precedida por un interesante prólogo de Josep Maria Nadal Suau.

Agota exiliada en Suiza, trabajaba en una fábrica de relojes y su pequeña hija se quedaba en la guardería del trabajo donde le hablaban en francés…
Por la noche, vuelvo con mi hija. Mi niñita me mira con los ojos como platos cuando le hablo en húngaro.En una ocasión se puso a llorar porque yo no la entendía; en otra ocasión, porque era ella la que no me entendía.Cinco años después de haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en una analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años (56).
Sobre la autora escribí en la indicada reseña.


De Agota Kristof admiro su valentía al afrontar una vida que confiesa infeliz y que la convierte, amargamente, en una analfabeta:
No he escogido esta lengua. Me ha sido impuesta por el destino, por la suerte, por las circunstancias.Estoy obligada a escribir en francés. Es un desafío. El desafío de una analfabeta (57).
Su debate interno lo comprendo porque yo también vivo entre dos lenguas, una de ellas con una carga identitaria que se ha manifestado de forma exacerbada en los dos últimos años. Me disgusta profundamente que se convierta una lengua, o cualquier otro aspecto cultural, en señas de identidad nacional con las que no me identifico (quienes me conocen saben de mi vocación cosmopolista y anacional), de tal manera que una lengua que acepté de buen grado y que me preocupé por hablar, ahora me genera rechazo y me provoca un debate interno para librarla de la carga ideológica con que la han convertido en imposición. No es este el tema y prosigo con la reseña.

La pobreza de la adolescencia de Agota la condujo a un internado socialista a los catorce años porque su madre no la podía mantener, ni a ella ni a sus dos hermanos. Un matrimonio, al que no le dedica apenas una referencia, la convirtió en madre a los veintiún años y la condujo a la decisión de huir de Hungría por motivos políticos. Su única compañía en este periplo de desgracias eran las palabras, las historias que escribía y los libros.
¿Cómo habría sido mi vida si  no hubiera dejado mi país? Más dura, más pobre, pero también menos solitaria, menos rota; quizá feliz.De lo que sí estoy segura es que hubiera escrito lo que fuera en cualquier lengua (47).

Sus historias están escritas con un cuidadoso lenguaje, pero con un tono tan escueto y desnudo que nos transmite una sensación de vacío inconmensurable. Un vacío forjado en el hambre, el totalitarismo, la falta de libertad y, para liberarse de todo ello, el desarraigo, la pérdida de su pertenencia a un pueblo, el desierto social y cultural y la infelicidad. Un testimonio tan verdadero que es imposible no apreciar a esta mujer de rasgos cincelados y sobrios que nos mira desde una distancia inmensa y cercana a la vez.

viernes, 19 de junio de 2015

ANDRZEJ STASIUK, El mundo detrás de Dukla.

Leyendo un excelente libro del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre, encontré la referencia de dos escritores de su país que reflejaban en su narrativa la incertidumbre provocada por el miedo y la facilidad con la que se extiende. Dice Bauman que en la actualidad el miedo se ha instalado dentro de nuestras sociedades y satura nuestros hábitos diarios. Con la creciente deslegitimación de los sistemas de defensa colectiva (como los sindicatos y otros instrumentos de negociación colectiva) se ha dejado en manos de los individuos la búsqueda, la detección y la práctica de soluciones individuales a problemas originados por la sociedad. La mayor parte de los miedos son fantasías exageradas y distorsionadas por los políticos. En un momento en que las grandes ideas han perdido su credibilidad, el miedo a un enemigo fantasma (por ejemplo gitanos nómadas o inmigrantes sin techo) es lo único que les queda a los políticos para mantener su poder.
Pero hoy no toca hablar de Bauman sino de Andrzej Stasiuk y un mundo que gira, a lo largo de sus  191 páginas, alrededor de la localidad de Dukla en el sur de Polonia.


Andrzej Stasiuk nació en Varsovia en 1960. Es poeta, ensayista, crítico literario, militante pacifista y gran viajero. Vive desde hace unos años en las montañas al sur de Polonia (¿cerca de Dukla?), donde cría ovejas y llamas. No he podido encontrar más información sobre él en castellano.

El mundo detrás de Dukla (1997) fue publicado en 2003 por mi editorial favorita, Acantilado. En su primera página nos advierte el autor con qué nos vamos a encontrar, no debemos esperar una trama en el sentido convencional de la palabra y sí un conjunto de reflexiones existenciales en las que la luz tiene gran protagonismo. Un lenguaje extraordinariamente bello y casi poético.
Es domingo, la gente todavía duerme, por eso no debe existir trama alguna en este relato, porque ninguna cosa debe ocultar otras cosas cuando nos encaminamos hacia la nada, hacia la convicción de que el mundo es tan sólo una incidencia momentánea en el fluir de la luz (p.7)
Y es que el autor está enamorado de la luz, de sus infinitas posibilidades cromáticas y existenciales:
Desde hace tiempo me parece que lo único que vale la pena describir es la luz, sus variedades y su eternidad. Los actos me interesan en un grado mucho menor. Los recuerdo poco. Se enhebran en cadenas casuales que se quiebran sin razón aparente y comienzan sin causa, sin avisar, para romperse de nuevo (p. 26).
El amanecer inspira aire en los pulmones y cada expiración lo vuelve más claro. (...) La luz adquiere la tonalidad de la plata líquida. Es pesada. Se derrama a modo de horizonte pero no ilumina la tierra (p. 9-10).
Estamos ante una declaración de principios que conviene no olvidar mientras transitamos por sus páginas, desorientados al principio, prendados de su lirismo después, sorprendidos al final. La luz es la única guía en ese deambular en el que el narrador rememora, veintitantos años después, su infancia y adolescencia en Dukla, una  localidad sumida en la inexistencia casi, en las incertidumbres y en los miedos existenciales de la sociedad actual. Estamos en el límite entre la banalidad de lo cotidiano y la enajenación (p. 60), un límite tan estrecho como un cabello.


La presencia del frío y de la nieve toma forma, poética, a través de sus impresiones casi fotográficas:
No pudimos escapar de esa blancura; arrojaba detrás de nosotros puñados de su materia nívea (…). Las colinas, las casas, el agua, las nubes, poseían la nitidez de una fotografía inhumana. En este paisaje, los pensamientos sonaban a música mecánica. Se podían ver, se podían oír, pero su sentido se revelaba siempre tan malicioso como el eco de un pozo (p. 13).
Va y viene del paisaje a un amor infantil, a sus abuelos, a un tiempo de cambio político que parece estancado en cierta manera en Dukla, porque…
El mundo está lleno de detalles que dan origen a historias (p. 104).
Y es que Dukla es como un agujero mental en el alma (…) Dukla repleta de un espacio en el cual nacen las imágenes y nos atrapa el pasado (p. 105). Un lugar en el que, quizás, fuera posible olvidarse del futuro y aspirar a fabricar nuestra propia luz, almacenarla y gozarla en un tiempo indefinido e inexistente. Porque eso es el mundo, lo demás es una locura formalizada o la historia de la humanidad (p. 132). La razón tan solo es la llama de una cerilla al viento, el cuerpo confirma su existencia palpando su propia piel y quizás podamos llegar a distinguir lo vivo de lo muerto, y poco más (p. 185).


Un aviso para navegantes que deseen adentrarse en este mar de incertidumbres que teje Stasiuk con una finura en la palabra que nos desarma aquí y allá, la lectura de esta obra no es fácil, pero no porque su lenguaje sea complejo o su narración enrevesada, su dificultad estriba en saber dónde nos metemos y mantener nuestra atención siempre alerta para seguir ese mundo amenazado por la inexistencia que es Dukla.

viernes, 12 de junio de 2015

ANDRÉ GORZ, Carta a D. Historia de un amor.

Tenía cerca este libro desde 2008, fue un regalo pero no para mí. Leí a Gorz cuando estaba en la Universidad y una de mis grandes preocupaciones, que se ha mantenido hasta la actualidad, era la ecología.


Carta a D. Historia de un amor tiene 110 páginas en una edición de reducidas dimensiones y letra grande. Después de tanto esperar me la leí en un día, un sábado lleno de luz y de tiempo para leer entre tareas domésticas, compras de sábado y copa de cava en mi bar favorito del barrio. La carta está escrita a Dorine Keir en 2007, año en el que ambos decidieron suicidarse.

André Gorz nació en Viena en 1923. Filósofo y periodista, fue cofundador de Le Nouvel Observateur y evolucionó del marxismo a la ecología política a partir de mayo del 68 francés.



Esta Carta a D. resulta ser un testimonio tierno, valiente y difícil de un hombre público que nunca había reconocido la importancia que tenía su pareja para él. De hecho la parte más dura de este hermoso testimonio es cuando se pregunta por qué le dedicó unas líneas, a mediados de los años cincuenta, en las cuales hablaba de ella como de una chica que inspiraba lástima y que si se producía una separación sería más insoportable para ella que para él. Unas líneas que él mismo califica de venenosas y que no reconocían el papel que tuvo Dorine Keir  para que él llegara ser él mismo.
La carta tiene una finalidad explícita: 
Te escribo para comprender lo que he vivido, lo que hemos vivido juntos (p. 9). Resulta ser una confesión tierna y largamente postergada: Tú me enseñaste que el placer no es algo que se tome o se dé, sino una forma de darse y demandar la propia donación del otro (p. 13).
Transitando por sus páginas vamos vislumbrando un amor que es la fascinación recíproca de dos personas en su aspecto más inefable, menos socializable y más reacio a los papeles y las imágenes de sí mismos que la sociedad les impone… (p. 30).
Contigo, podía dar vacaciones a mi realidad (…) (p. 30).
Amando a Dorine, podía él ausentarse del mundo y de sí mismo (p. 43), porque le descubrió la riqueza de la vida que amaba a través de ella. Las circunstancias de mayo del 68 les permitieron vivir cerca de “existencialistas”, gente decidida a cambiar de vida sin esperar nada del poder político y poniendo en práctica otro modo de vivir.

Su descubrimiento de la importancia de la naturaleza le llego de la mano de Dorine en un momento en que por su edad, alrededor de los sesenta años, uno se pregunta qué es lo que ha hecho de su vida y lo que habría querido hacer de ella. Se da cuenta de no haber vivido la vida, de haberla observado a distancia, de ser pobre como persona, se da cuenta de que Dorine había sido más rica que él por haberse desarrollado en todas sus dimensiones y estar bien asentada en la vida (p. 105).

Su marcha al campo y su manera de afrontar la enfermedad de Dorine (esencialmente la forma en que ella lo hizo), le condujo a concluir que la vida se debe vivir plenamente en el presente y con especial atención a la riqueza en que consiste nuestra vida en común (p. 108).
Quizás el fragmento más bello de esta carta es esta declaración de amor:
Recién acabas de cumplir ochenta y dos años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío (p. 109).
La carta concluye reafirmando que a ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro (p. 110). En 2007 André Gorz se suicidó junto con su esposa en su casa de Vosnon, en Francia.


viernes, 5 de junio de 2015

BOHUMIL HRABAL, Trenes rigurosamente vigilados

Hace ahora un año leí La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo y me supo a poco, creo recordar que Marcelo Z me recomendó esta obra y la compre con la intención de leerla enseguida. Otras lecturas se han cruzado en mi camino y ha sido la primavera la estación que me ha vuelto a conducir a Hrabal. Cada lectura tiene su momento porque tiene que encajar en un propósito sin programar que me conduce por vericuetos, que parecen confusos, pero que se revelan coherentes para comprender(me) y pensar. El propósito siempre es desentrañar la vida demorándome en narraciones de otras vidas que, siendo ficticias, contienen la realidad de la perdurabilidad que me puede salvar de las vivencias fugaces, repentinas y pasajeras, que acortan la vida que merece la pena vivir.

Trenes rigurosamente vigilados tiene 119 páginas en las que está incluida una breve presentación de Monika Zgustová que concluye en la página 13. El título hace referencia a los trenes que los alemanes vigilaban rigurosamente por la importancia de su carga, durante la ocupación de Checoslovaquia, en la II Guerra Mundial.


Sobre el autor ya hablé en la mencionada reseña, así que no me repetiré en esta.

Dice Zgustová que Hrabal identifica a sus personajes consigo mismo, y se reconoce a sí mismo en ellos, gente corriente, gente de la calle, a menudo personas marginadas. Dice también que sus obras están cargadas de ironía y que el centro de sus narraciones es el hombre corriente, a quién considera un héroe. Y, desde luego, Milos Hrma es un héroe despojado de grandes gestos. Su interés principal es ser hombre y poder tener relaciones sexuales con Masa, su amada. En realidad no podrá ser con ella pero acabará siéndolo, oh casualidades de la vida, con Viktoria. Con ella tendrá sexo mientras le inundaba una luz que se hacía cada vez más fuerte, no dejaba de elevarme, toda la tierra temblaba, se oía un retumbar  y un tronar, me daba la impresión de que no salía de mí ni del cuerpo de Viktoria, sino de fuera, que todo el edificio se estremecía hasta los cimientos, las ventanas vibraban… (p. 97). La sintonía entre su primera experiencia sexual y un ataque aéreo hace de ese momento algo especial lleno de un finísimo humor.

Igual que en La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo, Hrabal prefiere hablar de las peripecias personales que de los grandes hechos históricos, no los elude, pero los trata desde la perspectiva personal de un pequeño grupo que gira alrededor de una estación de ferrocarril y de los acontecimientos personales y políticos que acaban protagonizando y que no debo desvelar aquí.

Todo en Hrabal es pequeño e inmenso, todo trasluce humanidad, ternura y compromiso con los débiles, con aquellos que son capaces, en un acto de locura, de tratar de hipnotizar a los soldados alemanes equipados con tanques, que invaden un pequeño país como era Checoslovaquia, para que den media vuelta y se marchen. Ese es el mensaje a los alemanes:

Debíais haberos quedado en casa, sin mover el culo de la silla (p. 118).

viernes, 29 de mayo de 2015

LEE JUNG-MYUNG, El guardia, el poeta y el prisionero

Casualidades-causalidades, he estado leyendo a la vez a dos coreanos, algo que no es nada común, esta novela y los excelentes ensayos de Byung-Chul Han, filósofo que reside en Berlín desde hace años.


De nuevo fue una reseña de Agnieszka la que me llevó a esta obra de 311 páginas y de sugerente título que resalta la condición de  quienes protagonizan la novela. El narrador, guardia y prisionero, acepta su encarcelamiento, tras acabar la II Guerra Mundial, porque entiende que su mayor crimen fue:
(…) no hacer nada. No impedí la muerte innecesaria de personas inocentes. Guarde silencio ante la locura. Me tapé los oídos para no oír los gritos de los inocentes (p. 8).
Lee Jung-Myung, autor surcoreano, es toda una celebridad en su país donde ha publicado varias novelas. El guardia, el poeta y el prisionero, es la primera que ha sido traducida al español.


La novela se divide en dos partes subdivididas en capítulos breves de bellos títulos, contiene además un prólogo titulado, “Las cosas desaparecidas hace tiempo brillan como luciérnagas”. En este preámbulo dice el narrador  que la historia no trata de él, sino de la destrucción de la humanidad que entraña la guerra, de personas que carecen de humanidad y de los hombres más puros. Y añade:
Mi historia trata de dos personas que se conocieron en la cárcel de Fukuoka. (…) Un preso y un guardia; un poeta y un censor (p. 8).
En efecto, hay dos protagonistas, Sugiyama Dozan, guardia y censor, y Yun Dong-Ju, preso y poeta. Un japonés que ejerce la violencia en su condición de guardia, amparado por el expansionismo del Imperio japonés, contra los presos coreanos considerados peligrosos por sus ideas y la defensa de su identidad. El asesinato del primero, impensable en una cárcel de alta seguridad, provoca que el narrador entre en escena encargado de descubrir al culpable. Mientras se producen las indagaciones, desfilan ante nuestros ojos las mayores crueldades contra inocentes considerados inferiores: violencia, experimentos médicos, despojo de su condición de seres humanos al ser abandonados al frío, al hambre e incluso despojados de su identidad.

Me costó meterme en la historia pese a los muchos aspectos atractivos que contiene, no es el menor mi desconocimiento del maltrato de los japoneses a los coreanos, uno de los primeros países que ocupó Japón en su expansionismo territorial (1910) mucho antes del inicio de la II Guerra Mundial. Pero, poco a poco, el poder de la palabra que Lee Jung-Myung convierte en protagonista de su historia me fue atrapando. La poesía de Yun Dong-Ju, un autor que existió en la realidad, se convierte en el mejor antídoto contra las desgracias y en la única posibilidad de salvación.
Los libros me protegían de las rebeliones del momento y de mi angustia respecto al futuro (p. 29).
Los versos, como una cometa que vuela en el cielo recortado de la prisión, pueden convertirse en optimismo e ilusión. El gran peligro de los poetas es que creían que podían cambiar a la gente y el mundo. Por eso la necesidad de censores que incineraran las palabras y dejaran a los escritores sumidos en la desesperanza, abandonando su deslumbramiento por sus astutos versos y contaminados por el anarquismo (p. 102).

La poesía es un templo de palabras (p. 134).

Ese es el mensaje de los presos coreanos, el mensaje de los seres humanos, de los inocentes, de los hombres más puros:
(…) los libros seguían vivos, pues habían echado raíces en el corazón de los hombres. Seguían vivos dentro de los muros de esa cárcel brutal (p. 250).
El guardia, el poeta y el prisionero, habla de los libros que, quizás, deberían ser salvados en una situación de extrema violencia en contra de las personas. De entre todos ellos me quedo con un largo fragmento de Rilke sobre la poesía del que recojo un pequeño fragmento para concluir esta reseña:
Porque los poemas no son, como cree la gente, sentimientos (…), sino experiencias. Para escribir un solo verso tienes que haber visto muchas ciudades, muchas cosas y a muchas personas (…). Has de tener recuerdos de muchas noches de amor, muy diferentes unas de otras, de gritos en la sala de partos y de parturientas dormidas, tranquilas y pálidas, que se cierran. (…) Solo cuando se convierten en la sangre que corre por nuestras venas, en mirada y en gesto, cuando ya no tienen nombre y son indistinguibles de nosotros mismos, solo entonces puede suceder que, cuando menos lo esperes, se eleve entre ellos la primera palabra de un verso (pp. 236-237).

No sé si habré logrado contagiaros el deseo de leer esta hermosa novela en la que convive lo peor y lo mejor del ser humano, apenas he apuntado todo lo que contiene, pero cierro ya esta reseña con la confirmación de que he elegido algo certero en la vida: la palabra enlazada en narraciones y versos.

viernes, 22 de mayo de 2015

PRIMO LEVI, Si esto es un hombre

La primera mitad del siglo XX es una etapa que hace muchos años me tiene cautivada, tanto desde el punto de vista histórico como literario y artístico (en especial la arquitectura y la pintura). Encadeno lecturas que me llevan de un vértice al otro construyendo una visión poliédrica a la que le doy vueltas y vueltas. Fue Javier Cercas en El impostor, y el proyecto de un viaje para este verano, quién me condujo a la obra de Levi que tenía comprada desde hacía un tiempo. Y Levi me ha conducido a Eugen Kogon, El Estado de la SS. El sistema de los campos de concentración alemanes y éste quién sabe a dónde.


Esta reseña romperá con la guía habitual que sigo para comentar mis lecturas porque no me siento capaz de constreñirla a ningún esquema. Es un libro extraordinario que me ha impactado como hacía tiempo que no lo hacía ningún otro, así que prefiero que las impresiones surjan libres y diminutas, llenas de emociones, como si se tratara de riego por aspersión o polen primaveral. Mi intención es obvia, invitaros a leerlo, a impregnaros de su verdad, a emocionaros y a impresionaros con lo que es capaz de hacer el ser humano, con la poca heroicidad que tienen las víctimas que recorren Auschwitz al quedar reducidas a la nada:
Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha rebelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado la ropa, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca (p. 39).
Primo Levi, un químico que decidió integrarse en la Resistencia italiana, fue detenido y conducido, con 24 años, a uno de los campos que formaban  Auschwitz en 1944. Embarcado en un  vagón, fue consciente de que estaba en uno de los famosos trenes de guerra alemanes, los que no vuelven, aquellos de los cuales, temblando y siempre un poco incrédulos, habíamos oído hablar con tanta frecuencia (p. 22).



Leo su testimonio y trato de imaginar qué emociones, qué miedos, debían despertarse al oír cerrarse desde el exterior uno de esos vagones y quedar comprimidos de pie decenas de personas como si fueran mercancías en un viaje sin retorno. No puedo imaginarlo y, a pesar de ello, se me eriza el vello de los brazos.

Allí, como los demás judíos, Levi fue reducido a la condición de esclavo, un Häftling (preso), con un número tatuado en el brazo izquierdo (Levi era el nº 174517) y sometidos a la rutina constante del frío, hambre y maltrato en el que cada día era igual al anterior o al posterior si se tenía suerte y evitaba la “selección” para ser ejecutado:
Y en los andamios, en los trenes en maniobra, en las carreteras, en las excavaciones, en las oficinas, hombres y más hombres, esclavos y amos, y amos que son esclavos de ellos mismos; el miedo mueve a uno y el odio a los otros, toda otra fuerza calla. Todos son aquí enemigos o rivales (p. 67).
Como esclavo el trabajo era extremadamente duro, cada mañana entre la niebla, las marchas y canciones populares que les gustaban a los alemanes sonaban (son la voz del Lager [del campo]) y salían en formación, como autómatas; tienen las almas muertas y la música los empuja, como el viento a las hojas secas, y es un sustituto de su voluntad (…) Los alemanes lo han conseguido. Son diez mil y son solo una máquina gris: están determinados exactamente; no piensan y no quieren, andan (p. 83).

Y vuelvo a estremecerme al imaginar esa coreografía endiablada montada por los nazis para extinguir la esencia del ser humano, trato de revestirme con su piel para pensar qué debe ser optar por dejar de pensar para sobrevivir. No puedo; estremecida de horror solo puedo pensar en lo que ha sido capaz de hacer el ser humano con sus semejantes. Reflexiono sobre la evidencia de que en Auschwitz la lucha por la supervivencia no tiene remisión porque cada uno está desesperadamente, ferozmente solo (p. 151). Solo en el infierno, solo para sucumbir, solo para vaciarse de vida y de pensamiento.

Qué lejos quedan estas imágenes del cuadro que suelen imaginarse de los oprimidos que se unen, si no para resistir, cuando menos para sobrellevar algo (p. 156). La realidad es desoladora en los campos, todos, desde los SS malvados a los Häftling, todos los escalones de la demente jerarquía querida por los alemanes, están paradójicamente emparentados por una unitaria desolación interna (p. 209).

¿Qué más añadir? ¿Lo importante que era llegar al recipiente del aguado potaje, ni pronto ni tarde, para que fuera más nutritivo, o tener una cuchara, que no daban, para obligarles a comer como las bestias, o unos calzoncillos, o una cierta higiene sin jabón ni toalla, o unos zapatos, o un oficio especializado, o la astucia para sobrevivir, o tantas otras cuestiones que no concebimos? Levi sobrevivió, muchos ni siquiera tuvieron la oportunidad de saber si hubieran sido capaces de soportar el límite de una vida demencial porque directamente eran descargados en las cámaras de gas.


Un libro imprescindible, magnífico, extraordinario.

viernes, 15 de mayo de 2015

JEANETTE WINTERSON, El Powerbook.

De nuevo el entusiasmo de Ana, del blog Lo que leo lo cuento, me condujo a otra obra de Winterson. La novela, de 284 páginas, lleva como título el nombre dado por Apple a un ordenador portátil que lanzo en 1992 y que fue mejorándose con nuevos modelos a partir de entonces. Estamos ante una novela en la que el mundo virtual, alrededor del ordenador, se convierte en un instrumento que facilita las posibilidades del mundo real y la ficción.


Sobre la autora ya hablé brevemente en la reseña que hice de La niña del faro.

El Powerbook (2004) se basa en el cruce de mensajes entre dos personas que ocultan su verdadera personalidad, y así queda reflejado en la agilidad de los diálogos rápidos al modo de los foros de internautas. Ali, del que ni siquiera sabemos su sexo, se dedica a vender historias a la medida de quien se lo pide a través del ciberespacio.
Por eso pesco con una red de arrastre en mi pantalla, como un pescador de perlas, buscándote, tratando de ver más allá del disfraz. Supongo que he estado buscándonos toda mi vida (78).
Ali, que forma parte de la historia, es capaz de trasladarse a otros lugares y épocas (Lanzarote y Gineba, una chica capturada por piratas, un escalador del Everest, Francesca de Rímini en Dante o en Bocaccio, etc) con el objetivo de reflexionar sobre el amor y la pasión, elemento fundamental para que el amor alcance su verdadera dimensión:
Cuanto más dócil es mi amor, más lejos está del amor. En la ferocidad, en el calor, en el deseo, en el riesgo, encuentro algo de la naturaleza del amor. En mi deseo por ti, ardo a la temperatura adecuada para caminar sobre el fuego del amor (p. 219).
La autora escribe desde la sensibilidad y, por ese motivo, la poesía parece fluir con facilidad convirtiendo toda la narración en una excursión placentera por sus palabras y sus historias.
¿Por qué pareces escribirme para que yo pueda leerme? (p. 130).
(…) porque una historia es una cuerda floja entre dos mundos (p. 141).
Aunque hay muchos otros temas presentes en la novela: el paso del tiempo o el cruce entre realidad y ficción. Este último nos conduce a un tema debatido desde hace cientos de años, hace dos mil cuatrocientos años Gorgias, citado por Plutarco, dijo:
La poesía [es decir la ficción] es un engaño, en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar más sabio que quien no se deja engañar.

La literatura es una forma socialmente aceptable de narcisismo y Winterson crea y recrea su mundo personal a través de sus historias, quién se siente cercano a ellas se siente cautivado sin remedio. Y dicho esto, aunque sus temas me interesan, sus maneras me alejan de su obra, no conecto con su forma de narrar discontinua y sin hilo argumental e, incluso, con sus personajes.

viernes, 8 de mayo de 2015

BAZTÁN AL CUBO. DOLORES REDONDO, El guardián invisible. Legado en los huesos. Ofrenda a la tormenta.

Hacía tiempo que me habían hablado bien de esta autora; después leí algunas reseñas positivas respecto a esta trilogía del Baztán, zona que conozco por una visita turística que hice hace muchos años y que recuerdo con especial cariño, todo sumado me decidió a emprender su lectura combinándola con otras más exigentes.













Las novelas rondan las 500 páginas, excepto la primera que es algo más breve pero por encima de las 400 páginas. Sus títulos tienen resonancias míticas vinculadas con la naturaleza y con los crímenes cometidos en ellas.

Dolores Redondo nace en San Sebastián en 1969. Estudió Derecho y Restauración y comenzó escribiendo relatos cortos y literatura infantil. Tras una primera novela escrita en 2009, Los privilegios del ángel, publicó la primera novela de esta trilogía, El guardián invisible, en 2013 y las otras dos en 2014.


Aunque se la presenta como autora de novela negra, no comparto, en parte, esta clasificación y me parece, más bien, una sabia combinación de novela policiaca, mitología y conflictos familiares y amorosos. Ya comenté en una novela anterior, El leopardo de Jo Nesbo, las cinco características que diferencian la novela negra de la policíaca, así que vamos a ello.

1- Un crimen a investigar. En este caso no es uno sino una serie de crímenes que se producen en las tres novelas y que solo al final sabremos que están interrelacionados.

2- Una policía que descubre al culpable. En este caso la protagonista es Amaia Salazar, inspectora de homicidios de la Policía Foral de Navarra. Junto a ella encontramos a varios compañeros, parece que sólo una mujer reina dentro del grupo de homicidios, a los que no siempre les gusta reconocer a la “jefa”. Amaia es una auténtica heroína que no responde al modelo habitual de antihéroe de la novela negra. Solo su aceptación de la existencia, en pleno siglo XXI, de personajes de la mitología del Baztán la convierten en una policía algo atípica. Su búsqueda de la verdad que resolverá los crímenes desvelará quienes son los “buenos” y quienes son los “malos”. Solo en su ámbito familiar permite cierta gama de grises.

3- No rompe, por tanto, con el argumento de buenos y malos puesto que apenas desarrolla la escala de grises cayendo en el estereotipo de policía bueno-delincuente malo, así como que el bien siempre se impone cuando se produce la resolución del crimen.

4- No existe la contextualización humana y social de la criminalidad y la delincuencia, característica fundamental de mi gusto por la novela negra. A través de su novela poco o nada conocemos de la Navarra actual si exceptuamos los rasgos del crudo clima del Baztán y de sus solitarios y neblinosos paisajes.

El bosque en el Baztán es hechizante, con una belleza serena y ancestral que evoca sin buscarlo su parte más humana,la parte más etérea e infantil, esa que cree en las maravillosas hadas con pies de pato que vivían en el bosque, y que dormían durante todo el día para salir al anochecer a peinar sus largos cabellos dorados con un peine de oro que concedería a su portador cualquier favor que les pidiera, favor que ellas regalaban a los hombres, que, seducidos por su hermosura, les hacían compañía sin horrorizarse por sus extremidades de ánade (p. 92).
5- Sí posee una estructura narrativa impecable, es decir, una trama a través de la cual se desarrolla la acción y que nos guía perfectamente manteniendo siempre las ganas por conocer el desenlace. Su trama te engancha y no te suelta hasta que acabas la novela (la trilogía), los personajes están bien construidos, en especial la familia de Amaia Salazar y ese personaje tan entrañable de Engrasi.

6- Hay violencia exacerbada en los crímenes, un trasfondo amoroso que muestra escenas de sexo y un pasado atormentado en muchos de los personajes, incluida la protagonista. Y su peculiaridad, la mitología con su carga de leyendas y de personajes vinculados a una geografía y un clima peculiares.

Son novelas entretenidas, más dentro del género policíaco que negro. No me han acabado de convencer por el mensaje maniqueo que transmite.


viernes, 1 de mayo de 2015

JAVIER CERCAS, El impostor.

Tenía interés por este libro por muchos motivos, su autor me interesa desde que leí  su magnífica novela, Soldados de Salamina (2001), y sus reflexiones políticas y culturales a través de los artículos en la prensa. El impostor me interesaba, además, porque muy de pasada conocí a su protagonista, Enric Marco, y porque quería comprobar cómo Cercas lleva a cabo su pretensión de “novela sin ficción o relato real”.



El impostor (2014) trata, a lo largo de sus 425 páginas, de una persona que finge y engaña. Pero Cercas pretende ir más allá de desvelar la impostura y entender por qué la llevó a cabo. El pensamiento y el arte, dice Cercas, intentan explorar lo que somos revelando nuestra infinita, ambigua y contradictoria variedad, cartografiando así nuestra naturaleza… (p. 20). Marco no era solo fascinante por sí mismo, sino por lo que revelaba de los demás (p. 22).
Me dije que Marco había contado ya suficientes mentiras y que por lo tanto ya no podía llegarse a su verdad a través de la ficción sino sólo a través de la verdad, a través de una novela sin ficción o un relato real, exento de invención y de fantasía, y que intentar construir un relato así con la historia de Marco era una tarea abocada al fracaso (...) (p. 23).
Javier Cercas (1962), escritor y periodista, ejerció como profesor de filología durante bastantes años hasta el éxito logrado con Soldados de Salamina que le permitió dedicarse en exclusiva a ella. Sus obras suelen partir de una pregunta que trata de resolver entremezclando, en mayor o menor grado, hechos reales y ficticios.


El caso de Enric Marco saltó a todas las noticias cuando se descubrió que había mentido sobre su estancia en el campo de concentración alemán de Flossenbürg. Al frente del Amical de Mauthausen había dado cientos de charlas y conferencias representando a esta institución y tomó la palabra ante el Parlamento español en 2005 en una conmemoración del Holocausto. No todo era mentira, como dice Cercas, los buenos mentirosos no solo trafican con mentiras, sino también con verdades.

Marco no hizo sino lo que hizo la mayoría una vez acabada la guerra: (…) cedió, se resignó, dio su brazo a torcer, aceptó la vida bárbara, infame y claustrofóbica impuesta por los vencedores (p. 120). Marco, como la mayoría, dijo sí, mientras una minoría se rebelaba y decía no, por ello era un hombre corriente como tantos otros, nadie está obligado a la heroicidad de decir no. Sin embargo Marco quiso ser considerado y admirado dentro de esa minoría heroica y por eso mintió.

El impostor está dividido en tres partes y un Epílogo. En la primera parte, “La piel de la cebolla”, Cercas reflexiona sobre las muchas dudas que tuvo para escribir la obra.
La segunda parte, “El novelista de sí mismo”, gira alrededor de la mentira, de si la novela es mentira o no, y sobre su intento de realizar una novela sin ficción.
La tercera parte, “El vuelo de Ícaro (o Icaro)”, se extiende sobre las causas por las que pudo colar la impostura de Marco, la relación entre historia y memoria, las justificaciones de Marco y otros aspectos.
Y el Epílogo resulta ser una larga reflexión sobre la rebeldía, saber decir No cuando la mayoría dice Sí, el paralelismo entre Marco y el Quijote, y otros aspectos.
Enric es igual que Don Quijote: no se conformó con vivir una vida mediocre y quiso vivir una vida a lo grande; y, como no la tenía a su alcance, se la inventó (p. 33).

Esta obra no acaba en el caso de Marco sino que hay muchas reflexiones sobre la literatura y el arte, sobre su papel social, sobre la historia, sobre el pasado como dimensión del presente, sobre el significado de kitsch (entendido como mentira narcisista) aplicado al arte, a la historia o a la izquierda actual y sobre muchos aspectos de la transición y de los últimos años de la democracia en España. Una obra excelente que recomiendo.