viernes, 18 de julio de 2014

FERDINAND VON SCHIRACH, El caso Collini.

Esta novela de 151 páginas, con un anexo que la alarga hasta 154, transcurre, en sus primeras 96 páginas, narrando una historia aparentemente intrascendente en la que un joven, Caspar Leinen, afronta la defensa de su primer caso. Fabrizio Collini es el autor del crimen que le toca por turno de oficio a Leinen.





Cuando solo quedan 55 páginas, la historia cambia de rumbo y es imposible dejar de leerlas de un tirón para acabar absolutamente consternada y desolada. La concisión y desnudez de que hace gala el autor para revelar el trasfondo del crimen, y las trampas de la justicia alemana de postguerra, son estremecedoras.
Al principio las carpetas le resultaban ajenas, apenas había entendido lo que leía. Pero poco a poco todo fue cambiando. En la habitación grande, desnuda, el papel empezó a cobrar vida, todo quería apoderarse de él, y al acostarse soñaba con aquellas carpetas. Cuando regresó a Berlín, había adelgazado dos kilos. Llevó cajas de cartón llenas de fotocopias al bufete, se fue a su casa, echó las cortinas y se pasó el fin de semana metido en la cama. El lunes visitó a Collini en el centro penitenciario. Y cuando siete horas después salió de la prisión, ya sabía lo que tenía que hacer (p. 96). 
Imposible explicar tanto en menos de diez líneas y alertarnos de que las siguientes páginas desvelarán las razones por las que un obrero jubilado de la Mercedes-Benz, asesina a un anciano sin motivos aparentes. 




Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964), jurista alemán que se adentra en la ficción con esta novela publicada en el 2011, es nieto del líder de las Juventudes Hitlerianas, Baldur von Schirach (1907-1974), que se afilió con 18 años al Partido Nazi. Pronto se ganó la confianza de Hitler que lo nombró en 1929 jefe de la Unión Estudiantil Nacionalsocialista y llegó a ser, con 26 años, jefe de las Juventudes Hitlerianas, con el rango de Gruppenführer en las SA. Durante la II Guerra Mundial Hitler le nombró Gauleiter (líder de zona) de Viena. Fue detenido en 1945 y juzgado junto a otros oficiales nazis en los Juicios de Núremberg y condenado por cometer crímenes contra la paz y contra la humanidad. Fue confinado en Spandau durante veinte años. 

Llegué a esta novela por un programa de radio en el que se hablaba del pasado familiar del autor de El caso Collini. No debe ser fácil aceptar que un familiar próximo, un abuelo, ha sido una asesino nazi. Pese al interés que me despertó, no anoté el título de la novela, me quedó el nombre en la nebulosa (incapaz de recordarlo pero capaz de reconocerlo si oía hablar de él). Fue en el blog de Agnieszka donde leí una reseña sobre esta novela. Cuando sumé uno más uno, fue imposible no leerla. 

¿Qué temas trata la novela? La honradez dentro del mundo de la justicia (abogados, fiscales, jueces, condenados, representantes de los encausados, etc); la aprobación de leyes que entran en contradicción evidente con la defensa de los derechos humanos; la constatación de que la mayoría de los nazis que asesinaron en masa fueron personas que podemos catalogar de “normales”; el sufrimiento que las víctimas son capaces de soportar y la marca indeleble que queda de ello. Además hay otros muchos temas menores que también tienen relevancia en la novela. 

¿Es una novela redonda? No. Tiene defectos y no es menor el escaso interés que me ha generado la primera parte de la novela. Sin embargo parece que el autor prepara un trampolín, arduo y aburrido, pero necesario para despegar en las últimas páginas trepidantes. Me gusta su estilo conciso, claro, cortante y breve. No me extraña que su publicación haya provocado un incendiario debate y haya logrado un importante éxito en Alemania.

viernes, 11 de julio de 2014

MARCEL PROUST, Por la parte de Swann.

En busca del tiempo perdido, monumental obra estructurada en siete volúmenes, siempre me había tentado, pero su gran extensión me desanimaba. Tenía comprado el primer volumen, en otra edición que la que he leído, desde hacía años. Fue la propuesta de Marcelo Z del blog Libros en estéreo quién me llevo a reunir los ánimos para hacerlo. A mi vez se lo propuse a Carlos y los tres hemos iniciado esta aventura con este primer paso. Por la parte de Swann tiene 510 pág y su título responde al protagonismo que Charles Swann tiene en este primer volumen. 



Marcel Proust nació en París en 1871 y murió en la misma ciudad en 1922. Proust nació en una familia judía acomodada. Fue un niño muy protegido por su frágil salud, ya que padecía ataques de asma. 

De muy joven frecuentó salones y pudo conocer el ambiente burgués y aristocrático de estas formas de sociabilidad de la clase alta parisina, frecuentó también a literatos y artistas. Debido a los recursos económicos de su familia, pudo vivir sin trabajar y dedicarse a escribir, con poco éxito, hasta la publicación en 1913 (de hecho autopublicación) de Por la parte de Swann. La segunda parte, A la sombra de las muchachas en flor, obtuvo el premio Goncourt en 1919, poco después de acabada la Iª Guerra Mundial, y fue la consagración del exquisito estilo narrativo de Proust que dio continuidad a su proyecto novelístico, En busca del tiempo perdido. Murió en 1922 de una bronquitis mal curada y fue su hermano quien editó los manuscritos hasta que en 1927 publicó el séptimo, y último, El tiempo recobrado



El volumen está compuesto de tres partes (Combray, Un amor de Swann y Nombre de país: el nombre) que contienen temas y aspectos formales esenciales en la escritura de Proust, yo destacaré dos: la recuperación poética de lugares y anécdotas de la infancia y juventud del protagonista, Marcel; y la enunciación, a partir de anécdotas particulares vividas por los distintos personajes y por el protagonista, de elementos psicológicos de la naturaleza humana (el amor, los celos, la pérdida del ser amado, la subjetividad de la percepción individual, etc.). 
¿Llegaría hasta la superficie de mi clara conciencia aquel recuerdo, el instante antiguo que la atracción de un instante idéntico había venido desde tan lejos a excitar, conmover, despertar en lo más profundo de mi ser? P. 64 
Destaca el personaje de Charles Swann y su sufriente experiencia amorosa con Odette (¿o es ésta la que sufre como consecuencia de los celos del exquisito Charles?). A través de ese hecho, el amor, o su carencia, la obra progresa, a veces con monotonía por pecar de reiterativo, de forma circular hacia esa recuperación del tiempo (¿perdido?) de unos personajes errantes vistos a través de un «yo» narrador que aparece y desaparece. 
Al principio no sintió celos de la vida entera de Odette, sino solo de los momentos en que una circunstancia, tal vez mal interpretada, le había hecho suponer que Odette hubiese podido engañarlo. Sus celos, como un pulpo que lanza primero una amarra, luego otra y después una tercera, se aferraron sólidamente a aquel momento de las cinco de la tarde y después a otro y luego a otro, pero Swann no sabía inventar sus cuitas. No eran sino el recuerdo, la perpetuación, de un sufrimiento que le había llegado de fuera (p.342). 
Proust crea personajes muy diversos, ya hemos señalado a Swann, pero también construye personajes cómicos, como Mme. Verdurin y su grupo de afines, y a todos ellos nos los muestra con un ritmo lento que, a veces, te distancia de la obra pese a su prosa exquisita, lírica donde las haya. Su parsimonia a la hora de expresar las pasiones y la vida privada requiere de concentración y paciencia para leerlo. Pero si nos adaptamos a su ritmo encontraremos fragmentos perfectos y relatos sobre la condición humana letales y precisos como un estilete de filo hiperafilado. 


Leer a Proust no es difícil, nada comparable con leer a Joyce, pero si requiere de esa mencionada concentración. Si logramos entrar en el ritmo de su obra, las compensaciones serán inagotables. 

La opinión de Marcelo Z la podéis leer en el enlace a su blog y lo que destaca Carlos lo incluyo a continuación: 
Dije que al comienzo esta obra me parecía ñoña en exceso, porque entendía que era el retrato de una clase social, desde el punto de vista de un niño que como se descubre al final acaba creciendo, pero sin anticipar acontecimientos, las ti-itas del niño que se la traen, sobre todo aquella que obtuvo plaza permanente de residente en la cama, desde donde controlaba hasta el vuelo de las palomas. La cocinera que se sabe ama y resulta respondona. El retrato despectivo que hacen de la clase más baja cuando apenas los rozan con el texto. La presencia de Swann, que practica el deporte de asombrar modistillas y resulta ser un Don Juan de pacotilla, y casi fallece celos y comete un disparate, cuando se enfrenta a una mujer de verdad. Odette, maravilla de mujer que se sabe desenvolver y sacar partido en una sociedad de ociosos y diletantes. Me surge la duda de si en verdad Proust pertenecía a esa casta de pretenciosos. En la última parte, la tercera, se resuelve en parte la situación con un niño enamorado de verás, como sólo saben amar ellos, los infantes, y los dementes.
Una interesante lectura en buena compañía siempre proporciona satisfacciones.

sábado, 5 de julio de 2014

JEAN-LUC SEIGLE, Al envejecer, los hombres lloran.

Reconozco que una de las motivaciones para leer esta novela fue su título. No comprendo porqué se supone que los hombres no lloran y las mujeres tienen la lágrima floja. Que las mujeres expresen sus sentimientos a través de las lágrimas nunca ha sido censurado sino incentivado. Los discursos de género, que se han producido en este país a lo largo del tiempo, tienen algún elemento perenne como el hecho de que el mundo femenino es emotivo y emocional… y lacrimógeno. Yo no me he reprimido cuando he querido llorar, de joven y ahora de menos joven, incluso diría que lloro menos ahora que antes. Sin embargo, están mal vistas las lágrimas masculinas, son síntoma de falta de masculinidad. 


Al envejecer, los hombres lloran. Era cierto. Quizá llorasen todo lo que no habían llorado en su vida; era el castigo de los hombres duros (p. 29). 

Leí la reseña en el blog de blasfuemia (mi último blog recomendado) y decidí que quería darle una oportunidad a esta novela de 237 pág. 

Jean-Luc Seigle es novelista, dramaturgo y guionista; autor de tres novelas, Al envejecer, los hombres lloran es su última novela publicada en 2012. 



La novela transcurre en una pequeña localidad francesa (Assys) a lo largo de un solo día del año 1961 (no sé qué ocurre pero este año he leído varias novelas con esta característica común: Ulises, La señora Dalloway y esta que comento). Hay diversos aspectos que trata el autor: la lucha entre lo moderno y lo tradicional, las tragedias cotidianas, las guerras y sus secuelas (la Iª y la IIª Guerra Mundial y la guerra de Argelia), el amor filial y de pareja y la importancia de la literatura como la mejor manera de traducirse en palabras.

Guilles, tal vez un día, con toda tu literatura, sepas poner palabras a todo este desasosiego. Yo no soy capaz (…) Las palabras están encerradas en su cabeza y sólo muy raramente lograban deslizarse hasta su boca. Esta noche, manaban abundantemente por sus ojos. Nunca había deseado tanto llorar como esta noche, porque no eran lágrimas de tristeza, ni de alegría, sino sólo la expresión de algo que le era desconocido, de una increíble pureza que lo lavaba todo (págs. 184-185). 
Albert Chassaing, el padre, lleva el peso de la narración. Es un nostálgico resistente de los viejos tiempos que dejó el campo para trabajar como obrero en la cercana Ciudad Michelin. Cuando se levanta la mañana del día en el que transcurrirá la novela, derrama unas lágrimas que le sorprenden a él mismo. A partir de ese momento el día avanza para Albert en una línea de desilusión existencial que desencadena la tragedia. Solo su hijo de diez años, Gilles, un lector entusiasta, le ancla a la vida y le inspira afecto. La literatura y el afecto parecen las únicas claves para seguir adelante, quien las tiene subsiste, quien no, naufraga en la confusión y en la crisis.

Los personajes son desiguales, mientras Albert y Gilles (añadiría el maestro jubilado de París que se instala providencialmente en el pueblo y la madre de Albert) están bien construidos y la empatía surge de forma espontánea. Suzanne y el resto de personajes parecen marionetas de lo moderno: la TV, la formica, la parcelación, los adosados, etc. Pese a que sabemos que lo moderno se impone sobre lo tradicional, el autor nos intenta conducir hacia la ética del mundo tradicional al que solo parece faltarle la literatura. 
Descubrió que la felicidad no era ese estado de beatitud que se había imaginado, la felicidad era un presagio, el presagio del bien, como la infelicidad era el presagio del mal. Era exactamente una promesa (p. 178). 

Un mensaje excesivamente claro que no deja espacio al misterio, predecible en ocasiones, y con algunos lugares comunes (especialmente el adulterio entre Suzanne y el cartero), sin embargo, logra construir, a través de ese obrero de Michelín, un ser humano de una autenticidad conmovedora.

sábado, 28 de junio de 2014

FRANCISCO UMBRAL, Mortal y rosa.

Esta obra de Umbral ha sido una gran sorpresa. Ese señor malcarado, ceñudo y de apariencia prepotente que no gustaba nada a la “movida madrileña”, ni al rodillo socialista de los años ochenta, y que fue quedando tan postergado que ni siquiera recordaba cuando había muerto. Nunca hubiera decidido leer algo suyo si no hubiera sido por la “encarecida” recomendación,  en junio del año pasado, de Yossi Barzilai.

Pero me ha costado casi un año decidirme a su lectura, las barreras de ese “umbral” antipático debían haber calado tan hondo que no había manera de sentirme atraída por él. Varias veces lo tuve en la mano y otras tantas lo volví a dejar. No me decidía a iniciar su lectura y, la verdad, solo leo por placer. Y no entendáis placer en el sentido habitual de alegría o sensación agradable, no, no siempre la lectura me procura esa sensación, aunque solo considero que una lectura ha valido la pena cuando me produce satisfacción la dedicación a ella. Porqué ¿qué es el libro? Y vamos ya con Umbral:
El libro es sólo el pentagrama del aria que ha de cantar el lector. En el libro no hay nada. Todo lo pongo yo. Leer es crear. Lo activo, lo creativo, es leer, no escribir. De esos signos, de esa tipografía hormigueante y seca, mi imaginación levanta un mundo, un bosque, una idea, y continuamente salen volando pájaros de entre las páginas del libro (p. 109).

Mortal y rosa (1975) tiene 188 páginas, yo he leído la octava edición de 2008 con una Introducción de Miguel García Posada y un pequeño Apéndice del propio Umbral, en total 242 páginas.

Francisco Umbral (1932-2007) poeta, novelista, periodista y ensayista, fue tardíamente escolarizado por lo que se puede considerar casi una autodidacta. Inició su carrera periodística en 1958 en el periódico El Norte de Castilla, fue promocionado por Miguel Delibes que percibió su talento para la escritura. Desde entonces Umbral forjó una carrera de éxito como escritor y periodista.
Su estilo, que se percibe muy bien en esta obra, es de un gran lirismo, de hecho podríamos decir que es prosa poética, utilizando muchas metáforas no siempre fáciles de interpretar, acostumbra a utilizar neologismo e intercala versos, títulos u otras referencias de sus escritores favoritos. Su vocabulario es rico, diverso y, en muchos momentos, deslumbrante.


El olor de un libro, el olor de cada libro, ese enjambre de abejas tipográficas que nos marea y nos fascina cuando hundimos en él la nariz (p. 99).
Mortal y rosa es un monólogo del escritor en el que reflexiona sobre aspectos diversos, especialmente dialoga con su hijo que nació en 1968 y  falleció a los seis años de leucemia. Por momentos parece un ensayo porque no hay trama más allá de que se trata de un diálogo con el hijo, un diálogo de amor, y de pena arrebatada cuando muere. Alrededor de ese drama (un niño enfermo es una blasfemia que profiere la vida), del que apenas cuenta nada concreto, Umbral va cavilando, divagando sin orden ni concierto o con un orden que solo él sería capaz de explicar. Aunque estamos a principios de los años 70, en plena descomposición del franquismo, apenas hay referencias al momento, centrándose en la introspección que hace el autor de su manera de ver la vida marcada por esa muerte terrible.
Me llevo al niño, dolorido y lánguido, lejos del gran absurdo organizado, a nuestro pequeño rincón de sinrazones, al cubil de la ternura. Viene aterido de miedo, perplejo de frío, y empieza a poner orden –su orden cálido y anárquico- en las cosas (p. 143).
¿Qué me ha sorprendido positivamente de la lectura de esta obra? 
En primer lugar la forma tan sincera de expresar el amor tierno y entregado de Umbral hacia su hijo: Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. No es habitual encontrar a un intelectual, hombre, que descubra su corazón de una forma tan abierta y nítida. Me ha sorprendido mucho su prosa, su rico vocabulario, sus imágenes y sus reflexiones sobre la vida, sobre la historia, sobre la escritura, sobre las relaciones humanas, sobre la explotación de los trabajadores/as, etc. Tengo montones de hojas con señales de fragmentos que me gustan por motivos muy diversos... y es que como él… 
Hilvano el mundo con los ojos.Ojos que imaginan cuando leen, que ven lo que crean con su lectura, que ven incluso lo no visible y le dan precisión plástica a los conceptos, a los pensamientos leídos. Los ojos pastan en el libro y a veces, al cerrar el libro, los ojos se quedan dentro, como hojas frescas, y ando ciego por la vida, sin ojos, sin ver el mundo, porque los ojos siguen mirando lo que han leído, se han enterrado en letra impresa. Luego, cuando soy dueño de mis ojos, miro con ellos el mundo, y los paisajes vienen a los ojos en remolino (p. 93).
En el final del libro, Umbral, desolado, se deja llevar por la desesperanza y dialoga caóticamente con su hijo muerto:
La vida se ha quedado hueca de tiempo, el tiempo se ha quedado hueco de días. El tiempo lo creamos nosotros viviendo, esperando, avanzando. Si uno dimite de la vida, el tiempo ya no existe. El tiempo es nuestra impaciencia. Sin impaciencia, las esferas se paran y el mundo descubre su inanidad de chisme inútil, de trasto viejo, de cosa caída (p. 215).
Leer Mortal y rosa es pastar en la vida, beber de la vida y, por ello, sentir el dolor más crudo, el dolor interior, sin aspavientos, sin alharacas.


miércoles, 25 de junio de 2014

MARCEL PROUST, Por la parte de Swann.


Cuando pensé en qué fragmento elegiría para hacer esta incitación a la lectura que estamos realizando Marcelo Z, Carlos y yo, enseguida me vino a la mente la magdalena de Proust.

Ya conocía ese fragmento, sin haber leído la obra, porque ha pasado a denominar el proceso de evocar momentos del pasado a partir de un objeto, acto, sabor, color u olor desencadenantes del recuerdo.

Pese a que, en las noventa páginas que llevo leídas cuando redacto este texto, ya he llegado al famoso fragmento, decidí descartarlo en favor de la bella evocación de un refugio bajo los tejados…



(…) subía a sollozar al punto más alto de la casa, junto a la sala de estudio, bajo los tejados, a un cuartito que olía a iris y perfumaba también un grosellero silvestre, crecido fuera, entre las piedras de la muralla, y una de cuyas ramas en flor entraba por la ventana entreabierta. Aquel cuarto, destinado a un uso más especial y vulgar y desde el que, durante el día, se llegaba con la vista hasta el torreón  de Roussainville-le-Pin, me sirvió durante mucho tiempo de refugio –seguramente porque era el único que me permitían cerrar con llave- para todas mis ocupaciones que reclamaban una soledad inviolable: la lectura, la ensoñación, las lágrimas y la voluptuosidad.
Cualquier comentario de quienes lo habéis leído, de quienes sabéis de la magdalena o de quienes nos hemos apuntado a leerlo (estáis a tiempo de uniros a una lectura que no tiene tiempos, ni plazos), será bienvenida.





sábado, 21 de junio de 2014

LA MENTIRA POLÍTICA Y EL VERANO




La primavera deja el paso al verano que entra astronómicamente hoy 21 de Junio a las 12.51, una estación llena de luz y de largas tardes, de calor y somnolencia, de paseos por la orilla del mar o por los bosques húmedos de la montaña, de viajes y de lecturas largas (recordad que os animo a empezar la lectura de Proust), de tertulias y conversaciones a la sombra de un árbol frondoso o de una fuente cantarina. Esta ensoñación la equilibra este fragmento literario que describe una de las realidades más penosas de este país. Un buen tema para pensar en una noche de verano.


John William Waterhouse


¿Podemos abordar hoy realmente esta cuestión, estando como estamos saturados por la retahíla de mentiras que despliegan a diario nuestros políticos en la televisión y en todas partes? Los ejemplos no es que sean más o menos numerosos, es que son constantes. La mentira política se ha convertido casi en una retórica, en un deporte. Y hemos acabado por sostenerla como un divertimento. ¿Somos capaces todavía de soportarla, de calcular sus efectos perversos y por tanto necesariamente desastrosos? Si no soportáramos la mentira política, estaríamos en las calles todos los días. Y, en cambio, las calles están desiertas. La antigua cera que antes nos habría ayudado a taparnos los oídos ya se ha derretido; y si hoy fuésemos marinos de Ulises, sería inútil que se amarrase al mástil de su navío porque no resistiríamos el engañoso canto de las sirenas; más divertidos que fascinados, llevaríamos al héroe hasta la orilla donde sería devorado. La mentira es poderosa, mata lo que nos es más querido.
                                                    JEAN-LUC SEIGLE, Al envejecer, los hombres lloran.

sábado, 14 de junio de 2014

JOSEPH ROTH, Fuga sin fin

Alguien comentó una frase de este autor mientras estaba abstraída tomando café a la hora del almuerzo. Apunté su nombre y busqué sus obras, compré dos: los escritos incluidos en  La filial del infierno… y la novela Fuga sin fin (1927).

Roth nació en 1894 en Brody, en la región de Galitzia, por entonces en el Imperio Austro-Húngaro. Hoy esta región se divide entre Polonia y Ucrania. La caída del Imperio, tras la derrota en la Iª Guerra Mundial, marcó a Roth con un sentido de pérdida de la patria que aparece con frecuencia en sus escritos y novelas.

Hijo de una familia judía, participó en la guerra sirviendo al ejército austriaco. Cuando finalizó el conflicto trabajó en varios periódicos hasta que se trasladó a Berlín y se casó con Friederiche Reichler, judía de Galitzia como él mismo y que padecía esquizofrenia, lo cual le provocó una profunda crisis emocional (y financiera por los cuidados que debía dar a su mujer). Desde 1923 hasta 1932 Roth fue corresponsal para el Frankfurter Zeitung, viajando por toda Europa. Fue en esta época cuando se convirtió en un escritor de éxito, especialmente con su novela La marcha Radetzky (1932).


En 1933 cuando Hitler fue nombrado canciller, dejó Berlín y regresó a Viena. Menos de un año después fue asesinado el canciller federal Engelbert Dollfuss, en un intento de golpe de Estado de los nazis austriacos. Roth decidió marcharse de Viena y vivió en diversas ciudades europeas, especialmente París.

Sus libros fueron quemados en Alemania como él había predicho, sin embargo fue en esos seis años de emigración cuando publicó más de la mitad de su obra, tanto novelas como artículos sobre el totalitarismo y contra el régimen nazi. En los años de emigración, Roth decidió convertirse al catolicismo y aquejado por problemas de salud, bebió hasta consumirse. Murió en París en 1939, tres días antes de que estallara la II Guerra Mundial. Su familia desapareció en los campos de concentración, su mujer fue asesinada en aplicación de las leyes eugenésicas para eliminar enfermos mentales.


Nada tengo que perder. No soy valiente ni busco aventuras. Me dejo llevar por el viento y no tengo miedo a caer (p. 57).
Y pese a que Franz Tunda, oficial del ejército austriaco durante la Iª Guerra Mundial, no buscaba aventuras, Fuga sin fin relata su vida aventurera, y desventurada, entre 1919 y 1926. El tema de la novela es la versión que Joseph Roth se inventa pareciéndose en algo a la suya, unas veces mejorada y otras empeoradas.

Tunda es un hombre sin destino que se deja llevar por el viento, libre y sin planes preconcebidos. Se ve envuelto en la Revolución Rusa por casualidad al ser hecho prisionero en la guerra y se acaba alistando entre las filas de los revolucionarios por amor a Natasha, más que por ideología. Tras fracasar su relación con ella se casa con la callada y sumisa Alia y acaba retornando a Austria por la noche que pasa con otra mujer, la señora G.
Su regreso es un fracaso porque su vida anterior ha desaparecido: el Imperio por el que luchó se ha desintegrado, su novia se ha casado con otro, su hermano se ha adaptado a la sociedad alemana que Tunda no acepta.
…Tunda, de treinta y dos años, un hombre joven y fuerte, sano y espabilado, dotado de múltiples talentos. Estaba en la plaza frente a la Madeleine, en el centro de la capital del mundo, y no sabía qué hacer con su vida. No tenía ni profesión, ni amor, ni alegría, ni esperanza, ni ambición, y ni siquiera egoísmo.En el mundo no había nadie tan superfluo como él.
Es el yo desintegrado de un hombre, contado por un narrador, que vaga sin rumbo, carente de vida. Un hombre que huye de su propia vida en una fuga sin fin mientras Europa, y su mundo personal, se desmoronan.
Sin coincidir en tiempo, experiencias, origen ni sexo con Tunda-Roth, he sentido, leyendo esta novela, una extraña empatía, una coincidencia de principios, unas sensaciones similares…
La gente tarda mucho en encontrar su rostro. Es como si no hubiera nacido con sus caras, ni con sus frentes, ni con sus narices, ni con sus ojos. Se van agenciando todo con el correr del tiempo. Y eso tarda, hay que tener paciencia hasta que reúnan lo adecuado. Por entonces Tunda acababa de poner a punto. Su ceja derecha había quedado más arriba que la izquierda. Eso le daba un aire de permanente sorpresa, la expresión de un hombre que observa con altivo asombro las extrañas circunstancias de este mundo (p. 105).
Yo hace un tiempo que tengo a punto mi cara. Mis ojos verde musgo y el hoyuelo del mentón me dan el aire de apreciar jugar el juego de la vida y observar con sorpresa todo lo que ocurre a mi alrededor sin que nunca acabe de entenderlo del todo.

Una novela excelente.


sábado, 7 de junio de 2014

VIRGINIA WOOLF, La señora Dalloway.

 (…) se disponía a ir a una fiesta, a su edad, convencido de que iba a vivir una experiencia. Pero ¿cuál?
Belleza, cuando menos. No la burda belleza de la vista. No era belleza pura y simple: Bedford Place, que conducía a Russell Square. Era rectitud y vacío, desde luego; la simetría de un corredor; pero también era ventanas iluminadas, el sonido de un piano, de un gramófono; una sensación de fuente de placer escondida (…) (p. 221).
Escribí hace tres años y medio en este espacio que Virginia Woolf era una escritora que había ejercido una gran influencia en mi pensamiento y que leí casi completa su obra de veinteañera. Llevo tiempo pensando en releer alguna de sus obras, pese a que no soy de releer, y finalmente me he decidido por La señora Dalloway, una novela que fue de las que menos me interesó en su momento, quizás por esa razón no tenía el ejemplar (prestado y no devuelto o prestado por alguien y devuelto por mi parte). El paso del tiempo, por fortuna, me ha dado una visión de la vida más pausada para poder apreciar emociones y acontecimientos pequeños que pueden revelar las profundidades del alma, más allá de sentimientos más apasionados o espectaculares. He disfrutado mucho con esta novela, sin duda he apreciado muchos aspectos que se me escaparon cuando la leí por primera vez.

La señora Dalloway fue publicada en 1925, tiene 263 páginas y su título se debe a que la novela relata un día en la vida de Clarissa, la Sra Dalloway, una mujer de clase alta, una mujer común, en el Londres de 1923. Esta novela fue la primera obra en la que Virginia Woolf revolucionó la narrativa de su tiempo a través, entre otras cuestiones que iré explicando, de lo que ella misma llamó en sus diarios tunnelling process (reconstrucción del pasado a fragmentos).


Sobre Virginia Woolf (1881-1941) ya he escrito en los textos mencionados y se puede encontrar la información en la etiqueta correspondiente a su nombre, además de la mucha información que hay sobre ella en la red y en una bibliografía bastante completa.

En La señora Dalloway Virginia Woolf inició la técnica, que luego continuará en Al faro (1927) y en Las olas (1931), de la omnisciencia del narrador que es capaz de entrar en cada personaje desarrollando una escritura que se abre a otras ficciones posibles, una especie de microrrelatos. El mundo es como un libro interminable de relatos engarzados en una continuidad que no tiene por qué ser lineal, a modo de las muñecas rusas, un relato dentro de otro. Ese tratamiento no lineal del tiempo unido a la representación pluridimensional de la conciencia humana y de la realidad son las grandes novedades que introdujeron Woolf, pero también Marcel  Proust y James Joyce.


En esta novela Woolf privilegia a una conciencia femenina, Clarissa-Sra Dalloway, una mujer madura, deseada, ama de casa, madre, esposa y sostén privado del marido que actúa en público. Pero la mundana y superficial Clarissa es también un gran interrogante. Para ella, preparar la fiesta que la tiene ocupada durante toda la jornada en que transcurre la novela, supone enfrentarse directamente con su propio yo, que incluye la asunción de su vida burguesa y despreocupada con las renuncias que ello conlleva; y ello implica pensar sobre la elección que hizo al casarse con Richard Dalloway, un amor adecuado, frente a su amante Peter Walsh, un amor pasión. Estos recuerdos la llevan a pensar en su juventud en Bourton, su relación de componente homosexual con Sally Seton, una mujer liberada para su tiempo, su conciencia de clase, el paso del tiempo y, en definitiva, su vacío existencial lleno de rutina y eventos sociales como la fiesta que prepara.
Tenía la curiosísima sensación de ser invisible, de que nadie la veía; ya no volvería a casarse, ya no volvería a tener hijos; solo quedaba ese avance pasmoso y un tanto solemne junto con todos los demás, por Bond Street, el ser la señora Dalloway; ni siquiera Clarissa ya; el ser la señora de Richard Dalloway (p. 19).
En La señora Dalloway no hay, como en el Ulises de Joyce, separación entre pensamiento verbal y percepciones no verbalizadas, entre mundo exterior y conciencia. La tercera persona licúa la diferencia, de ahí la metáfora de la ola, o la onda, que es constante en Woolf. Se podría decir que la conciencia es un líquido que entra en contacto con la realidad que también es líquida, ambas se mezclan y se unen mutuamente como si fuera una ondulación que las disuelve. Por ello, si en el Ulises se hablaba de “pensamiento interior”, en La señora Dalloway es más bien un “fluir de la conciencia”. Woolf pasa por tantas mentes o conciencias como le es posible (en el Ulises solo Bloom y Stephen tienen ese privilegio) aunque hay dos primordiales: Clarissa y Septimus, del que aún no he hablado cautivada por Clarissa.

Septimus es la persona más afectada por la situación histórica, la Iª Guerra Mundial y la inmediata postguerra, que está presente a lo largo de la novela pero no enfocada. Conocemos, más que los hechos, las consecuencias personales que se reflejan en un estado de ánimo alterado y depresivo de un hombre afectado gravemente por su experiencia en las trincheras. Septimus vive sus percepciones de lo real como algo intolerablemente profuso y múltiple. Casi se ven sus sentimientos, más que oírlos.

Hay muchos más personajes interesantes a los que podríamos dedicarles atención como Peter Walsh, Hugh Whitbread o la mencionada Sally Seton, pero La señora Dalloway es tan rica en personajes y en múltiples matices que esta reseña se haría demasiado larga, de hecho ya he sobrepasado lo prudente y no sé cuántos de mis pacientes lectores/as me habrán seguido hasta aquí.

sábado, 31 de mayo de 2014

MARIA VAN RYSSELBERGUE, Hace cuarenta años y STEFAN ZWEIG, Leporella.

La casualidad ha querido que estas dos obras estén unidas puesto que las he leído seguidas y en un breve espacio de tiempo. Las dos tratan el mismo tema: el amor. Las dos lo hacen desde un punto de vista radicalmente diferente y, sin embargo, se parecen como dos gotas de agua.


En estas dos obras se refleja un amor que nunca traspasa la frontera de los hechos, su amor es puro relato, conversación, miradas, pasión, desesperación, ternura, miedo, delicadeza, obsesión, elegancia. Sin embargo, María es correspondida y Leporella (Crescenz) no. Son amores secretos, pero el otro  reconoce el amor femenino que, en Hubert (de  Hace cuarenta años)es luz y en el barón (de Leporella) es oscuridad.


Maria y Leporella aman hasta la renuncia más sublime que puede llevar a matar y/o morir. La renuncia de satisfacer y realizar el amor es el grado mayor de sacrificio para un alma enamorada y en ello coinciden dos mujeres muy diferentes: una tosca, cerril y simple (Leporella) y la otra exquisita, delicada, inteligente y elegante.

Son dos obras breves, Hace cuarenta años tiene 85 páginas con dos notas, una de los editores y otra de Natalia Zarco. Leporella tiene 51 páginas.

MARIA. THÉO VAN RYSSLBERGHE

Maria Van Rysselberghe (Bruselas, 1866-1959) es lo que se denomina una escritora “secreta”, una autora de culto de breve obra: Los cuadernos de la Petite Dame, notas que durante un tercio de siglo fue tomando sobre su amigo André Gide; Strophes pour un rossignol, Galerie privée y la fundamental obra que se reseña aquí.

 THÉO VAN RYSSLBERGHE

Hija de una familia culta ligada al arte belga, se casó con el pintor Théo Van Rysselberghe y mantuvo una larga amistad con el escritor André Gide que fue quién le animó a escribir. Una mujer “hecha de otros” que tuvo un apasionado amor, que escribe transcurridos cuarenta años, con Émile Verhaeren, poeta francés considerado como uno de los padres del modernismo y amigo de su marido.


Sobre Stefan Zweig (Viena, 1881-1942) se puede consultar la etiqueta correspondiente.

Hace cuarenta años es el relato del amor apasionado que surge entre Maria y Émile (Hubert en el relato) a finales del siglo XIX en una playa del Mar del Norte, en la casa de la duna. Un amor arrebatado hecho de palabras, de miradas y en el límite, abrazos y besos. Un amor que pese a nacer en un ambiente bohemio de artistas, nunca traspasó de esos límites puesto que ambos estaban casados, amaban a sus respectivas parejas y ellos eran grandes amigos. De esta manera su amor crece, mientras comparten la casa de la duna durante un mes, entre lecturas, paseos y sueños.
Bajo la luz nocturna parecíamos penetrar en una región interior más rica. Todo un mundo nacía entonces, bajo la lámpara, un mundo con caminos insospechados y escalas nuevas (p. 42).
Un amor perfecto que siempre será recordado por Maria porque lo conservó incontaminado, de la rutina del paso del tiempo, en su corazón: Aunque no dominaba mis pensamientos, reinaba desde un punto estratégico: ese del que nacen los mandatos más profundos. No le pedía sino que existiera (p. 19).

Leporella (nombre inspirado en el sirviente de Don Giovanni de Morart) es también el relato de amor de una mujer en la que todo era hosco, áspero y pesado. Pensaba a duras penas y comprendía con lentitud (…) (p. 92). Una criada a cargo del municipio como hija ilegítima acostumbrada a trabajar duro todo el día y que nadie la había visto nunca reír; también en eso se parecía a los animales, pues –cosa quizá más cruel que la pérdida del habla- a las criaturas irracionales de Dios no les ha sido dado el don de la risa, esa bendita expresión de los sentimientos que brota espontáneamente (p. 93).

De forma imprevista esta mujer tosca y obtusa se enamora de su señor, el barón, con una pasión servil y sumisa que deriva en una obsesión tal que llega a vivir a través de él:
(…) parecía como si se hubiera trasladado de su cuerpo al de él; vivía a través de sus sentidos, participaba con placer de todas sus alegrías y conquistas con un entusiasmo casi vicioso (p. 117).
Se convierte, sin que el barón lo comprenda hasta que es demasiado tarde, en su sombra y ¿quién vuelve la cara hacia su propia sombra?


Ha sido un placer leer dos historias con dos visiones diferentes e idénticas del amor.

sábado, 24 de mayo de 2014

¿EUROPA TIENE FUTURO?

FERNANDO BOTERO

La conciencia europea –me gustaría llamarla la “conciencia cultural de Europa”- empezó a atrofiarse en aquellos años en los que despertó el sentimiento nacional, la conciencia nacional. Se podría decir que el patriotismo ha asesinado a Europa. El patriotismo es particularismo. Un hombre que ama su “nación” o su “patria” por encima de todo, revoca la solidaridad europea. Amar significa valorar el objeto amado, más aún sobrevalorarlo. Amar con los ojos abiertos, es decir, con capacidad crítica, es algo de lo que sólo son capaces algunos hombres, los elegidos. A la mayoría de las personas el amor las vuelve ciegas. La mayoría de las personas que aman su patria o su nación son unos pobres ciegos. No sólo no están en condiciones de ver los típicos errores de su nación y de su país, sino que incluso tienden a considerar esos errores como un modelo de virtudes humanas. Y a eso, con mucho orgullo, se le llama “conciencia nacional”.
JOSEPH ROTH, “Europa solo es posible sin el Tercer Reich”, Die Wahrheit (Praga), 20 de diciembre de 1934.
Se trata de un escritor austriaco, judío, que abandonó Berlín ante el ascenso de Hitler al poder en 1933, exiliado en París escribió un conjunto de artículos, hasta su muerte en 1939, sobre el totalitarismo y la dictadura nacionalsocialista. Claro, inflexible y convincente, este fragmento sobre Europa tiene una lectura en 2014.

Al buen entendedor con pocas palabras basta.
Su libro, La filial del infierno en la Tierra. Escritos desde la emigración, es muy recomendable.

sábado, 17 de mayo de 2014

JOHN WILLIAMS, Stoner.

Tengo una compañera de trabajo a la que me ha unido el amor por los libros. Antes de que habláramos de literatura no había nada que nos uniera más allá de coincidir en algunas actividades propias de nuestro trabajo, incluso algunas posiciones respecto a la manera de entender alguna cuestión laboral nos había generado una cierta antipatía. Sin embargo, por casualidad, empezamos a hablar  de literatura y la antipatía se ha disuelto, no creo que se convierta en amistad, pero hemos encontrado una afinidad que nos entretiene en los momentos de descanso dentro del centro de trabajo. Fue ella quién me habló muy elogiosamente de esta novela y decidí comprarla, luego vi una reseña de Marcelo Z que coincidía en la valoración de la obra y fue suficiente para leerla.


La novela tiene 240 páginas y su título no ofrece ninguna dificultad puesto que es el apellido del protagonista: William Stoner.

John Williams (1922-1994) nació en el noreste de Texas y después de trabajar en diversos oficios se enroló en el ejército en 1942 y fue tras la II Guerra Mundial cuando fue a la Universidad de Denver, se licenció en 1949 y a partir de 1950 ejerció como profesor en la Universidad de Misuri. Escribió narrativa y poesía siendo Stoner, publicada en 1965, y Augustus (en castellano El hijo de César), publicada en 1973, sus novelas más conocidas.



Pero William Stoner conocía el mundo de una manera que pocos de sus colegas más jóvenes podrían comprender. Por dentro, bajo su memoria, yacía la experiencia de la dureza, el hambre, la resistencia y el dolor. Además del recuerdo fugaz de sus primeros años en la granja de Booneville, llevaba siempre cerca de sus consciencia el conocimiento sanguíneo de su herencia, transmitida por ancestros cuyas vidas fueron oscuras, duras, estoicas y cuya ética común era la de mostrar a un mundo opresivo rostros inexpresivos, duros y fríos (p. 192).
Stoner es, en efecto, un hombre de origen muy humilde nacido a finales del siglo XIX y cuya familia haciendo un gran esfuerzo envía a la Universidad. Matriculado en la Facultad de Agricultura, acaba estudiando literatura por el impacto que le causa un profesor cuando en clase le dice:
El señor Shakespeare le habla a través de 300 años, señor Stone, ¿le escucha? (p. 17)
A partir de ese momento Stoner tiene una especie de revelación y opta por dedicar su vida a estudiar y enseñar literatura, una extraña opción para un hijo de campesinos pobres de Misuri.
El amor a la literatura, al lenguaje, al misterio de la mente y el corazón manifestándose en la nimia, extraña e inesperada combinación de letras y palabras, en la tinta más negra y fría… el amor que había ocultado, como si fuese ilícito y peligroso (…) (p. 103).
Siendo extraña esa elección, y otras muchas a lo largo de su vida, el protagonista de esta novela transmite, desde los pequeños dramas que le van ocurriendo, una rectitud moral y una defensa de la honradez y del esfuerzo que convierten a Stoner en un personaje aparentemente gris pero que irradia la luz de los héroes anónimos.
Pese a sus errores en el mundo de los afectos, el amor, intenso y fijo, siempre había estado ahí y lo había dado sin pensar:Lo había ido dando, de manera extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era consciente de estar dándolo. No se trataba de una pasión ni de la mente ni de la carne; era más bien una fuerza que comprendía a ambas, como si fuese, más que un asunto de amor, su sustancia específica (p. 217).
Cuando conoce a la mujer con la que se casará, Edith Elaine Bostwick, se da cuenta de que, tras escucharla durante una hora y media (nunca más hablará tanto de sí misma como en ese momento), eran desconocidos de una manera impensable y supo que se había enamorado (p. 52). Stoner se deja guiar por un amor que jamás será correspondido y que le lleva a una rutina exenta de afecto y descreimiento hasta que a los 43 años encuentra a Katherine Driscoll, mucho más joven que él, que le enseña que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra (p. 171) y un acto humano de conversión, una condición inventada y modificada, minuto a minuto y día a día, por la voluntad y la inteligencia del corazón (p. 172).

El trasfondo de la vida de Stoner se sitúa en la primera mitad del siglo XX, una época agitada por dos guerras mundiales y una crisis económica mundial que se engarza con su vida personal y con las mezquindades de una pequeña Universidad en la que, pese a todo, Stoner trata, de manera conmovedora, de contagiar su amor por la literatura.


Una historia bien contada y escrita y un personaje tan bien construido que una lo sigue recordando muchos días después de haber cerrado el libro.