sábado, 13 de septiembre de 2014

JEANETTE WINTERSON, La niña del faro.

El entusiasmo de Ana, del blog Blasfuemia, me condujo a esta novela. Los faros y las historias narradas oralmente fueron otros incentivos que me motivaron a buscarlo. La niña del faro tiene 199 páginas y su título habla de una niña huérfana que es adoptada por el farero, el señor Pew, de un remoto pueblo de Escocia. La portada del libro es un caballito de mar que, en la novela, simboliza al frágil héroe del tiempo


Jeanette Winterson (Manchester, 1959) es considerada una de las mejores escritoras anglosajonas de la época contemporánea. Trata con frecuencia el tema de la homosexualidad femenina por su opción sexual personal que nunca ha ocultado desde los 16 años. La niña del faro fue publicada en 2004 y un año después en castellano. 

Esta novela tiene muchos ingredientes para gustarme: un faro situado en un lugar agreste y solitario en un remoto pueblo de Escocia; un farero que cuenta historias que parecen saltar en el tiempo, o mejor, historias eternas sin tiempo; personajes atractivos por su trágico destino; y, sobre todo, historias y más historias contadas por el farero y luego por Silver, la niña del faro.



Silver es una niña especial, eso ya se lo decía su madre cuando era muy pequeña: Y si no puedes sobrevivir en este mundo, mejor será que te construyas uno propio. Y de esta forma Silver se acostumbra a que el farero le cuente historias para no sentirse sola. Y en esas historias contadas por el farero, el señor Pew, aparece Babel, un hombre atormentado con una doble vida al estilo del doctor Jekyll y el señor Hyde. El amor, o el desamor, es el leit motiv de las historias que se cuentan en esta obra. 

Mejor pensar en mi vida así: parte milagro, parte locura. Mejor aceptar que no puedo controlar nada de lo que realmente importa. Mi vida es una estela de naufragios y de partidas a toda vela. No hay llegadas ni destinos. Solo bancos de arena y naufragio. Luego, otro barco, otra marea (p. 116). 
Jeanette Winterson escribe bien, tiene un estilo rápido, poético y que llena de contenido existencial. De esta manera es imposible no ensoñar el paisaje, el faro, los personajes solitarios y llenos de la mafia de la palabra. Su escritura ilumina momentos muy concretos de las historias que aparentan que están deslavazadas, pero es que la narración continua de la existencia es mentira. No existe tal cosa: existen momentos que se iluminan, y el resto es oscuridad (p. 122). Y aunque las palabras se desvanecen y, a veces, las más importantes no se dicen, lo cierto es que las palabras son la parte del silencio que puede ser hablada (p. 123). 

De esta forma, hilando historias, silencios, posibilidades, nombres, lugares y personajes entrañables, esta novela te envuelve. Pese a todo, no me parece una novela redonda, algunas veces las historias no acaban de encajar de forma clara y acaba siendo reiterativa.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

LIBROS VACIOS

DAVID JIMÉNEZ


Llevo meses pensando en algo extraño.

Los libros forman parte de mi vida de una forma íntima y gozosa. Prefiero leer a casi cualquier otra actividad, necesito estar arropada de libros y estimulada por palabras. Los libros son para mí una fuente de placer, pero también son un reto, un esfuerzo por desentrañarlos, una incitación a la reflexión y a la resolución de dudas e interrogantes.

Leer me ayuda a pensar, a esclarecer, a meditar. A veces leer es llorar y sonreír, pérdida y encuentro, viaje y parálisis. No puedo conformarme con la lectura pasiva, siempre me involucro, doblo páginas, señalo (siempre con lápiz), exclamo, vuelvo atrás, releo ese fragmento que me indujo a pensar algo diferente a lo que, páginas después,  parece decir...

Y cuando acabo la lectura, pongo mi nombre, el mes y el año en que lo he leído. Después anoto en mi libreta impresiones sucintas.

Ahora que compro bastantes libros en librerías de segunda mano y de ocasión, me da por pensar, con extrañeza, el poco valor que tendrán mis libros si acaban vendidos por quienes los hereden. De hecho, casi nadie considera que los libros sean una herencia a tener en cuenta, casi siempre son una molestia que no se sabe como resolver para dejar espacio a otros objetos. Casi todos los libros que compro en esas librerías de segunda mano están nuevos, sin puntitas de hojas dobladas, sin marcas de lápiz, sin la firma de su dueño, vacíos. Libros de alguien que no imprimió ni una pequeña señal de su lectura y que permiten poner a las librerías la máxima puntuación porque están “nuevos”, “sin marca”, “sin mácula”.


Quizás por mi entrega a la lectura, ésta me ha proporcionado una alegría más: mi búsqueda de Finnegans Wake ha finalizado. Estaba en el Mercat de S. Antoni, un mercadillo de libros viejos y de ocasión, comics, revistas, postales y videojuegos que se celebra los domingos en Barcelona. Un amigo lo ha encontrado para mi.

viernes, 5 de septiembre de 2014

STEFAN ZWEIG, Mendel el de los libros.

Un brillante relato de 57 páginas sobre la exclusión en la Europa de entreguerras, entre la Gran Guerra y la Guerra civil europea, entre tragedia y tragedia. Esa es la época que tuvo que vivir Zweig. 



Y Mendel, aquel hombre bueno y formal, habría tenido razón de haber soltado cualquier ordinariez que se le hubiera ocurrido, pues sólo un extraño, un ignorante -un amhorez, como él mismo decía- podía hacerle a él, a Kacob Mendel, una proposición tan humillante. Anotarle a él a Jacob Mendel, el título de un libro, como si fuera el aprendiz de una librería o el bedel de una biblioteca, como si aquella inigualable mente libresca, diamantina, hubiera tenido que echar mano jamás de un recurso semejante, tan vulgar. Sólo más tarde comprendí hasta qué punto había ofendido su genio singular con aquel amable ofrecimiento, pues Jacob Mendel, aquel judío de Galitzia, pequeño, comprimido, envuelto en su barba y además jorobado, era un titan de la memoria  (p 18). 
El narrador es un hombre que conoció a Mendel el de los libros en su juventud y que lo rescata en el fondo de su memoria, ya que ella se traga lo más importante, tanto en lo que respecta a los acontecimientos como a los rostros, tanto lo leído como lo vivido, dejándolo con frecuencia en lo más hondo, en la oscuridad, y no devuelve nada de ese mundo subterráneo sin que uno ejerza presión… Para ello cualquier minúsculo gancho puede ser bueno, una postal, unas letras, un olor, una sensación… y de pronto, lo olvidado resurge de un brinco de la fluida y oscura superficie, vivo y coleando. En este caso el gancho fue el Café vienés de Gluck y Mendel emergió del olvido: el mago, el corredor de libros que, imperturbable, se sentaba allí día tras día, de la mañana a la noche. 

Mendel, el librero de viejo, excluido en medio de una guerra entre naciones, la Gran Guerra, cuando para él solo había una patria, solo un territorio, el de los libros. Ese apátrida territorial, ese hombre de los libros fue capaz de enseñar que todo lo que de extraordinario y más poderoso se produce en nuestra existencia se logra sólo a través de la concentración interior, a través de una monotonía sublime, sagradamente emparentada con la locura.

Una joya, un libro para defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido

[Excepcionalmente no he puesto las páginas de los fragmentos excepto el primero, me parecía que entorpecía la lectura].

lunes, 1 de septiembre de 2014

GONZALO HIDALGO BAYAL, Campo de amapolas blancas.

 (…) el mejor estímulo del espíritu se hallaba en las hojas blancas de las amapolas, porque éstas contenían la esencia del paraíso, su síntesis primordial (p. 60-61). 
Se trata de un relato, más que de una novela, por su extensión, 97 páginas. Le acompaña un Epílogo de Luis Landero que incrementa las páginas hasta las 109. Su título es una metáfora que puede interpretarse de distintas maneras, una de ellas es la de la búsqueda de la felicidad en la juventud de su protagonista H. 


Gonzalo Hidalgo Bayal (1950), ha trabajado como profesor de lengua y literatura en la enseñanza secundaria. Es poeta, novelista y ensayista. Campo de amapolas blancas, es un relato publicado en 1997. 

Es la primera obra que leo de esta autor para mi desconocido, leí en la prensa una referencia a ella y me llamó la atención lo suficiente para comprarla.


Respecto al contenido la trama son los recuerdos sobre un amigo del que no sabemos el nombre, solo la inicial H., desde la niñez hasta su separación en la juventud siendo veinteañeros. Estamos en la España de finales de los sesenta en una ciudad inexistente, Murania, cerca de Salamanca y Madrid. Dos niños se hacen amigos en el colegio de los hervacianos, su afán lector los une y su amistad se cimentará en el instituto y en los primeros años de la Universidad. A partir de ahí se distanciaran y el narrador recordará a H. al saber de su muerte.

La sustancia del relato, estructurado en catorce capítulos en recuerdo de los sonetos escritos en la primera juventud, es la búsqueda de la felicidad en una época de iniciación a la vida. Una búsqueda que para H. acaba siendo desoladora y acaba provocando tristeza, como cuando se oye llover (imagen que es una constante en H.), y melancolía.

Hidalgo Bayal escribe muy bien, al estilo clásico, con realismo, pero a la vez recurriendo a artificios retóricos que convierten este relato en un manjar exquisito que provoca el deseo de repetir (releer o buscar otras obras).

Por mi parte, he contemplado campos de fresas, de trigo y de algodón, oigo a veces el sonido compacto de Strawberry fields forever, he sabido de campos de batalla, magnéticos y santos, pero, por más que miro a los lados de la carretera cuando viajo en coche por tierras de murgaños, aún no he encontrado campos de amapolas blancas (p. 97).

miércoles, 27 de agosto de 2014

DESVENTURAS DE UNA FILIOJOYCEANA: FINNEGANS WAKE

MURALES DEL CENTRO JAMES JOYCE, DUBLÍN

Algunos días de agosto: Imbuida de Joyce y tras larga meditación decido embarcarme en la lectura de Finnegans Wake.


23 de agosto: contenta y feliz me dirijo a mi librería habitual a la busca del susodicho libro y de poemas de Joyce: Música de cámara o Poemas manzanas. R, mi librera, inicia la búsqueda con el ordenador y se le va descomponiendo el rostro:

--Hmmm, no, no encuentro nada. La última edición publicada en castellano (yo no soy capaz de leer una obra de Joyce en inglés) es de Lumen, del año 1993… y es imposible encontrarla.

Bueno, no te preocupes, lo buscaré en las librerías de segunda mano por internet. ¿Y sobre los poemas?

Nueva búsqueda y, sonriente, me dice:
--Tengo en la tienda un volumen de Poesía completa.

Bueno, no está mal, por lo menos consigo algunos de sus poemas y salgo con tres libros más (que ahora no viene a cuento comentar pero que son de novela negra, otra de mis pasiones).

FARMACIA EN LA QUE BLOOM COMPRA, EN EL CAPÍTULO 5 DE ULISES, EL JABÓN QUE SU MUJER LE ENCARGA. DUBLÍN

23 y 24 de agosto: hago una infructuosa búsqueda por internet en las librerías de segunda mano. Nada (algunos ejemplares en inglés nada más). Eso sí que me deja confundida, insisto en otras páginas y voy encontrando información que convierte mi búsqueda en desalentadora. Se trata de un libro muy complejo de traducir, las traducciones hechas son incompletas y desde 1993 ningún editor se ha embarcado en tal empresa. 
Busco en la red de bibliotecas populares de Cataluña que es a las que recurro siempre cuando busco algún libro. 
Nada. ¡¡¡NO PUEDE SER!!! 
Salgo de esta red de bibliotecas y sí, dos ejemplares, uno en la Biblioteca Nacional de Cataluña y el otro en el Ateneo Enciclopédico, ambos en Barcelona. En las dos instituciones hay que ser socia. No es problemático serlo, especialmente en la primera, pero me tengo que desplazar 45 Km para ello.


25, 26, 27 de agosto: me pongo en contacto con Marcelo Z para ver si en Argentina es más fácil encontrarlo. Nastis de plastics, igual de difícil. Parece que ha localizado un ejemplar a 100 €. Ufff!!
Me he puesto en contacto con un amigo librero del Mercado de San Antonio a ver si me guía en su búsqueda.

Y esta es mi triste y desventurada historia. La obra la voy a leer sí o sí. Prestada o comprada, la leeré, pero el asunto como veis no es nada fácil.

PUB DE DUBLÍN

Cuando empecé la lectura de James Joyce no sabía que iba a quedar prendada de este escritor, del que ahora mismo estoy leyendo la biografía de RICHARD ELLMANN, James Joyce. Una obra de 944 páginas, muy difícil de encontrar y que me ha prestado R., mi librera.

Pensé que las dificultades estaban relacionadas con su peculiar manera de escribir, nunca pensé que fuera difícil encontrar una de sus obras. Os contaré cómo resuelvo esta aventura.

viernes, 22 de agosto de 2014

AUDUR AVA ÓLAFSDÓTTIR, Rosa candida.


De nuevo un título me ha jugado una mala pasada. Adoro las rosas. Además iba acompañado de una libreta que es la que tengo en uso para apuntarme referencias de lecturas y a la que le tengo un gran cariño. Pero todos esos condimentos, y los muchos premios menores recibidos, no la han dotado del poder de cautivarme, ni siquiera de entretenerme salvo en algún pasaje de la novela.

La novela, que tiene 271 páginas, lleva ese título por el amor del protagonista por las rosas y, especialmente, por una rosa que cultivaba su madre, la rosa de ocho pétalos, que recordaba a una rara rosa blanca, la Rosa candida, aunque el color es diferente, de lo más infrecuente


La trama pretende ser la vida misma, un joven de 22 años se marcha de Islandia poco después de que se produjeran dos acontecimientos muy importantes en su vida: la muerte en accidente de su madre a la que estaba muy unido y ser padre de una niña por un encuentro accidental con la amiga de un amigo. 

Por influencia de la madre, el joven Arnljótur quiere dedicarse a la jardinería y entra en contacto con un monasterio en el que se encuentra el Majestuoso Jardin de las Rosas Celestiales que aparecía recogido en libros antiguos pero que había entrado en decadencia con el paso del tiempo. Su misión es reconstruirlo prácticamente todo. 
Me siento bien en el jardín, es agradable gozar la soledad entre los macizos de flores para reconocer los propios deseos y las propias aspiraciones; silencioso sobre la tierra, ni siquiera tengo que hablar el idioma (p. 135).
Cuando empieza el proceso de adaptación al pequeño pueblo con la ayuda de uno de los monjes, la madre de su hija de nueve meses, Flora Sol, le pide que se quede con la niña un mes para acabar unos estudios que estaba realizando para la realización de la tesina. El encuentro con su hija, cuidarla y la relación que establece con Anna, la madre, irán cambiando sus rutinas.

La historia es plana y con pretensiones de ser sutil y sencilla, me ha aburrido por su lentitud, lugares comunes y su escaso interés. El final es un desastre que culmina una obra hueca y que busca captar a las lectoras femeninas. Solo se salvan algunos pasajes relacionados con el jardín, su relación con un monje que se pasa de copas y es un empedernido cinéfilo y cierta ternura en la relación con su hija. Poca cosa desde mi punto de vista.

viernes, 15 de agosto de 2014

RAFI ZABOR, El oso llega a casa.

¿Volvería? Hasta ese momento no se había parado a pensar que tal vez no lo hiciese. El mundo sin una rosa. Tierra sin agua, espacio sin aire. Corazón sin corazón. Un oso sin motivos suficientes para hacer nada. Sé que el mero hecho de preguntar si un amor como el nuestro puede sobrevivir en este mundo es como invitar a que entre en la habitación una ráfaga de comicidad (p. 368). 



Una extraña novela que pese a sus 698 páginas no he podido dejar de leer hasta averiguar que pasaba con el Oso. Su título me ha parecido que quería decir cosas diferentes a lo largo de su lectura. Me quedo con que el oso llega a casa cuando se encuentra consigo mismo y eso lo hace cuando se pierde en el éxtasis de la música. He llegado a la novela por recomendación de Carlos.

Rafi Zabor nació en New York (1946) y alternó durante mucho tiempo sus tareas de crítico musical y sus actividades como batería de jazz. En 1997 publicó El oso llega a casa y al año siguiente obtuvo el prestigioso premio Faulkner que se concede a la mejor novela publicada cada año en los Estados Unidos. Lo que da prestigio al Faulkner (creado en 1980) es la composición del jurado, formado por novelistas: es un premio entre compañeros. 



Me costó aceptar que el protagonista de la novela era un oso de verdad, un oso parlante y humanizado. Una vez aceptada esta sorpresa, la novela me ha interesado por dos motivos: las reflexiones interiores que constantemente tiene el Oso y su dedicación al jazz, como saxo tenor. 

El Oso sabe que es una anomalía genética y que es difícil aceptarse a sí mismo y que los demás acepten a un Oso que admira, y toca, a los grandes del jazz o cita a Shakespeare. Un oso que ama y que tiene relaciones sexuales, acercándose al límite del rechazo social, que se pierde por el bosque o que se acerca a la muerte al decidir hibernar. El Oso tiene dos grandes amores, su amigo Jones y su amada Isis. Y muchos problemas para vivir su vida. 

Fue la última vez que el Oso intentó mostrarse irónico: la música se llevó toda ironía por delante, avivando el tempo, y el torrente de sus propias ideas lo arrojó a regiones imprevistas. Vio que la preciosa geometría de sus luces y partes vitales y la analizada firma de su ser intemporal eran borradas por las olas de una luz más intensa y que el barco reventaba, y mientras avanzaba a gran velocidad hacia los límites de su perfil trascendente, distinguió detalles (…) que se precipitaban hacia la aniquilación y el abrazo y que sus efímeras construcciones resultaban arrasadas (…) (p. 662). 

El autor se explaya, como nunca había leído, con lo que significa tocar jazz y con las mil maravillas que el Oso intenta desarrollar con su grupo inspirándose en las figuras que admira rendidamente (y que comparto): Sonny Rollins, John Coltrane, Lester Bowie, Ornette Coleman y, en especial, Charlie Parker, entre otros. 
Un autor apasionado por el jazz y que podemos añadir a la lista de otros escritores que aman esta música rebosante de libertad y de clubs nocturnos al más puro estilo noir, como Julio Cortázar (El perseguidor, Alrededor del día en ochenta mundos), Haruki Murakami (Tokio Blues) o Scott Fitzgerald (El Crack-up).

viernes, 8 de agosto de 2014

JAMES JOYCE, Dublineses

Tengo muchas razones para leer estos relatos pero solo explicaré la más obvia: después de leer Ulises puse en el punto de mira esta obra para ir avanzando en la lectura de su obra.



Se trata de quince relatos que, al estilo de retratos fotográficos, captan la vida palpitante de Dublin y de sus habitantes. Fueron publicados en 1914, ahora hace cien años, cuando se inició la Gran Guerra y en Irlanda el nacionalismo estaba en plena efervescencia (la declaración de independencia se produjo siete años después en 1921). No se trata de relatos largos, excepto el último, “Los muertos”, por ello son solo 276 páginas en total. Este fragmento pertenece precisamente al final de ese relato largo. 

Unos roces en el cristal le hicieron volverse hacia la ventana. Había comenzado de nuevo a nevar. Contempló somnoliento los copos, plateados y oscuros, cayendo oblicuamente contra la luz de la farola. Había llegado el momento de que emprendiera el viaje hacia el oeste. Sí, los periódicos tenían razón: nevaba de igual modo sobre toda Irlanda. La nieve caía sobre todos los lugares de la oscura llanura central, sobre las colinas sin árboles, caía dulcemente sobre el pantano de Allen y, más hacia el oeste, caía suavemente en las oscuras olas amotinadas del Shannon. (…) Yacía apelmazada en las cruces y lápidas torcidas, en las lanzas de la pequeña cancela, en los abrojos estériles. Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos. 

Al igual que en Ulises estos relatos están centrados en la clase media y baja irlandesa de principios del siglo XX. Con un tono, a veces burlón, siempre crítico, Joyce reproduce con claridad los vicios de los dublineses, en especial el de la bebida, pero también el catolicismo, el rancio y conservador nacionalismo, la parálisis cultural y social, la pobreza.



Me han gustado especialmente “Eveline” y su abandono de los planes de fuga con un marinero, “Un caso doloroso” y la constatación por parte del Sr Duffy de que dejó escapar el amor de su vida y, especialmente, “Los muertos” y las reflexiones sobre el sinsentido de la vida de Gabriel Conroy.

El orden de los relatos en Dublineses no es casual, por ese motivo se habla de que Joyce hace una “novela compuesta”. Cada historia aporta su fotografía al retrato colectivo implícito en el título: infancia, adolescencia, madurez y muerte. La “novela compuesta” avanza también desde el verano al invierno de “Los muertos”. No hay solo transformaciones en cuanto al tema sino también en cuanto a la forma: las historias protagonizadas por niños están narradas en primera persona y a partir de la adolescencia encontramos narradores en tercera persona. 

El brillo de un tardío crepúsculo otoñal se extendía sobre los paseos y las parcelas de hierba, lanzaba un benévolo polvo dorado sobre las desaliñadas niñeras y los decrépitos ancianos adormecidos en los bancos, aleteaba sobre todas las figuras animadas, sobre los niños que gritaban al correr por los caminos de grava y sobre cualquiera que atravesara los jardines. Contempló aquel panorama y pensó en la vida; y (como siempre que pensaba en la vida) se entristeció. Una dulce melancolía se apoderó de él.                                                               “Una pequeña nube” 

Una obra muy bien escrita en la que mezcla diversas técnicas con las que experimenta para transmitirnos la esencia de las cosas. Una obra compleja que se mueve más allá de lo aparente: las diversas edades del ser humano, la familia del escritor, la vida pública de Dublín, su lluvioso y brumoso clima, sus pubs… Joyce es capaz de indagar y captar las sensaciones de su entorno, buscar lo que hay más allá de lo que se percibe a simple vista, seguir su propio pensamiento, o el de sus personajes.

viernes, 1 de agosto de 2014

POSEER ES PERDER

ANTONIO MORA

Por arte se entiende todo lo que nos deleita sin ser nuestro -el rastro de unos pasos, la sonrisa que a alguien regalamos, el ocaso, el poema, el universo objetivo.

Poseer es perder. Sentir sin poseer es guardar, porque es extraerle a una cosa su esencia.

FERNANDO PESSOA, Libro del desasosiego, nº 270 (fragmento).

sábado, 26 de julio de 2014

ERIC AMBLER, La máscara de Dimitrios

Decía Graham Green que Ambler era el mejor escritor de novelas de intriga y espionaje. No soy capaz de saber si es el mejor pero sí que esta novela de 286 páginas es excelente. 
Las facciones de un hombre, la estructura ósea y los tejidos que la abren son resultado de un proceso biológico; pero cada uno se crea su propio rostro: es el reflejo de su actitud emocional, la actitud de sus deseos exigen verse satisfechos y que sus temores requieren para permanecer a cubierto de ojos inquisidores. Llevará ese rostro como si fuera una máscara demoníaca, un artificio necesario para despertar en los demás las emociones que habrán de complementar las suyas propias (p. 252). 
El título se explica en este párrafo, el rostro, según el narrador, servirá de pantalla tras la que poder esconder la desnudez de su mente



Eric Ambler nació y murió en Londres (1909-1998). Fue escritor, guionista y productor cinematográfico. La novela negra fue el género favorito del autor porque le permitía expresar sus ideas políticas. Pero Ambler, un inglés lleno de niebla, fue seducido por una ciudad oriental: Estambul, y algunas de sus novelas están ambientadas, en parte, en esta ciudad, como es el caso de La máscara de Dimitrios (1939). Su protagonista callejea por el barrio de Pera, el más europeo de Estambul, que mira al Cuerno de Oro


La trama de la novela es una auténtico thriller (hubo película, hecha en EUA, en 1944) cuya lectura nos va inquietando conforme vamos avanzando y se van desvelando algunas hábiles incógnitas. La novela empieza con un cadáver en Estambul y Charles Latimer, escritor de novela negra y protagonista de La máscara..., se lanza a la reconstrucción de las andanzas del muerto, un delincuente de la peor especie, Dimitrios Makropoulos. A partir de ahí se monta la trama en dos tiempos, el de los crímenes de Dimitrios en los años veinte y el del momento de las pesquisas, poco antes del estallido de la II Guerra Mundial. Nos sitúa en el periodo de entreguerras, un momento convulso y de grave crisis política, social y económica, y en la Europa de los Balcanes, aunque hay otros escenarios (París, Ginebra…). 


El thriller se verá influido por cuestiones éticas e incluso políticas. 
Dimitrios no era el mismo diablo. Sólo lógico y consistente; tan lógico y consistente, dentro de la jungla europea, como el gas venenoso llamado lewisite y los cuerpos destrozados de miles de criaturas muertas durante los bombardeos de una ciudad indefensa. La lógica de David de Miguel Ángel, de los cuartetos de Beethoven y de la física de Einstein había sido reemplazada por la del Anuario Comercial y del Mein Kampf, la obra de Hitler (p. 235). 
Los personajes están bien definidos, especialmente Charles Latimier que pretendía escribir una novela basada en la realidad y cuando llega a conocer dicha realidad concluye, con sentido del humor británico, que es mejor escribir una novela convencional con una ingenua intriga y un misterio artificial. Sin embargo para contradecir al personaje, aquí está La máscara de Dimitrios, un clásico de la novela negra que os absorberá.

miércoles, 23 de julio de 2014

CHARLIE HADEN


Desde que supe que este contrabajista de jazz había muerto el 11 de julio pasado, me rondaba cómo escribir sobre él desde mi conocimiento intuitivo del jazz, que tan difícil hace que pueda decir algo que tenga algún valor.

Como (casi) siempre la literatura ha venido a ayudarme de la mano de un oso sorprendente. Así que le dejo paso y lo acompaño con dos de las piezas que más veces he escuchado de Haden, At The Edge Of The World y  Moonlight. El contrabajo es uno de los instrumentos que más me gustan, en especial cuando no tiene acompañamiento y Haden puede buscar espacio para ir donde quiera.


Se sentía lo bastante cómodo como para fijarse en que Haden estaba tocando ciclos de pulsaciones divididos en series de tres con la fundamental afinada a la perfección y elevando las notas más altas infinitesimalmente hacia el sostenido para imprimir en los acordes un tono de búsqueda. Cuando hubo llegado al fondo del ciclo, liberó una de sus telúricas notas del fondo del contrabajo y la dobló con un impresionante movimiento de los dedos. La nota se arqueó de forma tan bella que devastó el corazón del Oso, que para entonces ya estaba prestando toda su atención, hasta el punto de que no acababa de creerse que fuera a tocar realmente con aquel tipo.
 

Todo el grupo se inclinó, escuchando, y un profundo silencio se apoderó de la estancia por si acaso se acababan las apariencias y el mundo del inmenso Significado, del cual procedía la música y hacia el cual ésta siempre apuntaba, tenía a bien aparecer a pesar de los pesares, bajaba el telón y vaciaba el escenario de todo engaño para llenarlo de verdad.
Estos fragmentos son de RAFI ZABOR, El oso llega a casa, novela en la que estoy ahora inmersa con profundo placer y de la que ya os daré cuenta cuando acabe de leerla.

viernes, 18 de julio de 2014

FERDINAND VON SCHIRACH, El caso Collini.

Esta novela de 151 páginas, con un anexo que la alarga hasta 154, transcurre, en sus primeras 96 páginas, narrando una historia aparentemente intrascendente en la que un joven, Caspar Leinen, afronta la defensa de su primer caso. Fabrizio Collini es el autor del crimen que le toca por turno de oficio a Leinen.





Cuando solo quedan 55 páginas, la historia cambia de rumbo y es imposible dejar de leerlas de un tirón para acabar absolutamente consternada y desolada. La concisión y desnudez de que hace gala el autor para revelar el trasfondo del crimen, y las trampas de la justicia alemana de postguerra, son estremecedoras.
Al principio las carpetas le resultaban ajenas, apenas había entendido lo que leía. Pero poco a poco todo fue cambiando. En la habitación grande, desnuda, el papel empezó a cobrar vida, todo quería apoderarse de él, y al acostarse soñaba con aquellas carpetas. Cuando regresó a Berlín, había adelgazado dos kilos. Llevó cajas de cartón llenas de fotocopias al bufete, se fue a su casa, echó las cortinas y se pasó el fin de semana metido en la cama. El lunes visitó a Collini en el centro penitenciario. Y cuando siete horas después salió de la prisión, ya sabía lo que tenía que hacer (p. 96). 
Imposible explicar tanto en menos de diez líneas y alertarnos de que las siguientes páginas desvelarán las razones por las que un obrero jubilado de la Mercedes-Benz, asesina a un anciano sin motivos aparentes. 




Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964), jurista alemán que se adentra en la ficción con esta novela publicada en el 2011, es nieto del líder de las Juventudes Hitlerianas, Baldur von Schirach (1907-1974), que se afilió con 18 años al Partido Nazi. Pronto se ganó la confianza de Hitler que lo nombró en 1929 jefe de la Unión Estudiantil Nacionalsocialista y llegó a ser, con 26 años, jefe de las Juventudes Hitlerianas, con el rango de Gruppenführer en las SA. Durante la II Guerra Mundial Hitler le nombró Gauleiter (líder de zona) de Viena. Fue detenido en 1945 y juzgado junto a otros oficiales nazis en los Juicios de Núremberg y condenado por cometer crímenes contra la paz y contra la humanidad. Fue confinado en Spandau durante veinte años. 

Llegué a esta novela por un programa de radio en el que se hablaba del pasado familiar del autor de El caso Collini. No debe ser fácil aceptar que un familiar próximo, un abuelo, ha sido una asesino nazi. Pese al interés que me despertó, no anoté el título de la novela, me quedó el nombre en la nebulosa (incapaz de recordarlo pero capaz de reconocerlo si oía hablar de él). Fue en el blog de Agnieszka donde leí una reseña sobre esta novela. Cuando sumé uno más uno, fue imposible no leerla. 

¿Qué temas trata la novela? La honradez dentro del mundo de la justicia (abogados, fiscales, jueces, condenados, representantes de los encausados, etc); la aprobación de leyes que entran en contradicción evidente con la defensa de los derechos humanos; la constatación de que la mayoría de los nazis que asesinaron en masa fueron personas que podemos catalogar de “normales”; el sufrimiento que las víctimas son capaces de soportar y la marca indeleble que queda de ello. Además hay otros muchos temas menores que también tienen relevancia en la novela. 

¿Es una novela redonda? No. Tiene defectos y no es menor el escaso interés que me ha generado la primera parte de la novela. Sin embargo parece que el autor prepara un trampolín, arduo y aburrido, pero necesario para despegar en las últimas páginas trepidantes. Me gusta su estilo conciso, claro, cortante y breve. No me extraña que su publicación haya provocado un incendiario debate y haya logrado un importante éxito en Alemania.

viernes, 11 de julio de 2014

MARCEL PROUST, Por la parte de Swann.

En busca del tiempo perdido, monumental obra estructurada en siete volúmenes, siempre me había tentado, pero su gran extensión me desanimaba. Tenía comprado el primer volumen, en otra edición que la que he leído, desde hacía años. Fue la propuesta de Marcelo Z del blog Libros en estéreo quién me llevo a reunir los ánimos para hacerlo. A mi vez se lo propuse a Carlos y los tres hemos iniciado esta aventura con este primer paso. Por la parte de Swann tiene 510 pág y su título responde al protagonismo que Charles Swann tiene en este primer volumen. 



Marcel Proust nació en París en 1871 y murió en la misma ciudad en 1922. Proust nació en una familia judía acomodada. Fue un niño muy protegido por su frágil salud, ya que padecía ataques de asma. 

De muy joven frecuentó salones y pudo conocer el ambiente burgués y aristocrático de estas formas de sociabilidad de la clase alta parisina, frecuentó también a literatos y artistas. Debido a los recursos económicos de su familia, pudo vivir sin trabajar y dedicarse a escribir, con poco éxito, hasta la publicación en 1913 (de hecho autopublicación) de Por la parte de Swann. La segunda parte, A la sombra de las muchachas en flor, obtuvo el premio Goncourt en 1919, poco después de acabada la Iª Guerra Mundial, y fue la consagración del exquisito estilo narrativo de Proust que dio continuidad a su proyecto novelístico, En busca del tiempo perdido. Murió en 1922 de una bronquitis mal curada y fue su hermano quien editó los manuscritos hasta que en 1927 publicó el séptimo, y último, El tiempo recobrado



El volumen está compuesto de tres partes (Combray, Un amor de Swann y Nombre de país: el nombre) que contienen temas y aspectos formales esenciales en la escritura de Proust, yo destacaré dos: la recuperación poética de lugares y anécdotas de la infancia y juventud del protagonista, Marcel; y la enunciación, a partir de anécdotas particulares vividas por los distintos personajes y por el protagonista, de elementos psicológicos de la naturaleza humana (el amor, los celos, la pérdida del ser amado, la subjetividad de la percepción individual, etc.). 
¿Llegaría hasta la superficie de mi clara conciencia aquel recuerdo, el instante antiguo que la atracción de un instante idéntico había venido desde tan lejos a excitar, conmover, despertar en lo más profundo de mi ser? P. 64 
Destaca el personaje de Charles Swann y su sufriente experiencia amorosa con Odette (¿o es ésta la que sufre como consecuencia de los celos del exquisito Charles?). A través de ese hecho, el amor, o su carencia, la obra progresa, a veces con monotonía por pecar de reiterativo, de forma circular hacia esa recuperación del tiempo (¿perdido?) de unos personajes errantes vistos a través de un «yo» narrador que aparece y desaparece. 
Al principio no sintió celos de la vida entera de Odette, sino solo de los momentos en que una circunstancia, tal vez mal interpretada, le había hecho suponer que Odette hubiese podido engañarlo. Sus celos, como un pulpo que lanza primero una amarra, luego otra y después una tercera, se aferraron sólidamente a aquel momento de las cinco de la tarde y después a otro y luego a otro, pero Swann no sabía inventar sus cuitas. No eran sino el recuerdo, la perpetuación, de un sufrimiento que le había llegado de fuera (p.342). 
Proust crea personajes muy diversos, ya hemos señalado a Swann, pero también construye personajes cómicos, como Mme. Verdurin y su grupo de afines, y a todos ellos nos los muestra con un ritmo lento que, a veces, te distancia de la obra pese a su prosa exquisita, lírica donde las haya. Su parsimonia a la hora de expresar las pasiones y la vida privada requiere de concentración y paciencia para leerlo. Pero si nos adaptamos a su ritmo encontraremos fragmentos perfectos y relatos sobre la condición humana letales y precisos como un estilete de filo hiperafilado. 


Leer a Proust no es difícil, nada comparable con leer a Joyce, pero si requiere de esa mencionada concentración. Si logramos entrar en el ritmo de su obra, las compensaciones serán inagotables. 

La opinión de Marcelo Z la podéis leer en el enlace a su blog y lo que destaca Carlos lo incluyo a continuación: 
Dije que al comienzo esta obra me parecía ñoña en exceso, porque entendía que era el retrato de una clase social, desde el punto de vista de un niño que como se descubre al final acaba creciendo, pero sin anticipar acontecimientos, las ti-itas del niño que se la traen, sobre todo aquella que obtuvo plaza permanente de residente en la cama, desde donde controlaba hasta el vuelo de las palomas. La cocinera que se sabe ama y resulta respondona. El retrato despectivo que hacen de la clase más baja cuando apenas los rozan con el texto. La presencia de Swann, que practica el deporte de asombrar modistillas y resulta ser un Don Juan de pacotilla, y casi fallece celos y comete un disparate, cuando se enfrenta a una mujer de verdad. Odette, maravilla de mujer que se sabe desenvolver y sacar partido en una sociedad de ociosos y diletantes. Me surge la duda de si en verdad Proust pertenecía a esa casta de pretenciosos. En la última parte, la tercera, se resuelve en parte la situación con un niño enamorado de verás, como sólo saben amar ellos, los infantes, y los dementes.
Una interesante lectura en buena compañía siempre proporciona satisfacciones.

sábado, 5 de julio de 2014

JEAN-LUC SEIGLE, Al envejecer, los hombres lloran.

Reconozco que una de las motivaciones para leer esta novela fue su título. No comprendo porqué se supone que los hombres no lloran y las mujeres tienen la lágrima floja. Que las mujeres expresen sus sentimientos a través de las lágrimas nunca ha sido censurado sino incentivado. Los discursos de género, que se han producido en este país a lo largo del tiempo, tienen algún elemento perenne como el hecho de que el mundo femenino es emotivo y emocional… y lacrimógeno. Yo no me he reprimido cuando he querido llorar, de joven y ahora de menos joven, incluso diría que lloro menos ahora que antes. Sin embargo, están mal vistas las lágrimas masculinas, son síntoma de falta de masculinidad. 


Al envejecer, los hombres lloran. Era cierto. Quizá llorasen todo lo que no habían llorado en su vida; era el castigo de los hombres duros (p. 29). 

Leí la reseña en el blog de blasfuemia (mi último blog recomendado) y decidí que quería darle una oportunidad a esta novela de 237 pág. 

Jean-Luc Seigle es novelista, dramaturgo y guionista; autor de tres novelas, Al envejecer, los hombres lloran es su última novela publicada en 2012. 



La novela transcurre en una pequeña localidad francesa (Assys) a lo largo de un solo día del año 1961 (no sé qué ocurre pero este año he leído varias novelas con esta característica común: Ulises, La señora Dalloway y esta que comento). Hay diversos aspectos que trata el autor: la lucha entre lo moderno y lo tradicional, las tragedias cotidianas, las guerras y sus secuelas (la Iª y la IIª Guerra Mundial y la guerra de Argelia), el amor filial y de pareja y la importancia de la literatura como la mejor manera de traducirse en palabras.

Guilles, tal vez un día, con toda tu literatura, sepas poner palabras a todo este desasosiego. Yo no soy capaz (…) Las palabras están encerradas en su cabeza y sólo muy raramente lograban deslizarse hasta su boca. Esta noche, manaban abundantemente por sus ojos. Nunca había deseado tanto llorar como esta noche, porque no eran lágrimas de tristeza, ni de alegría, sino sólo la expresión de algo que le era desconocido, de una increíble pureza que lo lavaba todo (págs. 184-185). 
Albert Chassaing, el padre, lleva el peso de la narración. Es un nostálgico resistente de los viejos tiempos que dejó el campo para trabajar como obrero en la cercana Ciudad Michelin. Cuando se levanta la mañana del día en el que transcurrirá la novela, derrama unas lágrimas que le sorprenden a él mismo. A partir de ese momento el día avanza para Albert en una línea de desilusión existencial que desencadena la tragedia. Solo su hijo de diez años, Gilles, un lector entusiasta, le ancla a la vida y le inspira afecto. La literatura y el afecto parecen las únicas claves para seguir adelante, quien las tiene subsiste, quien no, naufraga en la confusión y en la crisis.

Los personajes son desiguales, mientras Albert y Gilles (añadiría el maestro jubilado de París que se instala providencialmente en el pueblo y la madre de Albert) están bien construidos y la empatía surge de forma espontánea. Suzanne y el resto de personajes parecen marionetas de lo moderno: la TV, la formica, la parcelación, los adosados, etc. Pese a que sabemos que lo moderno se impone sobre lo tradicional, el autor nos intenta conducir hacia la ética del mundo tradicional al que solo parece faltarle la literatura. 
Descubrió que la felicidad no era ese estado de beatitud que se había imaginado, la felicidad era un presagio, el presagio del bien, como la infelicidad era el presagio del mal. Era exactamente una promesa (p. 178). 

Un mensaje excesivamente claro que no deja espacio al misterio, predecible en ocasiones, y con algunos lugares comunes (especialmente el adulterio entre Suzanne y el cartero), sin embargo, logra construir, a través de ese obrero de Michelín, un ser humano de una autenticidad conmovedora.

sábado, 28 de junio de 2014

FRANCISCO UMBRAL, Mortal y rosa.

Esta obra de Umbral ha sido una gran sorpresa. Ese señor malcarado, ceñudo y de apariencia prepotente que no gustaba nada a la “movida madrileña”, ni al rodillo socialista de los años ochenta, y que fue quedando tan postergado que ni siquiera recordaba cuando había muerto. Nunca hubiera decidido leer algo suyo si no hubiera sido por la “encarecida” recomendación,  en junio del año pasado, de Yossi Barzilai.

Pero me ha costado casi un año decidirme a su lectura, las barreras de ese “umbral” antipático debían haber calado tan hondo que no había manera de sentirme atraída por él. Varias veces lo tuve en la mano y otras tantas lo volví a dejar. No me decidía a iniciar su lectura y, la verdad, solo leo por placer. Y no entendáis placer en el sentido habitual de alegría o sensación agradable, no, no siempre la lectura me procura esa sensación, aunque solo considero que una lectura ha valido la pena cuando me produce satisfacción la dedicación a ella. Porqué ¿qué es el libro? Y vamos ya con Umbral:
El libro es sólo el pentagrama del aria que ha de cantar el lector. En el libro no hay nada. Todo lo pongo yo. Leer es crear. Lo activo, lo creativo, es leer, no escribir. De esos signos, de esa tipografía hormigueante y seca, mi imaginación levanta un mundo, un bosque, una idea, y continuamente salen volando pájaros de entre las páginas del libro (p. 109).

Mortal y rosa (1975) tiene 188 páginas, yo he leído la octava edición de 2008 con una Introducción de Miguel García Posada y un pequeño Apéndice del propio Umbral, en total 242 páginas.

Francisco Umbral (1932-2007) poeta, novelista, periodista y ensayista, fue tardíamente escolarizado por lo que se puede considerar casi una autodidacta. Inició su carrera periodística en 1958 en el periódico El Norte de Castilla, fue promocionado por Miguel Delibes que percibió su talento para la escritura. Desde entonces Umbral forjó una carrera de éxito como escritor y periodista.
Su estilo, que se percibe muy bien en esta obra, es de un gran lirismo, de hecho podríamos decir que es prosa poética, utilizando muchas metáforas no siempre fáciles de interpretar, acostumbra a utilizar neologismo e intercala versos, títulos u otras referencias de sus escritores favoritos. Su vocabulario es rico, diverso y, en muchos momentos, deslumbrante.


El olor de un libro, el olor de cada libro, ese enjambre de abejas tipográficas que nos marea y nos fascina cuando hundimos en él la nariz (p. 99).
Mortal y rosa es un monólogo del escritor en el que reflexiona sobre aspectos diversos, especialmente dialoga con su hijo que nació en 1968 y  falleció a los seis años de leucemia. Por momentos parece un ensayo porque no hay trama más allá de que se trata de un diálogo con el hijo, un diálogo de amor, y de pena arrebatada cuando muere. Alrededor de ese drama (un niño enfermo es una blasfemia que profiere la vida), del que apenas cuenta nada concreto, Umbral va cavilando, divagando sin orden ni concierto o con un orden que solo él sería capaz de explicar. Aunque estamos a principios de los años 70, en plena descomposición del franquismo, apenas hay referencias al momento, centrándose en la introspección que hace el autor de su manera de ver la vida marcada por esa muerte terrible.
Me llevo al niño, dolorido y lánguido, lejos del gran absurdo organizado, a nuestro pequeño rincón de sinrazones, al cubil de la ternura. Viene aterido de miedo, perplejo de frío, y empieza a poner orden –su orden cálido y anárquico- en las cosas (p. 143).
¿Qué me ha sorprendido positivamente de la lectura de esta obra? 
En primer lugar la forma tan sincera de expresar el amor tierno y entregado de Umbral hacia su hijo: Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. No es habitual encontrar a un intelectual, hombre, que descubra su corazón de una forma tan abierta y nítida. Me ha sorprendido mucho su prosa, su rico vocabulario, sus imágenes y sus reflexiones sobre la vida, sobre la historia, sobre la escritura, sobre las relaciones humanas, sobre la explotación de los trabajadores/as, etc. Tengo montones de hojas con señales de fragmentos que me gustan por motivos muy diversos... y es que como él… 
Hilvano el mundo con los ojos.Ojos que imaginan cuando leen, que ven lo que crean con su lectura, que ven incluso lo no visible y le dan precisión plástica a los conceptos, a los pensamientos leídos. Los ojos pastan en el libro y a veces, al cerrar el libro, los ojos se quedan dentro, como hojas frescas, y ando ciego por la vida, sin ojos, sin ver el mundo, porque los ojos siguen mirando lo que han leído, se han enterrado en letra impresa. Luego, cuando soy dueño de mis ojos, miro con ellos el mundo, y los paisajes vienen a los ojos en remolino (p. 93).
En el final del libro, Umbral, desolado, se deja llevar por la desesperanza y dialoga caóticamente con su hijo muerto:
La vida se ha quedado hueca de tiempo, el tiempo se ha quedado hueco de días. El tiempo lo creamos nosotros viviendo, esperando, avanzando. Si uno dimite de la vida, el tiempo ya no existe. El tiempo es nuestra impaciencia. Sin impaciencia, las esferas se paran y el mundo descubre su inanidad de chisme inútil, de trasto viejo, de cosa caída (p. 215).
Leer Mortal y rosa es pastar en la vida, beber de la vida y, por ello, sentir el dolor más crudo, el dolor interior, sin aspavientos, sin alharacas.


miércoles, 25 de junio de 2014

MARCEL PROUST, Por la parte de Swann.


Cuando pensé en qué fragmento elegiría para hacer esta incitación a la lectura que estamos realizando Marcelo Z, Carlos y yo, enseguida me vino a la mente la magdalena de Proust.

Ya conocía ese fragmento, sin haber leído la obra, porque ha pasado a denominar el proceso de evocar momentos del pasado a partir de un objeto, acto, sabor, color u olor desencadenantes del recuerdo.

Pese a que, en las noventa páginas que llevo leídas cuando redacto este texto, ya he llegado al famoso fragmento, decidí descartarlo en favor de la bella evocación de un refugio bajo los tejados…



(…) subía a sollozar al punto más alto de la casa, junto a la sala de estudio, bajo los tejados, a un cuartito que olía a iris y perfumaba también un grosellero silvestre, crecido fuera, entre las piedras de la muralla, y una de cuyas ramas en flor entraba por la ventana entreabierta. Aquel cuarto, destinado a un uso más especial y vulgar y desde el que, durante el día, se llegaba con la vista hasta el torreón  de Roussainville-le-Pin, me sirvió durante mucho tiempo de refugio –seguramente porque era el único que me permitían cerrar con llave- para todas mis ocupaciones que reclamaban una soledad inviolable: la lectura, la ensoñación, las lágrimas y la voluptuosidad.
Cualquier comentario de quienes lo habéis leído, de quienes sabéis de la magdalena o de quienes nos hemos apuntado a leerlo (estáis a tiempo de uniros a una lectura que no tiene tiempos, ni plazos), será bienvenida.