viernes, 12 de febrero de 2016

MARCELINE LORIDAN-IVENS, HERTA MÜLLER, LÁSZLO NEMES: LITERATURA Y CINE PARA EXPRESAR LO VIVIDO CON INTENSIDAD.


La historia escondida tras el libro de Marceline Loridan-Ivens

Recomendaba a unos compañeros/as de trabajo, la película El hijo de Saúl y les explicaba cómo en un momento determinado tuve que apartar la vista de la pantalla y lloré con rabia y angustia. Una reacción que me ha ocurrido en los dos campos de concentración que he conocido: Schausenhansen y Auschwitz. Uno de los compañeros me preguntó si había leído este libro, y al reponder que no, me lo ofreció para que pudiera leerlo. 
Una sorpresa me esperaba con su lectura, una escena de la película estaba en el libro. Saúl formaba parte de los Sonderkommandos, eran judíos que cada día recogían los cuerpos gaseados, las “piezas” como los denominaban los alemanes, y los arrojaban a los hornos crematorios. En Y tú no regresaste, se relata la sublevación de estos Sonderkommandos que, sin armas negadas por la resistencia interna de Auschwitz, utilizaron la pólvora que les habían dado los judíos de la fábrica de armas para hacer saltar el crematorio, hacer saltar su vergüenza. Todos fueron capturados y liquidados.


Y el libro que le sucedió al de Loridan-Ivens fue el de Herta Müller, En la trampa. Tres ensayos. Este breve libro recoge tres interesantes conferencias sobre las condiciones existenciales de la escritura. Cada conferencia gira alrededor de tres escritores/as que le sirven para hacer patentes los vínculos entre texto y vida: Theodor Kramer, Ruth Klüger e Inge Müller. En él encontré claves para entender mejor el testimonio de Loridan-Ivens, pilar sobre el que gira esta reseña coral. 


El libro de Loridan-Ivens, ¿es un testimonio más del viaje al infierno?

Nunca podré aplicar el término “un testimonio más” o manifestar aburrimiento o cansancio por leer “un testimonio más”. Soy de la opinión que deberíamos leer muchos testimonios sobre lo ocurrido en el Holocausto, solo para acercarnos un milímetro a lo ocurrido y para empatizar con los millones de asesinados/as en una matanza que no tiene igual en la historia de la humanidad. Menciona la autora una réplica en la película Welcome in Viena cuando uno de los personajes dice respecto al Holocausto:
Nunca nos perdonarán el mal que nos hicieron
No puedo estar más de acuerdo con esta afirmación, no tenemos valor para asimilar lo ocurrido y pretendemos apartarlo de nuestras vidas, hastiados por pensar que nos hemos asomado al agujero negro, al abismo.


Como dice Herta Müller en su lúcido, y breve, En la trampa. Tres ensayos, hay textos que convierten lo vivido en carne propia a través de la intensidad (pag. 12 de este libro de Müller):
Es el propio texto el que consigue que a través del detalle de los sentidos, sea posible imaginar siquiera cuanto sucedió. El texto sitúa la mirada personal, los sentimientos individuales, por encima de la historiografía al uso, en tanto que con ella se impide la identificación con la desgracia individual.
Se trata, por tanto, de un testimonio lleno de valentía, coraje y emoción. Sin embargo, se compara con el de Primo Levi (y otros autores supervivientes que no he leído) y no puedo estar de acuerdo, es muy difícil superar Si esto es un hombre.

El relato

Se trata de un relato real, de una “novela sin ficción”. El testimonio se convierte en obra literaria, pero no es mera literatura, entendida en su sentido más habitual, dice Herta Müller, de “trabajo con el lenguaje”. Es más que eso porque al mismo tiempo constituye una prueba de la integridad personal de quienes escriben. Se constituyen en un modelo humano. 
La autora ha esperado mucho, a los ochenta y seis años, para escribir una carta a su padre con el que fue deportada desde Francia a Auschwitz-Birkenau y que nunca regresó. El relato es estremecedor, nos lo relata una anciana que recuerda a la adolescente deportada con 15 años al infierno. Pasados setenta años aún recuerda las imágenes, los olores y la violencia de las emociones (42) vividas en Birkenau.

MARCELINE LORIDAN-IVENS

Nos cuenta al oído cómo intentó quitarse la vida en dos ocasiones tras luchar por su vida en el Lager, cómo percibía el mundo al regresar del infierno como una luz cegadora después de meses en la oscuridad. Relata la incomprensión de quienes no habían vivido la deportación y querían que todo fuera como antes, querían arrancarme los recuerdos, se tomaban por lógicos, a tono con el tiempo que pasa y la rueda que gira… (61). Nada podía ser igual para las víctimas, su vida rota, sus familias diezmadas, distanciadas y rotas, los colaboracionistas tratando de olvidar y ocultando lo sucedido para exculparse, un camino difícil que muchos supervivientes no pudieron soportar recurriendo al suicidio.

Cada párrafo contiene un aliento de vida, un soplo de valentía, un rastro de verdad, emociones que conmueven, hechos que horrorizan pero que es necesario conocer a fondo para saber reconocerlos si vuelven a emerger. No fue resultado de ninguna locura, ni de minorías, tras lo sucedido hay proyectos políticos, no solo el nazi sino muchos otros, perfectamente elaborados por personas cultas  (abogados, economistas, filósofos, políticos de diversas ideologías). Os recomiendo al respecto la lectura del historiador Timothy Snyder, Tierra Negra.

La autora no rehúye la reflexión, procuró adaptarse a la realidad pensando y confiando en que se podía cambiar el mundo, resulta interesante este camino elegido junto con su segundo marido. El atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York pinchó el globo de sus ilusiones y… no sé si el horror despertó al horror, pero a partir de ese día sentí cuánto me importaba ser judía (90).

Un párrafo destacado sobre el siglo XXI…
El mundo es un mosaico horrendo de comunidades y religiones empujadas a los extremos. Y cuanto más se acalora, más avanza el oscurantismo y más apunta hacia nosotros, los judíos. Ahora sé que el antisemitismo es un elemento permanente, cuyas olas llegan con las tormentas del mundo, con las palabras, los monstruos y los medios de cada época (89).
Una recomendación…

Mejor, cuatro, ved la película húngara, leed este relato, Tierra Negra y las conferencias de Müller. Necesitamos ser conscientes de la semilla que tan fácil germinó para saber si de nuevo está creciendo. Esa semilla está en el ser humano.

sábado, 6 de febrero de 2016

RICARDO PIGLIA, Respiración artificial.

Si no recuerdo mal, la tentación para la lectura de esta novela vino de la mano de Marcelo Z. Me explicó que reflexionaba sobre la Historia.

¿Es una novela histórica? ¿O un ensayo sobre la Historia?

Ni una cosa ni la otra, pero algo hay de ambos aspectos. Y es que Piglia estudió Historia en la Universidad Nacional de la Plata.
En la novela se relata la historia de varias generaciones de una familia entre 1850, poco más de treinta años después de la independencia de Argentina, y 1979, dos años después del golpe militar que instauro una dictadura en el país. El trasfondo histórico  tiene una gran relevancia en el relato.
También encontramos jugosas reflexiones sobre la Historia:
No hay lucidez ahí, decía el profesor; no hay otra manera de ser lúcido que pensar desde la historia. (…) ¿Cómo podríamos soportar el presente, el horror del presente, me dijo la última noche el profesor, si no supiéramos que se trata de un presente histórico? Quiero decir, me dijo esa noche, porque vemos cómo va a ser y en qué se va a convertir podemos soportar el presente (187-188).
Me parece una novela bastante inclasificable, tiene aspectos históricos, literarios, filosóficos y entremezcla realidad y ficción con  facilidad. El hecho de que Piglia sea crítico, ensayista y profesor, explican su conocimiento extenso sobre los temas que aparecen en esta obra.


Había leído que Ricardo Piglia tenía un estilo muy peculiar
Yo estoy matando el tiempo con el viejo Troy, justo en la esquina, está diciendo un tipo parado frente al mostrador del bar. Estoy ahí lo más choto, acá González no me va a dejar mentir, estoy ahí, el viejo Troy, Gonzalito, ¿eh?, estamos los tres; me dice Troy, el viejo Troy va y me dice, che Cholo, me dijo, juná quien viene. Yo estoy un supongamos, parado ahí, como si ésta fuera propiamente la esquina, este vaso soy yo, aquí el viejo Troy, ¿eh Gonzalito? Correcto, dice Gonzalito (148).
Así empieza un fragmento entre la página 148 y 150 que resulta delirante y bastante incomprensible, tanto por las numerosas palabras del habla argentina, ¿qué significa por ejemplo empilchado?, como por la manera de narrar la escena. Intercala lo popular con lo culto con facilidad y eso me ha resultado interesante y llamativo.
Otro ejemplo, en este caso para un desdoble multipersonal:
Y sin embargo, dijo Tardewski que le había dicho Marconi, algunas de esas cartas son tan extraordinarias que puedo decir, me decía, dice Tardewski, que allí se encuentra no solo la materia única, sino la inspiración más profunda de toda mi poesía (159).
Su estilo llama la atención pero no entorpece ni hace excesivamente difícil su lectura.


La novela

Está formada por dos partes que dividen la novela, de 218 páginas, casi por la mitad. La primera parte se titula “Si yo mismo fuera el invierno sombrío”, que  es el nombre de un cuadro de Frans Hals (1580-1966). He encontrado una web que le da vueltas al título por si a alguien le interesa el asunto.
Esta primera parte está dividida en cuatro partes (la cuarta tan breve como que es una fecha de 1850 y esta frase: Escribo la primera carta del provenir) que recogen la saga familiar y la correspondencia entre Marcelo Maggi Pophan y su sobrino, el alter ego del autor, Emilio Renzi. En esta parte se hace una aproximación, no solo familiar sino social, a la historia de Argentina durante unos ciento treinta años.
La segunda parte, titulada “Descartes”, la que más me ha gustado a mí, arranca con la llegada de Emilio a Concordia, lugar de frontera dónde vive su tío Marcelo. Ante la ausencia del tío, entabla una conversación con el polaco Vladimir Tardewski que ha sido depositario de las carpetas del libro que escribe Marcelo. Junto con Tardewski, aparecen otros conocidos de su tío, el Conde de Tokray y Bartolomé Marconi. Con todos ellos se produce un interesante y etílico diálogo sobre crítica literaria, filosofía, el mundo académico y diversos escritores como Korzeniowski, Joyce, Arlt, Kafka y otros.
La narración de estas partes de la novela, especialmente la segunda, adopta un formato detectivesco, puesto que se incentiva el interés por descubrir algunos secretos o hallazgos importantes, el más asombroso el de Tardewski, que no desvelaré aquí pero que tiene que ver con Descartes y Hitler (y uno de los escritores mencionados). Y es que Piglia, como Borges, utiliza la literatura apócrifa y textos de autores inventados en los que supuestos personajes históricos sostienen encuentros sorprendentes. Además los temas de detectives le apasionaron a Piglia desde temprana edad, entre sus autores predilectos estaban Dashiel Hammett y William Faulkner.

He encontrado demasiados párrafos que podría destacar como favoritos, dada la admiración que tengo por James Joyce y aunque el primer fragmento lo cuestiona…

Por eso yo, dijo Tardewski, no comparto su entusiasmo por James Joyce. ¿Cómo puede usted pretender compararlos?, dijo. Joyce, (…), es demasiado, ¿cómo decirle?, demasiado trabajosamente virtuoso. Un malabarista, dijo. Alguien que hace juegos de manos. Kafka, en cambio, es el equilibrista que camina en el aire, sin red, y arriesga la vida tratando de mantener el equilibrio, moviendo un pie y después muy lentamente el otro pie, sobre el alambre tenso de su lenguaje (213).
Y…
Le importaba un carajo el mundo, dice Renzi. A Joyce. Le importaba un carajo del mundo y de sus alrededores. Y en el fondo tenía razón (147).
Me he dejado muchos aspectos interesantes sobre esta magnífica novela, pero no puedo acabar sin hacer referencia a algo relevante: Piglia escribe Respiración artificial en 1980 en plena dictadura militar, esta obra, que quizás por eso lleva ese título, muestra su resistencia intelectual contra lo indecible, lo innombrable, la ignominia de la más cruel dictadura argentina, derrocada tres años después.
La historia es el único lugar donde consigo aliviarme de esta pesadilla de la que trato de despertar (19).


lunes, 1 de febrero de 2016

EMMANUEL CARRÈRE, Limónov.


U-topía trasatlántica

Una reseña de Marcelo Z sobre una novela de este autor, Una semana en la nieve, me recordó que tenía Limónov y así se lo dije en mi comentario. Marcelo me dijo que también la tenía y que me proponía un Estéreo Transatlántico, o lo que es lo mismo, una lectura conjunta. A partir de ahí solo fue preciso encontrar el momento y llegó a mediados de enero. Me gusta compartir lecturas porque ir compartiendo impresiones, formas de interpretarla y, si es el caso, emociones, enriquece la experiencia lectora. Nunca he formado parte de ningún grupo de lectura y, de momento, no me atrae, pero estas “conjuntas” propician una lectura a cuatro ojos que resulta muy placentera. Se trata, sí, de una “conjunta transatlántica”,  hay un océano entre Marcelo Z y yo, pero queda reducido a un clic de ratón.


¿Quién es Limónov?

Antes de empezar a leer la obra de Carrère fue la primera pregunta que me hice observando su fotografía en la portada del libro. Entré en Internet y la wiki me dejó datos diversos sobre un personaje real de 73 años con una imagen mucho más juvenil que lo que indicaba su edad.
Los datos sobre su actividad política con el Partido Nacional Bolchevique fundado por él, y su ideología pardo-roja, me hicieron arrugar la nariz. La descripción que de él hace Carrère en los años 80 en París, me provocó curiosidad:
(…) un tipo sexy, astuto, divertido, que tenía a la vez el aire de un marino de juerga y de estrella de rock (16).
Un rebelde inadaptado en el sentido profundo de la palabra, una persona que se enfrenta o no reconoce a la autoridad,  una persona que es difícil de manejar o dominar. Y esto al margen de su inclasificable ideología que me parece un extraño revoltijo de ideas. Su pretensión de ser un héroe desde muy joven, de vivir aventuras, de no adaptarse a una vida normalizada, contribuye a dicha imagen de rebeldía primitiva.

¿Se trata de una novela o son hechos reales?

Una cosa y la otra. Es una “novela sin ficción”, algo que parece estar de moda ahora mismo. El impostor de Cercas o El fin del Homo sovieticus de Aleksiévitch, con estilos diferentes, entrarían en el mismo género por denominarlo de alguna manera. Los personajes son reales, lo que explican y lo que investiga el autor/a también y quienes lo escriben se introducen en la obra, involucrándose y huyendo del papel de narradores ajenos a los hechos. Incluyen sus propias reflexiones, experiencias y vidas porque lo que intentan construir con sus obras es una visión del ser humano en determinadas circunstancias y ellos/as forman parte de la humanidad y, por tanto, no son ajenos a esa visión.
El relato real nos permite conocer el trasfondo histórico y eso es algo que me interesa siempre. En el caso de Limónov abarca un periodo amplio de la vida de la URSS/Rusia, de 1943 a 2009, con otros escenarios como Nueva York, París y Serbia.


El relato

Está estructurado en nueve capítulos que abarcan todos los escenarios en  los que se mueve su vida en orden cronológico. Empieza en Ucrania (1943-1967), donde se relata su niñez, adolescencia y primeros años de juventud en una familia con una madre propensa al castigo y un padre chequista de poco relieve. Sus experiencias callejeras, rodeado de pequeños delincuentes, la decepción respecto a su padre y la violencia, sientan las bases de su deseo de ser diferente, de su afán de protagonismo y de su faceta de artista para convertirse en poeta.

Me sobresaltó en este capítulo que, como su mediocre familia (son sus propias palabras para calificarla) no sufre las convulsiones del país, pensaba que al fin y al cabo si detenían a gente debía de haber motivos (81). Una percepción muy propia de los sistemas totalitarios y de la soledad de quienes disienten.

El relato concluye en Moscú, ciudad a la que regresa en 1989, en la era Gorbachov, pero que abandonará en momentos diversos para trasladarse a Serbia, París, y Altái. El último capítulo transcurre en dos cárceles (Lefórtovo y Sarátov) y un campo de trabajo (Engels) entre 2001 y 2003.

Hay diversos aspectos de interés, en lo referente a su vida privada, siempre cuestionó los estereotipos tradicionales, especialmente en su estancia en Nueva York (1975-1980). Una relación de pareja compleja con Elena, su gran amor, una deriva hacia la homosexualidad que tenía más de provocación que de asumir una posible bisexualidad, su vida como mendigo o como criado de un rico (Steven Grey). Sin llegar a los extremos de la aventura norteamericana, su vida privada siempre está sujeta a los azares de su carrera literaria y política. Resulta interesante también la construcción de su propuesta política que ha tenido difícil encaje en una Rusia convulsa (desaparición de la URSS, entrada en un capitalismo salvaje, las mafias, la privatización de los grandes recursos produciendo enormes fortunas, la falta de democracia del nuevo sistema que se refleja en asesinatos políticos como el de Politkóvskaia, etc)  y que acabó con Limónov en la cárcel.

El relato se inicia con un Prólogo (2006-2007) y se cierra, como si se tratara de un círculo, con un Epílogo (2009).

¿Y qué más?

Mucho más que haría interminable esta reseña: el contraste entre la literatura oficial y la literatura underground durante la etapa comunista; la presencia de la disidencia, y especialmente de Solzhenitsyn; la práctica del zapói, borracheras que duran días seguidos y que practicaban incluso los dirigentes; la emigración de rusos/as a EUA; el fascismo; numerosos nombres de escritores/as que son propuestas a indagar; la guerra de la antigua Yugoslavia; Rumanía y las mentes sutiles; verdugos y víctimas; los perdedores de la transición al capitalismo actual; y tantos otros temas que van surgiendo al socaire de la vida de Limónov.

Un párrafo…
El mercado ha sustituido a la dictadura del proletariado como horizonte del porvenir radiante, pero el refrán constriñe por igual a los artífices de la “terapia de choque” y a los que están lo bastante cerca del poder  para llevarse su parte de la tortilla (…). Se ve desfilar por Moscú a procesiones heterogéneas de jubilados reducidos a la mendicidad, militares que ya no cobran su salario, nacionalistas enloquecidos por la liquidación del imperio, comunistas que lloran la época de la igualdad en la pobreza, personas desorientadas porque ya no comprenden nada de la historia: ¿cómo saber, en efecto, dónde está el bien y el mal, quiénes son los héroes y quiénes los traidores, cuando todos los años se sigue celebrando la fiesta de la revolución y al mismo tiempo se repite que aquella revolución fue a la vez un crimen y una catástrofe? (279)
Y no puedo resistirme a este otro que se refiere a la guerra en la antigua Yugoslavia
Es una regla siniestra, pero rara vez desmentida, que se intercambian los papeles entre verdugos y víctimas. Hay que adaptarse deprisa, y no asquearse con facilidad, para mantenerse al lado de las segundas (256).
Un relato lleno de sugerencias, ágil y fluido, como dice Marcelo Z (enlazo con su blog para que podáis leer su reseña), lleno de aventuras y reflexiones, a veces provocadoras, que no te dejan indiferente.


viernes, 22 de enero de 2016

LYDIE SALVAYRE, No llorar.

Me dejé llevar por la recomendación de un amigo en el que confío por sus lecturas de contenido social y político, pero que nunca me había recomendado una novela. Cuando vi de qué iba la novela pensé:

¿Una nueva novela sobre la guerra civil española?

Sí, es una novela sobre la guerra civil, en especial el verano de 1936. Sin embargo la perspectiva me parece, por muchos motivos,  original puesto que la autora misma, como narradora en primera persona, reconoce que no había sentido nunca el deseo de revolcarme (literariamente) en las remembranzas maternas de la guerra civil…, pero que se dio cuenta que, de alguna manera, había llegado el momento de plantearme ese paréntesis libertario que concibe también como paréntesis literario que no tuvo equivalente en Europa. Ese paréntesis fue durante mucho tiempo ignorado, dice la autora, ocultado por intelectuales españoles y franceses, por el presidente Azaña, que negándola esperaba recibir el apoyo de las democracias occidentales. Negada también por Franco que redujo la guerra civil a un enfrentamiento entre la España católica y el comunismo ateo (81).


Sí, la autora habla de esa revolución inspirada en el anarquismo, única en el mundo, que despertó en muchas personas que vivían de su trabajo, como Montse (la madre de la autora), una pura fascinación. Esa fascinación incluyó a escritores como Simone Weil, Gaston Leval, Albert Camus o George Orwell que vinieron a España a involucrarse en la posibilidad de una revolución libertaria. Orwell recogió esas ilusiones y ese compromiso en su excelente Homenaje a Cataluña, en la que describe el bullicio anarquista que se vivía en Barcelona y la borrachera de libertad de los primeros meses de la guerra civil, justamente de los que habla la autora en No llorar. Simone Weil manifestó su simpatía hacia Georges Bernanos, con un gran protagonismo en esta novela, porque el autor, en las antípodas de sus ideas, había sabido sumergirse en la atmósfera de la guerra civil y supo resistirse a ella.

La autora y más originalidades

La autora Lydie Arjona, nacida en Francia en 1948, de padre y madre españoles, exiliados por ser de izquierdas en el país vecino, escribe una obra en frañol, un híbrido de francés y español que es lo que hablaba su madre y tantos otras personas exiliadas en el sur de Francia, una lengua llena de incorrecciones, barbarismos, neologismos y confusiones, además de muchas palabras en español (que en el libro se señalan en negrita puesto que son palabras que aparecían en español en el original). Tantas palabras en español no gustaron al presidente del jurado del premio Goncourt, el crítico literario Bernard Pivot, que pese a ello la consideró como una novela de calidad y escritura muy original. La autora logró el premio en 2014.


La novela tiene varias voces narradoras: la voz principal, Montse, que recuerda ya con 90 años su verano glorioso del 36 en 2011, la de la autora, y la de Georges Bernanos. Lydie Salvayre orquesta, con ironía y emoción tierna hacia su madre, una gran diversidad de registros, una especie de polifonía entre lo vulgar y lo sublime que son el resultado de su doble cultura. Destaca, en este sentido, la incorporación en el relato de información sobre el trasfondo histórico, por ejemplo, “La pequeña lección de depuración nacional” (75-81), que repasa los discursos de la práctica de la depuración, los delatores, los comités, los métodos, las fases, el refinamiento y el perfeccionamiento de la depuración.

La novela

La autora enfrenta la historia de Montse, que vivió la revolución libertaria los primeros días de la guerra civil, con la del escritor Georges Bernanos, monárquico, de derechas y católico que estaba en Mallorca el verano del 36. Por sus ideas apoyó al bando insurrecto, incluso su hijo entró en Falange, pero al conocer las atrocidades cometidas por el bando nacional con el visto bueno de la Iglesia católica, renegó de su postura inicial, tal y como describió en su ensayo Los grandes cementerios bajo la luna, que Simone Weil tanto admiró.
La Iglesia española ha dado a conocer con la guerra su rostro horripilante (107).
Los recuerdos de Montse se van desgranando con la autenticidad de las fuentes orales y alrededor siempre de una copita de anís.
Un anís, querida Lidia. En los tiempos que corren, es una precaución que no está, digamos, de más (213).
Así cierra su hija la novela, un cierre que implica un llamamiento respecto a que las palabras que se han recogido no son solo pasado sino presente. Y es que la historia no se repite nunca pero las actitudes de las personas, sí.
El verano radiante de su madre, que tuvo que pagar duramente con el exilio y un marido estalinista al que no amaba, se va contraponiendo al año lúgubre de Bernanos, cuyo recuerdo quedó hincado en su memoria como una navaja que le abría los ojos (213). Dos escenas de una misma historia, dos experiencias y dos visiones que confluyen sorprendentemente. No esperemos dos visiones, una de cada bando, porque no es tan fácil ni previsible esta historia.

Mi párrafo favorito trata de Josep, el hermano de Montse, y de su utopía libertaria (190-191).

Luego su fe fue tambaleándose poco a poco. Se desencantó. O más exactamente atravesó un periodo en el que ni pudo creer del todo en su sueño, ni renunciar del todo a él.(…)Ese soñador definitivo que había perdido definitivamente su sueño se hundió en una pena que era la pena por su rebeldía, la pena por su infancia y la pena por su inocencia.
Una conclusión

El exilio supuso para Montse aprender una nueva lengua, nuevos hábitos de vida y de comportamiento, y especialmente NO LLORAR.

Merece la pena su lectura aunque encontré un cierto desequilibrio de calidad entre la primera y la segunda parte de la novela. 

viernes, 15 de enero de 2016

HERBJORG WASSMO, La casa del mirador ciego.


 Alexander Kan 

Este libro tiene una historia tras de sí

Cuando leí sobre la autora en el blog de Agnieszka, busqué en las lecturas pendientes a ver si había algo sobre ella, comprobé que no y decidí comprar Un espíritu rebelde o también titulado El libro de Dina. Días después buscando otro libro en las estanterías de libros leídos, me encontré con La casa del mirador ciego. Mi sorpresa fue mayúscula porque no recordaba haberlo leído. Tengo la costumbre, al acabar de leer un libro, de poner en la hoja inicial mi nombre, el mes y el año en que lo he leído, eso me facilita encontrar la referencia en mi libreta. Inmediatamente fui a mirar esa clave que me facilitaría encontrarlo y recordarlo. Pero encontré otro nombre, el de una de las amigas con la que intercambiamos algunas lecturas. ¡¡Qué vergüenza!! Odio que no me devuelvan los libros que presto en un tiempo razonable y ese llevaba en mi estantería traspapelado, probablemente, dos años. Enseguida le envié un WhatsApp para disculparme y decirle que tenía su libro y, encima, sin leer. Mi amiga me dijo que cada libro tiene su momento y su ritmo. Bien, sí, es algo que yo repito mucho, pero no sé si este caso encajaba en ese mantra que repito con convicción. Me alegra que sea el primer libro que he acabado de leer en 2016.



¿Una historia sobre una niña maltratada? ¿No es un tema muy manido en la literatura y en el cine?

Lo es, es uno de esos temas universales que puede quedarse en una novela más o puede darle un giro nuevo, en este caso es la manera de contarlo de Wassmo que narra  de forma directa, la descripción de las emociones se acerca más a los versos que a la narración, construye imágenes y metáforas llenas de vida que encojen el estómago en más de una ocasión. Además parece un thriller, el suspense te atrapa, especialmente en la parte final de la novela.

¿Datos que te pueden interesar?

La casa del mirador ciego (1981) fue traducido en 2010 y es el primer volumen de la Trilogía de Tora, con 282 páginas. El título es una referencia a la casa en la que vive Tora, la protagonista de la historia, y la mayor parte de los personajes. El Hormiguero, así es llamado este edificio construido en torno al cambio de siglo que conservaba vestigios de antiguo orgullo y desvarío humano (29). Y es que al Hormiguero…
…llegaban los desposeídos, aquellos que arrastraban lastres pesados y eran pobres en bienes terrenales. Alguno era incluso pobre de espíritu (29).
En esa casa de tres pisos y un sótano había un viejo mirador de cristaleras, que había ido perdiendo los cristales por el viento del sudoeste y allí fue donde los hombres habían clavado pedazos de tablas y tableros para dejar fuera el clima y el viento (31).


La autora

Herbjorg Wassmo (1942) nació en Vesteralen, un archipiélago localizado en aguas del mar de Noruega, al norte de las islas Lofoten,  el lugar en el que transcurre la historia de Tora. Trabajó como profesora en el norte del país y escribió su primera novela, La casa del mirador ciego, con 39 años. El éxito de esta primera novela fue considerable y su dedicación a la escritura la ha convertido en una de las narradoras más importantes de los países nórdicos.

¿No será una novela demasiado intensa, demasiado intimista?

El tono es intimista, pero suceden cosas, da pinceladas interesantes del trasfondo histórico pese a que la isla parece una cáscara de nuez navegando en el agitado mar de Noruega.
Destacaría varios aspectos: en primer lugar narra una niña que inicia la adolescencia, desde su microcosmos de soledad. Tora desconoce su origen, es la hija de Ingrid y un alemán durante la ocupación de Noruega que murió. Y cuando lo conoce trasforma la vergüenza en un recurso para huir de otra vergüenza, la peligrosidad. Su soledad se incrementa al vivir  en una pequeña localidad, donde todo el mundo se conoce, que forma parte de las islas del norte con un invierno muy crudo y largo.
Tora era un caracol en medio del camino de carros, así que no cabía más que esperar que no llegara ninguna carreta (197).
Tora enternece, Tora inspira amor, Tora aprende a no estar cuando la peligrosidad se acerca, cuando la miran mal por ser hija de un alemán, cuando algo le duele…
Hasta ese momento, Tora no se había dado cuenta de que estaba llorando por dentro. Un llano hueco y doloroso como el de un deseo hecho jirones (12).
Es una novela intensa que por momentos te encoje la boca del estómago.

Tora tiene antenas muy finas y sensibles para encontrar a su alrededor personas en las que apoyarse, su tía Rakel y su marido Simon, Gunn, la maestra, su amigo Frits y Randi, su madre, y también su amiga Sol.
Viven en el Hormiguero, esa vivienda que conoció tiempos mejores y que acaba habitada por familias pobres. Llama la atención la miseria en la que vivían la mayor parte de las familias que habitaban la isla, con trabajos relacionados con la pesca y siempre precarios, huertos comunales de donde sacaban las patatas, el alimento principal de sus habitantes, ropa y calzado de mala calidad para afrontar el frío, en fin, nada que ver con la imagen de abundancia que tenemos de la población de los países nórdicos. La historia está situada diez años después de acabada la II Guerra Mundial.

Mi párrafo favorito tiene que ver con la salvación de la lectura:
Cuando Tora leía, se le pasaban casi todos los males. Era como salir desde Storholmen y los pilares del muelle y remar hasta mar abierto. Tenía la impresión de que las islas a lo lejos venían a su encuentro, deslizándose sobre el ancho lomo verde del mar, parecían querer cogerla, domarla, llevársela con ellas. Y constituían un movimiento eterno que era pesado y ligero al mismo tiempo. Olas poderosas y chatas que no tenían principio ni final, que simplemente se mecían en su propio ritmo infinito. Una y otra vez (222-223).
Una decisión…

Me ha gustado tanto como para comprarme el segundo tomo de la trilogía La habitación muda.

viernes, 8 de enero de 2016

AMOS OZ, Una historia de amor y oscuridad.

Hace unas horas que he acabado de leer esta obra y todavía floto en esa sensación de complacencia y bienestar que me transmite una lectura que reúne todo aquello que explica mi devoción por los libros, a saber: placer mientras lo he leído por estar bien narrado, interés por lo que me explica, reflexión e interrogantes, ganas de saber más mientras la leo y tristeza cuando cierro la última página porque me quedo con las ganas de saber más. Y eso tiene mérito teniendo en cuenta que Una historia de amor y oscuridad tiene 775 páginas de una edición de bolsillo de letra pequeña. Confieso que cuando me decidí a leerla no era un buen momento para encarar una obra tan larga (por motivos laborales), sin embargo su lectura ha sido como un encuentro inesperado que te ilumina zonas oscuras que siempre había tenido respecto a ciertos temas y un lugar de encuentro conmigo misma: 
Pero cuando la casa estaba realmente ordenada (...), entonces mi madre se acurrucaba en su rincón y leía. Relajada, respirando despacio y suavemente, se sentaba en el sofá y leía. Metía los pies descalzos debajo de las piernas y leía. La espalda encorvada, el cuello inclinado, los hombros caídos, con todo su cuerpo semejante a una media luna y leía. La cara cubierta a medias por la cortina de pelo negro que caía sobre la página, y leía (406). 
Conocía la existencia de Amos Oz pero nunca había leído ninguna de sus obras, fue la aparición de una reseña en la prensa sobre su última novela, Judas, la que me convenció de que había llegado el momento de leer a esta autor. Sin embargo no he comenzado por su última obra sino por esta otra que fue publicada en 2002. 


Amos Oz (1939) nació en Jerusalén, se licenció en filosofía y literatura en la Universidad de su ciudad natal. Durante veinticinco años vivió en el kibutz Hulda, donde era profesor de instituto. Desde 1987 es profesor de literatura hebrea en la Universidad Ben-Gurión del Néguev. Además de novela ha escrito ensayos y artículos periodísticos y desde 1967 ha dejado clara su posición de reconocimiento mutuo con el pueblo palestino y la mutua coexistencia pacífica. 

Una historia de amor y oscuridad es una novela autobiográfica y, como la vida misma, se mueve entre la luz y la oscuridad, entre el amor y las emociones más oscuras. Toda la narración es un juego, o una encarnizada lucha, entre la luz y todo aquello que pugna por impregnar la vida de negrura y oscuridad. Había oscuridad en la pequeña vivienda del sótano en la que vivía con su familia, Fania y Lonia, los padres de Amos, oscuridad cuando estalla la guerra de la independencia al ser reconocido el Estado de Israel (1948), oscuridad por la enfermedad de la madre, oscuridad en los alrededores desiertos del kibutz, oscuridad en el rechazo hacia el padre, que siente Amos, cuando muere y oscuridad en su adolescencia solitaria. 


Amos Oz nos cuenta de dónde viene y sugiere hacia dónde va. El relato de este escritor judío es la historia de una parte de Europa, su familia materna procedía de Rivne (o Rovno en ruso) en Ucrania, su familia paterna de Vilna (Lituania) y Odesa. Convencidos sionistas tomaron la decisión de emigrar a Jerusalén bajo mandato británico en 1933 y por ello salvaron la vida del genocidio que les tocó vivir a quienes se quedaron. El relato de la personalidad de sus abuelos y abuelas nos va aportando las peculiaridades personales y las costumbres de personas que se sentían intensamente europeas:
(…) mi tío David (…) Era un europeo convencido en una época en que nadie en Europa era europeo, salvo los miembros de mi familia y otros judíos semejantes a ellos. Los demás eran paneslavistas, pangermanistas, o simplemente patriotas lituanos, búlgaros, irlandeses, eslovacos (105). 
No solo eran eurófilos, eran personas cultas que leían, investigaban, escribían, compartían opiniones en los cafés y hablaban muchas lenguas, el padre de Oz podía leer en dieciséis idiomas y hablar en once, su madre hablaba cuatro o cinco y leía en siete u ocho, la primera Universidad fundada en Israel tenía verdaderos problemas para elegir a sus profesores por la abundancia que había entre los refugiados de media Europa que emigraron al nuevo estado.
Lo único abundante en casa eran los libros: había libros de pared a pared, en el pasillo, en la cocina, en la entrada, en los alféizares de las ventanas, en todas partes. Miles de libros en cada rincón de la casa (36). 
Comprenderéis que este ha sido uno de los motivos por los que me he movido, por las páginas de esta obra, con placer. Los libros, las bibliotecas, hemerotecas y librerías pueblan su narración al igual que autores y títulos de obras que Amos Oz leía de niño, de joven y de adulto. 
No había ningún cuadro, ninguna maceta, ningún adorno. Solo libros y más libros y silencio en toda la habitación, y ese maravilloso olor denso, un olor a pastas de piel, papel amarillento y algo de moho, y una especie de extraño olor a algas, a añeja cola de encuadernar y a sabiduría, secretos y polvo (80). 
Mi interés no ha quedado solo en esta atmósfera intelectual en la que los libros resultaban protagonistas de la vida de la familia de Amos, sino que su carácter de autobiografía me ha resultado otro motivo de disfrute. Su manera de entender la autobiografía no tiene nada que ver con la confesión, por tanto descarta como malos lectores a aquellos que quieren saber al instante “qué pasó realmente”. Ese lector perezoso, sociológico, cotilla y mirón, que no se acerque a esta obra porque el autor no le facilitará la lección moral o su ideología, mucho menos sus intimidades más personales. El que quiera husmear en la vida del autor no se encontrará, probablemente, satisfecho con esta lectura, quien esté dispuesto en el terreno entre lo escrito y el lector, disfrutará a lo grande (estas reflexiones sobre la autobiografía se encuentran entre las páginas 49-55): 
Y tú, no preguntes: “¿Son hechos reales? ¿Es lo que le pasa al autor?”. Pregúntate a ti mismo. Por tus propias circunstancias. Y la respuesta puedes guardártela para ti (55). 
Al pequeño Amos le interesaba todo aquello que se construía con palabras y de ese modo era capaz de dejar a un lado la pobreza del barrio de Kerem Abraham en el que vivió en Jerusalén, los patios azotados por el sofocante calor, la enfermedad de su madre, su soledad, las normas rígidas con que trataban de educarlo y vagar, perdido, sonámbulo, por aquellos bosques virtuales, por aquellos bosques de palabras, cabañas de palabras, prados de palabras (217). La vida en el sótano entre la madre y el padre, la multitud de libros y la nostalgia de Rovno y Vilna, acabó siendo asfixiante y Amos la rompió con quince años cambiando de apellido y marchando a un kibutz. 

La fundación de Israel, la guerra de la independencia, David Ben Gurion, Menahem Begin, el comunismo de los judíos de mitteleuropa, las comunas-kibutz, el rechazo del diaspórico pisoteado en favor del hebreo viril y tantos aspectos más que me han sorprendido y me han llevado a indagar más en ellos. Interrogantes y pensamientos que se desanclan de los tópicos vetustos, reflexiones que se hacen más y más complejas cuando se vinculan con otras lecturas, posibilidades infinitas. Y para acabar, otra imagen en la que me reconozco con sorpresa: 
Escuchaba con atención las conversaciones pero, al mismo tiempo, mientras una sutil y benevolente sonrisa se dibujaba involuntariamente en sus labios, se pasaba todo el rato observando a quien estaba hablando, mirándole los labios, el movimiento de las arrugas en su cara, lo que hacían sus manos, lo que decía su cuerpo y lo que intentaba ocultar, adonde se dirigían sus ojos, cuándo cambiaba ligeramente de posición en la silla y si sus pies estaban tranquilos o nerviosos dentro de los zapatos (405). 
Una obra muy recomendable.

viernes, 1 de enero de 2016

FERNANDO PESSOA, La educación del estoico

El Barón de Teive, uno de los heterónimos de Pessoa, nunca salió a la luz hasta este libro publicado en 2005. Sin embargo Pessoa expresó muchas cosas a través de este hidalgo, en especial para explicar los motivos por los que no escribió todas las obras literarias que quería. Por otro lado, y sirva a modo de explicación del título, el Barón soportaba el dolor, que le causaba la vida, estoicamente, no intentaba dar lecciones, o en todo caso éstas eran negativas.
Pessoa utiliza al Barón de Teive, como a todos sus heterónimos, para redimirse de una vida que no soportaba. Escribe frases sueltas, palabras que iluminan la esencia de la vida pero que se pueden perder por no estar unidas, cosidas, como él decía. Son incomprensibles sin el texto que nunca se escribió, son incomprensibles en sí mismas.


Pessoa, a través del hidalgo, afirma que es la autoexigencia de perfección, de precisión, la causa del abandono de esa labor meticulosa de cosido. Más vale soñar que ser. ¡Es tan fácil verlo todo conseguido en el sueño!
Y aunque las pequeñas emociones hicieron surgir mil ideas juntas, de tantas, no podía ni acordarme de cuándo las tuve, y menos cuando ya las había perdido (18). 
(…) Aún me atormenta perder una idea, que se me escape de la memoria una frase pendiente de escribir, no retener un punto de vista. Sé muy bien que muchas veces no conseguiría dar un cuerpo real a esos esbozos. Pero existen unos celos de mí mismo, una avaricia  de lo abstracto, y he notado que la avaricia y el espíritu de venganza, tal vez por ser dos formas de mezquindad, tienen parentesco y sangre comunes (17).
Señala Richard Zenith en un texto interpretativo de este hidalgo tan peculiar que “Teive adoptó el aspecto más peligroso de su creador: la razón sin freno” (77), conducta imposible en la vida que puede llevar, como en este caso, al suicidio. El pensamiento no puede enfrentarse a las emociones y la razón de quien no admite que no la tiene, o sea, el orgullo, unido a la racionalidad, resultan fatalmente unidas.
No hay mayor tragedia que tener la misma intensidad, en una misma alma o en un hombre, del sentimiento intelectual y del sentimiento moral. (…) No fue el exceso de una cualidad, sino el exceso de dos, lo que me mató en vida (…).Mi orgullo nunca soportó que compitiera con otros, con el pavoroso añadido de la posibilidad de la derrota. (…) un orgullo desbordante y sanguinario, que ningún esfuerzo desesperado de mi inteligencia puede contener ni apaciguar. Siempre me aparté del mundo y de la vida, y el embate de cualquiera de sus elementos siempre me hirió como un insulto a media voz, la rebelión súbita de un lacayo universal (14-15).

Y concluyo con la misma inquietante sensación que el Barón de Teive, no haber sido capaz de hilvanar el conjunto de emociones, pequeñas algunas y otras mayores, que la lectura de estos fragmentos de Pessoa me han provocado.
 Ha caído sobre nosotros la más profunda y mortal de las sequías de los siglos: la del conocimiento íntimo de la vacuidad de todos los esfuerzos y de la vanidad de todos los propósitos (11).
Deseo, ya que no pude dejar de mí una sucesión de bellas mentiras, dejar lo poco de verdad que la mentira de todo nos permite suponer que podemos decir (12).