viernes, 2 de octubre de 2015

ENTRE LA MEMORIA Y EL OLVIDO. PATRICK MODIANO, Dora Bruder

Preferimos tener memoria de aquello que consideramos que nos deja en buen lugar a la vista de los demás y tendemos a olvidar lo que nos deja en entredicho. Por ello, la memoria, personal o colectiva, siempre ha de ponerse en cuarentena por su subjetividad y por su posible mezcla de verdad y mentira. La memoria nunca puede sustituir a la historia, aunque aquella pueda ser utilizada como fuente de información, siempre pasada por el tamiz de la crítica (como cualquier otra fuente histórica) para el historiador/a.


La memoria de lo acontecido en las guerras es especialmente delicado porque las personas están dispuestas a matar (y a morir) en defensa de territorios o de ideologías. Sería el caso de nuestra guerra civil de 1936-1939, o de la II Guerra Mundial, llamada también por muchos historiadores/as, “guerra civil europea” porque lo esencial no fue la lucha por territorio sino por modelos políticos, sociales y “raciales” diversos, algo propio de las guerras civiles.

Mientras leía Dora Bruder, “sentía” que Modiano, batallaba cual Quijote contra los molinos de viento del olvido. Olvido del sufrimiento padecido por inocentes, olvido del colaboracionismo que se dio con carácter generalizado en Francia, olvido y destrucción de los lugares de retención de judíos/as en el mismo centro de París, olvido en definitiva de lo que dibujaba con trazos firmes la cara oscura de una sociedad culta y civilizada como la francesa. Muchos/as diréis que a la mayoría de la población francesa no le quedó más remedio que hacerlo para sobrevivir. No lo discutiré. Solo remarcaré que hubo muchas otras personas que arriesgaron sus vidas y no colaboraron, si somos tan comprensivos con los colaboracionistas y olvidamos y perdonamos, arrastramos a las víctimas y a los que resistieron al mismo pozo enmarañado del olvido.

Me ha sorprendido, por desconocerlo totalmente, la reacción de una docena de mujeres valientes que fueron llamadas “amigas de los judíos” porque el primer día que estos fueron obligados a llevar la estrella amarilla, ellas decidieron ponérsela en señal de solidaridad. Todas ellas fueron detenidas en la calle, conducidas a comisaría, luego a prisión preventiva, a Tourelles y al campo de Drancy.
Modiano rescata este acto de valor del olvido y con él nos permite tener un miligramo más de confianza en el ser humano.

Cuando leí En el café de la juventud perdida, varios comentaristas de la reseña me recomendaron la lectura de esta obra y, siete meses después, le tocó su momento. Es una obra breve, en la línea de Modiano, quizás más breve de lo habitual puesto que tiene 117 páginas a las que se añade un breve prólogo de Adolfo García Ortega.

El título hace referencia a la protagonista de la obra, Dora Bruder, una adolescente de 15 años que, el 31 de diciembre de 1941, se fuga de un colegio de monjas en París y pocos meses después su nombre aparece en una lista de deportados a Auschwitz.


Sobre el autor tenéis unas pinceladas en la reseña mencionada.

Dora Bruder (1997), escrita con anterioridad a En el café de la juventud perdida, participa del mismo estilo narrativo y de un argumento peculiar que se va desgranando a través de retazos que van recomponiendo la vida de Dora Bruder, de sus padres y de todo un pueblo que en Francia, y en toda Europa, fue perseguido por motivos raciales.

Modiano, convencido de la necesidad de recuperar la memoria del tiempo pasado y de lo ocurrido durante la ocupación nazi en Francia, incorpora con su estilo breve y exacto, como si se tratara de un informe, un elemento de misterio y otro que le implica a él mismo en la novela. Por ello, el narrador y el autor se confunden, y la elección de la forma autobiográfica, le dota de un realismo cruel muy adecuado para el tema tratado. La fuga de Dora en 1941 y la del narrador-autor veinte años después, se unen en un bucle temporal:
La fuga –por lo que parece- constituye una llamada de socorro y a veces una forma de suicidio. Pero al menos se experimenta un breve sentimiento de eternidad. No solo hemos cortado los lazos con el mundo sino también con el tiempo. Una mañana, el cielo tiene un azul ligero y nada pesa sobre nosotros. Las agujas del reloj del jardín de las Tullerías están inmóviles para siempre. Como una hormiga que no acabase nunca de atravesar la mancha de sol (p. 72).
Si toda lectura auténtica implica un descenso hacia la soledad más íntima del ser, ésta, siendo tan breve, no te deja indemne cuando sales de ella con un último párrafo en el que Modiano da valor al desconocimiento de lo qué hizo Dora Bruder los días en los que estuvo fugada…

Es su secreto. Un modesto y precioso secreto que los verdugos, las ordenanzas, las autoridades llamadas de ocupación, la prisión preventiva, la Historia, el tiempo –todo lo que nos ensucia y destruye- no pudieron robarle (p. 127).

viernes, 25 de septiembre de 2015

JEAN TOOMER, Caña.

Leí una referencia a esta novela en la revista de literatura Turia y me llamó poderosamente la atención, así que la busque y enseguida la he leído. Caña, publicada en 1923, es una peculiar y atípica novela puesto que en ella encontramos poemas, teatro (una de sus partes, “Kabnis”, fue concebida como tal aunque nunca fue representada) y novela en un sentido nada convencional. La obra se presenta en esta edición con una presentación de Darwin T. Turner, escrita en 1975, y un epílogo de Maribel Cruzado Soria, que es la traductora, lo que hace un total de 285 páginas, de las que la obra son 211. Su título hace referencia a uno de los cultivos típicos de las plantaciones sureñas de EUA.


Jean Toomer (1894-1967) nació en Washington DC, EUA. Fue un poeta y novelista norteamericano que se convirtió en una figura importante del llamado “Renacimiento de Harlem” y el modernismo. Toomer, de ascendencia mayoritariamente europea, no se identificó plenamente como escritor negro e incluso renegó de serlo por considerarse simplemente “un norteamericano”.

Caña se considera la obra maestra del movimiento “Renacimiento de Harlem”, o del “Nuevo Negro”, un periodo breve pero esplendoroso que tuvo lugar en la década de 1920, cuando el país se interesó por el arte y la cultura afroamericanos, y cuando los artistas se vieron a sí mismos como una vanguardia que avanzaba hacia una participación plena en la sociedad americana.



Coincidió con la “Era del jazz”, con artistas como Joe “King” Oliver, Fletcher Anderson, Louis Amstrong, Duke Ellington y otros. El jazz influyo en poetas y escritores como E.E. Cummings, Scott Fitzgerald, Dos Passos y otros.

Harlem era un símbolo aunque el “renacimiento” se estaba produciendo en todo el país. El sentimiento del “Nuevo Negro” se desarrolló por un meticuloso diseño y promoción de los eruditos afroamericanos que fomentaron el orgullo racial investigando la historia de los negros en EUA y en África.
El viento está en la caña. Acércate.Las hojas de caña se cimbrean, oxidadas de palabras,Coros estridentes por encima del chillido de la cobaya,El viento está en la caña. Acércate.
Caña no fue concebida como una novela puesto que el autor quería publicar un volumen formado por “Kabnis” y las historias y poemas de la primera parte del volumen, como los presuntos editores se quejaron de la brevedad del libro, Toomer añadió los materiales de la segunda parte. Así, quedo estructurada en tres partes: la primera situada en el Sur, en Georgia, se centra en historias de mujeres; la segunda, muestra a hombres y mujeres de Chicago y Washington; y la tercera regresa al Sur.
Desde el armazón de los muros de piedra, desde los tablones podridos del suelo y las sólidas vigas de roble talladas a mano de la fábrica de algodón anterior a la guerra, llegó el crepúsculo. Desde el crepúsculo llegó la luna llena. Refulgente como un nudo de pino incendiado, iluminaba la gran puerta y lanzaba una suave lluvia de luz sobre las chozas de los negros alineadas a lo largo de la única calle del pueblo fabril. La luna llena sobre la gran puerta era un presagio. Unas mujeres negras improvisaban canciones para romper el hechizo (p. 96).
La obra contiene poemas que enlazan, separan y presentan las historias con temas sobre la belleza de la naturaleza y otros aspectos. Los esbozos y las historias, ricos en imágenes como los poemas, retratan el paisaje sureño y del norte. Estas historias resultan, a veces, deslavazadas pero reflejan perfectamente el color y los sonidos que abundan en las sinestesias. La obra refleja la crudeza de la vida del sur, de inhóspita tierra roja, de linchamientos y duro trabajo en los campos de algodón y cañaverales. Quizás por eso su lenguaje narrativo es  escueto, lleno de movimiento y con fuertes influencias del jazz. Destacan sus personajes femeninos transgresores en una época en la que no era habitual que las mujeres lo fueran y menos si eran negras. Uno de los espirituales negros que numerosos intérpretes han incorporado a su repertorio como Johnny Cash, Swing Low, Sweet Chariot, es una buena compañía para seguir leyendo…
La orquesta calienta los instrumentos para el jazz. La flauta es un gato que eriza el pelaje contra el ronroneo profundo del saxo. El batería lanza las baquetas. El gato salta sobre el teclado del piano (182).
A Toomer se le considera un escritor modernista por su experimentalismo, la combinación de argot callejero con lenguaje culto cargado de imágenes y la utilizando del monologo interior al estilo joyceano.
Una “novela” muy peculiar en la que su autor indaga en los orígenes de su negritud, que compartía  a medias, a través del esteticismo y de un cierto misticismo, de forma que su relación con “lo negro” pareció ser más resultado de la imaginación que de la propia realidad. Algunas de sus historias emocionan por su crudeza, por su autenticidad, aunque sea imaginaria, otras historias transcurren sin acabar de resultar redondas. El balance es positivo.

viernes, 18 de septiembre de 2015

ELIZABETH HARDWICK, Noches insomnes.

Esta obra, una fusión entre ficción y realidad, la recomendó Antonio Muñoz Molina en un excelente artículo, aparecido en Babelia el 9 de mayo de este año, titulado “Voz del insomnio”. En este artículo, Muñoz Molina habla de un tipo de libros particulares que no se parecen a otros (cualquiera de nosotras podría hablar de libros así ¿o no es verdad?). Libros que no pertenecen a un género preciso, que no son extremadamente célebres y que se han escrito  en un “trance de metamorfosis permanente: ensayo, confesión, diario, relato de viajes, collage de citas, apuntes”. Libros que se pueden abrir por cualquier página y encontrar “breves secuencias de lectura completa”. Muñoz Molina da varios ejemplos de este peculiar tipo de libro, pero me quedo con uno de los mejores que tengo la fortuna de haber leído, Libro del desasosiego de Fernando Pessoa.


Noches insomnes es un libro de 115 páginas, traducido en 2009 (publicado en 1979) en una edición cuidada pero de letra pequeña. Su título, como no podría ser de otra forma en esta obra, no responde a algo concreto, por tanto, es interpretable y lo hago. Hardwick recoge en este libro la vida, y ésta está llena de momentos buenos, malos, regulares, estancados, llenos de incertidumbres e insatisfacciones (interesante la introducción de Geoffrey O’Brien al respecto), pensar en ello es algo muy propio de noches en las que el sueño no llega.

Elizabeth Hardwick nació en Lexington, Kentucky, en 1939, y murió  en Nueva York en 2007. Estudió en la Universidad de Kentucky y de Columbia. Solo escribió tres novelas, una breve biografía sobre  Herman Melville y cuatro ensayos entre los que destaca uno dedicado a las mujeres en la literatura: Seduction and Betrayal (1974). Noches insomnes fue su última novela.
Billetes, migraciones, preocupaciones, propiedades, deudas, cambios de nombre y vuelta a cambiar otra vez: y todo esto por haber leído muchos libros (p. 5).
La mancha del lugar de origen no se adhiere a nosotros como un derecho de nacimiento, sino como  una especie de artificio, como una suerte de cosmético (p. 8).

Dice Muñoz Molina que hay en el libro de Hardwick “un fulgor de escenas aisladas en el tiempo” y me parece una definición muy acertada. Estamos ante una obra en la que no hay una trama en el sentido estricto de la palabra, no se respeta el orden cronológico, utiliza la primera y la tercera persona, explica la realidad y se la inventa, habla de ella y de muchos más, cuestiona la memoria y los recuerdos como fuente de verdad.

Entre 1949 y 1972 estuvo casada con el poeta Robert Lowell, Noches insomnes empezó a escribirse poco después de su muerte en 1977. Hardwick lo había amado, cuidado, protegido, abandonado y vuelto a acoger en el curso de sus  trastornos mentales, sus borracheras y sus aventuras amorosas, algo de todo eso aparece aquí y allí en esta obra.

Aparecen referencias a esos temas que me gusta tanto encontrar: libros, bibliotecas y jazz, me quedo con la última porque resulta que hay un largo retrato de Billie Holiday.
Y, siempre, la luminosa autodestrucción de Billie Holiday.(…)Era rutilante, lúgubre y solitaria, aunque, por supuesto, nunca estaba sola, nunca. Majestuosa, siniestra y decidida.Los labios seductores, los párpados aceitosos, el perfume violento; y en su voz las eles y las erres del trópico. Su presencia y su voz creaban una ansiedad inmensa, creciente (pp. 24-25).

Un libro que en su peculiaridad retrata a una mujer especial que mezcla confesiones a la manera de un diario, inventa a la manera de una novela, recita a la manera de un poema, reflexiona y recapacita a la manera de un puzle, sueña a la manera de una mujer plenamente viva. Y todo ello encaja con brevedad y concisión, fragmentariamente para no alargar lo que quiere decir sin necesidad. Un monólogo que retrata a una mujer y la trasciende para hablar de hombres y mujeres de un país (de varios en realidad) y en una época, que podría ser la actual aunque no lo es.

viernes, 11 de septiembre de 2015

ANTONIO MUÑOZ MOLINA, Como la sombra que se va.

Nunca he necesitado razones para leer a Muñoz Molina porque lo sigo desde hace mucho tiempo. De sus catorce novelas tengo en mis estanterías leídas, once. Desestime tres de sus novelas cortas, sabe dios los motivos, quizás que siempre he preferido la novela larga a la corta, aunque ésta me ha proporcionado también grandes alegrías. Simple prejuicio, supongo.

Estamos ante un autor que tiene también una larga obra como ensayista, seis obras, articulista en activo, por ejemplo en El País, y Diarios (tengo pendiente de leer Ventanas de Manhattan). Hasta el 2001 publicó ficción con cierta rapidez, cada año o dos años, tres a lo sumo, sin embargo desde Sefarad (2001) pasaron cinco años para publicar El viento de la luna, que me decepcionó, supongo que porque Sefarad me pareció extraordinaria. En esta casa la primera obra que está reseñada es La noche de los tiempos (2009) que me pareció una buena novela aunque no me gustó la parcialidad del trasfondo histórico.


Desde esta última novela han pasado cinco años hasta Como la sombra que se va (2014), una novela larga de 509 páginas. Su título procede del salmo CII que dice:
Mis días son como la sombra que se va y yo como la hierba que se ha secado.
El autor se embarca en la búsqueda de una ciudad cuando va a Lisboa, en 1987, para dar sustancia a la novela que estaba escribiendo, El invierno en Lisboa. Y vuelve a embarcarse en similar búsqueda, posteriormente, cuando trata de “encontrar” a James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King en 1968, que pasó unos días en Lisboa antes de volver a Londres donde fue detenido.
Sobre el autor ya escribí en la reseña anterior, así que en esta ocasión incorporaré un artículo aparecido en Babelia poco después de ser publicada la obra.



Como la sombra que se va entremezcla la evocación del proceso de escritura de El invierno en Lisboa con la reconstrucción del asesinato,  y posterior huida, del asesino de Luther King. De este tapiz, no siempre tejido con fluidez, se desprende una trama casi policíaca (en ocasiones excesivamente reiterativa llegando a ser pesada) y una reflexión sobre el proceso de escritura acompañado por la franqueza sobre su propia vida, tal y como él reconoce en Babelia, y que incorpora aspectos como la familia, el amor, la amistad, la vida nocturna, en definitiva, la condición humana. Esta segunda parte es la que más me ha gustado.
Muy poco a poco, en otra vida futura, me fui dando cuenta de que la belleza, la armonía, la simetría, son propiedades o consecuencias espontáneas de los procesos naturales, que existen sin necesidad de una inteligencia que las vaya organizando, igual que la selección natural actúa sin una dirección ni una finalidad, y desde luego sin un Ser Supremo que determine de antemano sus leyes (p. 280).


Hay tres narradores: el propio autor, desdoblado en el joven escritor que era en 1987 y casi treinta años después, el asesino y, brevemente, Martin Luther King. Y Lisboa como ciudad en la que se produce un cierto cruce de caminos entre los dos narradores principales.
Lo que tenemos en común él y yo en esta mañana que podría ser tan de ahora mismo como de hace treinta años, en esta luz sin tiempo, es que los dos andamos por Lisboa buscando fantasmas, los suyos más ilusorios que los míos. El fantasma que yo busco pisó de verdad esta misma acera, atravesó esta plaza, dobló la esquina con una placa en la que yo ahora me fijo casi con un estremecimiento, Rua Joao das Regras (p. 18).
Todos estos componentes entremezclados nos dan una imagen desoladora de Estados Unidos, del racismo, de la pobreza, del contraste entre el norte y el sur, de la lucha por los derechos civiles. Y ello acompañado por un recorrido de cómo se construye una novela y una reflexión sobre el papel de la literatura y la relación ficción-realidad, que no siempre es bien aceptada o entendida por quienes leemos. Las dificultades personales y las elecciones que va realizando el autor, aportan, desde mi punto de vista, lo más interesante de la obra.

La presencia del cine y la música, del jazz en especial, añade un plus de interés para mí, como cuando recuerda a algunas de las míticas figuras que pudo escuchar en su juventud como Dexter Gordon, Chet Baker, Art Blakey, Sonny Stitt, Carmen McRae, y otros muchos que va desgranando con recuerdos de su música y de su aspecto físico entre las páginas 98 y 104. La referencia  a John Coltrane me parece una buena manera de cerrar esta reseña:
Yo escuchaba sobrecogido a John Coltrane tocando Alabama, acompañado al fondo por los tambores  de Elvin Jones, y no sabía la resonancia atroz y esperanzada que ese nombre podía tener para un negro americano en los primeros años sesenta y menos aún que Coltrane había querido recrear en esa melodía en la que hay una intensidad de plegaria y unas sinuosidades de misticismo sufí la cadencia de los sermones de Martin Luther King (p. 499).


Una novela escrita con habilidad y dominio del lenguaje como es habitual en Muñoz Molina.

viernes, 4 de septiembre de 2015

NELL LEYSHON, Del color de la leche

Fue NáN, en un comentario que hizo en la reseña de La analfabeta, quien mencionó esta obra y resaltó un fragmento del prólogo de esta obra de Valeria Luiselli:

No sé si has leído una novelita que va sobre un tema parecido, la superación del analfabetismo, que se llama “Del color de la leche”, de Nell Leyshon. Creo que Valeria Luiselli la explica muy bien:«Del color de la leche es un libro escrito con la urgencia palpitante de un pequeño clásico -pequeño por lo compacto y concentrado de su universo-y una historia poderosa que desciende al bajo fondo de una vida que se disolvió en la escritura y que sólo puede recobrarse en el silencio de nuestra lectura. Un silencio largo, estremecido, y lleno de rabia. Pero también un silencio esperanzado y lleno de admiración».
No conocía la novela pero me quedé cautivada con las palabras de su prologuista, así que la busqué y, en lugar de dejarla reposar en los anaqueles de mi estantería de “pendientes” como acostumbro, la leí enseguida.



Del excelente prólogo de Luiselli resalto su mención a Foucault puesto que esta obra es un registro, lleno de belleza y espanto, de una vida enredada en la maquinaria de la dominación (p. 10).

La novela es breve, 174 páginas incluyendo el prólogo, y su título hace referencia al pelo, del color de la leche, de la narradora y protagonista de la obra.

Nell Leyshon nació en Glastonbury (Inglaterra), es novelista y dramaturga. Escribe regularmente para la BBC, Radio 3 y 4. Está vinculada a organizaciones que trabajan para recuperarse de adicciones. Y nada más he encontrado de la autora, excepto los diversos premios que ha recibido por sus obras.


Del color de la leche (2012) es una obra especial y sorprendente por diversos motivos. En su sencillez me ha dejado noqueada y voy a procurar explicar el porqué.
La obra está dividida en cinco capítulos que recorren un poco más de un año dividido por las estaciones: empieza en la primavera y acaba de nuevo en primavera. No hay mayúsculas y predominan las frases cortas separadas por puntos. Estos recursos acrecientan la naturalidad y la autenticidad de la historia de una adolescente de quince años en el año del señor de mil ochocientos treinta y uno.
Desde el inicio de la novela queda claro que Mary es la narradora y protagonista de la historia:
quiero contarte lo que ha pasado pero tengo que tener cuidado de no apresurarme como hacen las vaquillas en la entrada, porque entonces iré por delante de mí misma y puedo tropezarme y caerme y de todas maneras tú querrás que empiece por donde se debe empezar.y eso es por el principio (p. 15).
No sabremos hasta el final a quién le quiere contar lo que ha pasado. Yo no desvelaré tal destinatario.
La descripción de Mary, que había aprendido a leer y escribir poco antes de escribir este relato, está impregnada  de una belleza “animal” como le dice el vicario, o quizás podríamos decir, “natural”, que es como ella percibe la vida y todo lo que le rodea. Sus descripciones de las estaciones, de los paisajes, de las personas y de la vida, son tiernas y primorosas:
(…) estoy sentada al lado de mi ventana y veo muchas cosas, veo pájaros y los pájaros llenan el cielo con sus gritos, veo los árboles y veo las hojas.y cada hoja tiene venas que la recorren.y la corteza de cada árbol tiene grietas.
Pero que nadie espere encontrar una historia “rural” edulcorada con concesiones a la sentimentalidad o a algunos de los gustos lectores más convencionales. No, no va por ahí. La historia es bella por su autenticidad y sinceridad, pero nos traslada a un momento histórico lleno de brutalidad y de espanto en el que la vida de los granjeros pobres estaba acuciada por el hambre, la explotación, la humillación y la dominación de los que tenían poder en el medio agrícola inglés del primer tercio del siglo XIX. La revolución industrial llevaba cincuenta años de existencia en los núcleos urbanos y algún detalle lo indica (el uso de alguna máquina) en el transcurso de esta historia.
Mary se ve zarandeada por la vida sin que ella pueda hacer gran cosa por resistir su destino de mujer pobre. Solo su sinceridad sin artificios y la manera de comprender su vida, la hacen diferente a sus tres hermanas:
mi lengua es rápida como la lengua del gato cuando se bebe a lametones la leche del cubo (p. 20).
no puedo esconder nada en mi voz, señora. para que sepa como soy. no creo que pudiera mentir ni aunque me ordenaran que mintiera (70).
me preocupo de muy pocas cosas, si no puedo hacer nada, entonces no me preocupo. si puedo hacer algo, entonces lo arreglo y ya no tengo que seguir preocupándome más (p. 115).
Su comprensión de una vida que, pese a que es miserable y trabajosa, le proporciona momentos de alegría, ¿de felicidad?
(…) me acuerdo otra vez de aquella noche cuando estábamos fuera y hacía calor. cuando abuelo estaba en su silla y nosotras estábamos quitando el heno y madre nos estaba ayudando, las cuatro niñas lo estábamos haciendo. y el aire estaba cálido y tenía olor a verano y a la granja.y si pudiera detener el tiempo, eso es lo que haría y me quedaría en aquel momento para toda mi vida y para siempre.pero un momento no puede durar para siempre (p. 50).
Sin embargo, algo desviará su vida de lo previsible. Todo empezará cuando se traslada de la granja a la vicaría para trabajar como criada y las palabras (leer y escribir) se convierten en una posibilidad impensable siendo pobre. Cuando su abuelo le recuerda que no necesita para nada saber leer y que para qué quiere aprender, Mary le contesta: porque puedo, porque otra gente puede (p. 126).
Y Mary aprende a entender las palabras y…
…donde antes había un lío de rayas negras, ahora había letras y palabras. y frases.
Una novela, con un giro inesperado al final, que muestra la lógica de la dominación y del poder en una época que hoy existe aún para millones de personas. Un sistema de dominación en el que los grupos subordinados no tienen derechos políticos o civiles (pese a la existencia en Inglaterra de un sistema parlamentario) y que contienen un fuerte elemento de mando personal. Me refiero a la enorme libertad que poseen los amos para tratar arbitraria y caprichosamente a sus subordinados. Hay un elemento de terror personal en estos sistemas que, como dice James C. Scott, puede tomar la forma de palizas arbitrarias, violaciones sexuales y otros insultos y humillaciones. Algo de todo esto hay en esta excelente novela.
  

viernes, 28 de agosto de 2015

LUISGÉ MARTÍN, Los amores confiados.

Por más que he buscado en mis libretas no he encontrado una posible recomendación que me llevara a comprar este libro, por tanto, se trata de una novela que adquirí, probablemente hace tiempo, captada por su portada o por algún otro motivo relacionado con el tema. Sé seguro que leí una reseña en el blog de Marilú sobre otra de sus obras, La vida equivocada, y que ese incentivo me llevó a la estantería de pendientes y a descubrir que tenía Los amores confiados. De hecho, cuando comenté en su blog aún no había advertido que tenía esta obra y mostré mi deseo de leer algo suyo.


Al releer el comentario que hice, escribí, al hilo de la reseña, que “la lectura es un idioma, y cuando tenemos la fortuna de compartirlo con un autor o autora y además con más lectores que coinciden en la manera de encontrar esa vaga familiaridad, ¡¡chapeau!! La suerte nos sonríe y las letras bailan con el mismo son y la historia es comprensible hasta en las comas y cada frase nos habla despacio para no hacer ruido...”. Para desdicha mía no ha sido así, pero no adelantemos acontecimientos.

Los amores confiados (2005) es una obra de 298 pág., cuyo título hace referencia a los amores libres de sospecha, justo lo contrario del contenido de esta novela que tiene como tema central el amor y los estragos que puede producir en la vida de las parejas, especialmente si aparecen los celos.

Luisgé Martín (Madrid, 1962) es licenciado en Filología Hispánica por la Complutense de Madrid. Ha trabajado en diversas editoriales y fue asesor de la ministra de cultura Ángeles González-Sinde (vinculada al PSOE). Defensor de los derechos de los homosexuales está casado con Axier Uzkudun.



En los Los amores confiados sorprende un primer capítulo en el que el autor hace una especie de declaración de intenciones, o de gustos literarios y vivenciales, que lo aproximan a la realidad trágica de crímenes extraordinarios, quizás, afirma él mismo, por haber recibido una educación un poco melindrosa (p. 18). Tras hacer referencia a alguno de sus asesinos literarios preferidos, confiesa acumular recortes de diarios con noticias de asesinatos que, sin embargo, no ha usado como inspiración literaria excepto en un caso que tendrá bastante importancia en la novela: el asesinato de una joven en la nochevieja de 1993-1994 a la que el asesino le arrancó los globos oculares.

El narrador se identifica con el autor de la novela hasta el punto de que podemos hablar de una especie de autobiografía en la que el punto de arranque es una relación amorosa en la que su pareja, Diego, acaba deteriorando la relación por celos infundados. Cuando se produce la ruptura, el protagonista se afanó…
…en la tarea de inventar una historia que sirviera para representar literariamente mi vida con él. Quería mostrar, a través de un relato, los estragos que pueden crear en el amor los celos (p. 213).
El narrador-autor encontrará, en la historia de Balbino Carpintero, la historia dramática a la medida de la mía con Diego (p. 257). Al compás de este proyecto hay otras historias con personajes secundarios de interés que se nos desvelarán hacia el final de la novela, como la historia familiar de Markus Magath, finalmente desestimada como historia dramática a la medida de su experiencia amorosa con Diego. 
Aunque los celos son el pilar a partir del cual se mueven los hilos de la historia, hay muchas otras reflexiones entre las que destacaría la curiosidad por comprender como un hombre corriente (…) sin enfermedades mentales graves, puede llegar a convertirse en un asesino (p. 271).
O cómo los sueños siempre son más grandiosos que la verdad a la que sirven (p. 190) y no digamos si estos están afectados por la distorsión del amor y/o de los celos. Y es que como dice Víctor Hugo:
… la única parte de mi alma que puedo gobernar es la de los sueños (p. 241).
Y es posible que ese sea el motivo por el que, tras una tormentosa relación transida por un amor apasionado y unos celos desbaratados, lo único que se rememora de aquellos años era los instantes venturosos (p. 296). Seguramente, como concluye el narrador-autor, porque muchas de las imágenes  recordadas no son por completo verdaderas, pues el tiempo embellece con maquillajes y adornos todo lo que pervive de nosotros. En todo caso, será en la melancólica vejez cuando aparezca el consuelo de los daños y desdichas de un amor así. O no, quizás ni aun en la vejez aparezca el consuelo para un error.


Llegado a este punto final de la reseña, decir   que si la “lectura es un idioma”, no lo he compartido con Luisgé Martín, no se ha producido esa bienaventuranza  de que las letras que leo bailen con el mismo son que las que escribe el autor. La historia me aburrió más allá de la mitad de su extensión por lo que la sintonía de que cada frase nos hable despacio para no hacer ruido y encontremos una familiaridad con el autor no se ha producido hasta el final de la novela. En conclusión, una novela irregular que gana ritmo demasiado tarde para disfrutarla como a mí me gusta.

viernes, 21 de agosto de 2015

ROBERT WALSER, Jacob von Gunten. PLACENTERA RELECTURA

Me cuesta mucho releer pese a que, cuando lo he hecho, el resultado ha sido extraordinariamente positivo e incluso recuerdo en algún caso, La señora Dalloway, que la relectura superó la impresión positiva de la primera lectura. Una se encuentra con los libros por una multitud de circunstancias que no siempre es fácil de explicar. ¿Por qué me he encontrado tan tarde con James Joyce? o ¿Por qué me encontré tan pronto con Virginia Woolf? Y aún se me ocurren otras preguntas, especialmente, ¿cómo es que no uní estos dos nombres que tuvieron sus puntos de contacto? Prefiero no dar muchas vueltas a este tema porque, aun pudiendo llegar a algunas conclusiones, no serían relevantes en mi condición de lectora. Prefiero pensar con Ernesto Sábato (gracias Adriana Alba por este fragmento) que mi encuentro con los libros responde a esta reflexión: 
Nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los buscaba porque ya bordeaban los aledaños de nuestro destino.
Algo parecido me ha ocurrido con la mayoría de las personas con las que me he encontrado desde que inicié este espacio de libros. Fue NáN, y alguno de sus comentarios, quien me recordó a Walser y esta novela leída y olvidada. Busqué en mis estanterías y no estaba, no es la primera vez que me ocurre, quizás viajó a otra biblioteca por expreso deseo mío o fue uno de esos libros que no regresaron o que me prestaron a mí. Lo encontré en bolsillo y, de momento, se queda conmigo.



Jacob von Gunten (1909) es una novela breve, 126 páginas, y con un título sencillo que corresponde al protagonista de la novela, un joven que escribe un diario sobre la vida que lleva en una academia con pocos alumnos: el Instituto Benjamenta.

Robert Walser (1878-1956), escritor suizo que, como Jacob von Gunten, dejó pronto la escuela, a los catorce años, para empezar a trabajar en diversos oficios y en muchas ciudades. Solitario y acosado por la depresión fue sobre todo poeta aunque sus novelas, especialmente la que comento, fueron bien valoradas en círculos literarios exigentes, convirtiéndose en un escritor de culto.



¿Quién es Jacob? Un estudiante en la edad de la adolescencia que entró en el Instituto Benjamenta, dirigido por dos hermanos, hombre y mujer, y constituido por un grupo pequeño de alumnos que vivían en el piso de los Benjamenta separados de sus familias. En este centro no parece que aprendan mucho, según el propio Jacob, pero tampoco era necesario puesto que se les preparaba para ser sirvientes con orgullo de hombres de la alta sociedad prusiana. Se les prepara, por tanto, para no ser nadie, los contenidos intelectuales son nulos, el aburrimiento, la indolencia, la memorización de unos pocos textos y, eso sí, muchas normas de comportamiento servil, conforman el programa de estudios de un centro abocado al fracaso y al cierre.

No hay trasfondo histórico pero las anotaciones que hace Jacob en su diario nos dibujan la sociedad prusiana de la época del II Imperio alemán anterior a la Gran Guerra.

Walser construye, a través de Jacob, un monólogo interior, anticipándose a Joyce o a Proust y repasa a través de escenas cotidianas, oníricas y, a veces, surrealistas, a sus compañeros de estudios, a quienes les dedica unos fragmentos bastante lúcidos en que los caracteriza con brevedad y tino: Heinreich, Schacht, Schilinski, Kraus (al que Jacob toma como referente del buen alumno que aprender a servir y del que se ríe), Tremala, Hans, Peter el Larguirucho y Fuchs. También dedica bastante espacio a describir a los dos hermanos, especialmente a la señorita Benjamenta con la que sueña tener sexo.
Jacob reflexiona acerca de su vulgaridad y está seguro de que:
… el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola. De viejo me veré obligado a servir a jóvenes palurdos jactanciosos y maleducados, o bien pediré limosna, o sucumbiré (p. 10).
Su sentido del humor, bromitas a lo Von Guten, le dice su compañero Kraus, tiñe su monólogo de frases que si te pillan descuidada resultan ser una bofetada en una noche calurosa de verano:
Hay sinceridades que solo sirven para herirnos y aburrirnos (p. 20).
Tener razón vuelve fogosa a la gente, mientras que no tenerla invita a mostrar siempre una placidez orgullosa y frívola (p. 25).
Nuestros ojos contemplan siempre un vacío lleno de ideas, cosa que también prescribe el reglamento. A decir verdad, no deberíamos tener ojos, pues los ojos son curiosos y descarados, y el descaro y la curiosidad son condenables desde casi cualquier perspectiva sana (p. 45).
En esta novela hay más, mucho más de lo que he recogido, pero eso son sorpresas que tendréis que descubrir quienes os animéis a leer esta pequeña-gran obra. Y ahora toca cerrar esta reseña a lo Von Guten:
Un apretón de manos, un adiós… y a la calle. Muy probablemente para no volvernos a ver más. ¡Qué breves son los adioses! Uno quiere decir algo, pero como se le olvida la frase apropiada, no dice nada o bien suelta alguna tontería. Despedir y despedirse es horroroso. Son momentos en los que la vida humana se estremece y uno siente vivamente su propia nada. Las despedidas rápidas son desamoradas; las lentas, insoportables (p. 103).

Si alguien ha vivido alguna de estas despedidas, yo sí, sabrá enseguida de qué le habla Von Guten. Un horror, en efecto.