viernes, 28 de agosto de 2015

LUISGÉ MARTÍN, Los amores confiados.

Por más que he buscado en mis libretas no he encontrado una posible recomendación que me llevara a comprar este libro, por tanto, se trata de una novela que adquirí, probablemente hace tiempo, captada por su portada o por algún otro motivo relacionado con el tema. Sé seguro que leí una reseña en el blog de Marilú sobre otra de sus obras, La vida equivocada, y que ese incentivo me llevó a la estantería de pendientes y a descubrir que tenía Los amores confiados. De hecho, cuando comenté en su blog aún no había advertido que tenía esta obra y mostré mi deseo de leer algo suyo.


Al releer el comentario que hice, escribí, al hilo de la reseña, que “la lectura es un idioma, y cuando tenemos la fortuna de compartirlo con un autor o autora y además con más lectores que coinciden en la manera de encontrar esa vaga familiaridad, ¡¡chapeau!! La suerte nos sonríe y las letras bailan con el mismo son y la historia es comprensible hasta en las comas y cada frase nos habla despacio para no hacer ruido...”. Para desdicha mía no ha sido así, pero no adelantemos acontecimientos.

Los amores confiados (2005) es una obra de 298 pág., cuyo título hace referencia a los amores libres de sospecha, justo lo contrario del contenido de esta novela que tiene como tema central el amor y los estragos que puede producir en la vida de las parejas, especialmente si aparecen los celos.

Luisgé Martín (Madrid, 1962) es licenciado en Filología Hispánica por la Complutense de Madrid. Ha trabajado en diversas editoriales y fue asesor de la ministra de cultura Ángeles González-Sinde (vinculada al PSOE). Defensor de los derechos de los homosexuales está casado con Axier Uzkudun.



En los Los amores confiados sorprende un primer capítulo en el que el autor hace una especie de declaración de intenciones, o de gustos literarios y vivenciales, que lo aproximan a la realidad trágica de crímenes extraordinarios, quizás, afirma él mismo, por haber recibido una educación un poco melindrosa (p. 18). Tras hacer referencia a alguno de sus asesinos literarios preferidos, confiesa acumular recortes de diarios con noticias de asesinatos que, sin embargo, no ha usado como inspiración literaria excepto en un caso que tendrá bastante importancia en la novela: el asesinato de una joven en la nochevieja de 1993-1994 a la que el asesino le arrancó los globos oculares.

El narrador se identifica con el autor de la novela hasta el punto de que podemos hablar de una especie de autobiografía en la que el punto de arranque es una relación amorosa en la que su pareja, Diego, acaba deteriorando la relación por celos infundados. Cuando se produce la ruptura, el protagonista se afanó…
…en la tarea de inventar una historia que sirviera para representar literariamente mi vida con él. Quería mostrar, a través de un relato, los estragos que pueden crear en el amor los celos (p. 213).
El narrador-autor encontrará, en la historia de Balbino Carpintero, la historia dramática a la medida de la mía con Diego (p. 257). Al compás de este proyecto hay otras historias con personajes secundarios de interés que se nos desvelarán hacia el final de la novela, como la historia familiar de Markus Magath, finalmente desestimada como historia dramática a la medida de su experiencia amorosa con Diego. 
Aunque los celos son el pilar a partir del cual se mueven los hilos de la historia, hay muchas otras reflexiones entre las que destacaría la curiosidad por comprender como un hombre corriente (…) sin enfermedades mentales graves, puede llegar a convertirse en un asesino (p. 271).
O cómo los sueños siempre son más grandiosos que la verdad a la que sirven (p. 190) y no digamos si estos están afectados por la distorsión del amor y/o de los celos. Y es que como dice Víctor Hugo:
… la única parte de mi alma que puedo gobernar es la de los sueños (p. 241).
Y es posible que ese sea el motivo por el que, tras una tormentosa relación transida por un amor apasionado y unos celos desbaratados, lo único que se rememora de aquellos años era los instantes venturosos (p. 296). Seguramente, como concluye el narrador-autor, porque muchas de las imágenes  recordadas no son por completo verdaderas, pues el tiempo embellece con maquillajes y adornos todo lo que pervive de nosotros. En todo caso, será en la melancólica vejez cuando aparezca el consuelo de los daños y desdichas de un amor así. O no, quizás ni aun en la vejez aparezca el consuelo para un error.


Llegado a este punto final de la reseña, decir   que si la “lectura es un idioma”, no lo he compartido con Luisgé Martín, no se ha producido esa bienaventuranza  de que las letras que leo bailen con el mismo son que las que escribe el autor. La historia me aburrió más allá de la mitad de su extensión por lo que la sintonía de que cada frase nos hable despacio para no hacer ruido y encontremos una familiaridad con el autor no se ha producido hasta el final de la novela. En conclusión, una novela irregular que gana ritmo demasiado tarde para disfrutarla como a mí me gusta.

viernes, 21 de agosto de 2015

ROBERT WALSER, Jacob von Gunten. PLACENTERA RELECTURA

Me cuesta mucho releer pese a que, cuando lo he hecho, el resultado ha sido extraordinariamente positivo e incluso recuerdo en algún caso, La señora Dalloway, que la relectura superó la impresión positiva de la primera lectura. Una se encuentra con los libros por una multitud de circunstancias que no siempre es fácil de explicar. ¿Por qué me he encontrado tan tarde con James Joyce? o ¿Por qué me encontré tan pronto con Virginia Woolf? Y aún se me ocurren otras preguntas, especialmente, ¿cómo es que no uní estos dos nombres que tuvieron sus puntos de contacto? Prefiero no dar muchas vueltas a este tema porque, aun pudiendo llegar a algunas conclusiones, no serían relevantes en mi condición de lectora. Prefiero pensar con Ernesto Sábato (gracias Adriana Alba por este fragmento) que mi encuentro con los libros responde a esta reflexión: 
Nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los buscaba porque ya bordeaban los aledaños de nuestro destino.
Algo parecido me ha ocurrido con la mayoría de las personas con las que me he encontrado desde que inicié este espacio de libros. Fue NáN, y alguno de sus comentarios, quien me recordó a Walser y esta novela leída y olvidada. Busqué en mis estanterías y no estaba, no es la primera vez que me ocurre, quizás viajó a otra biblioteca por expreso deseo mío o fue uno de esos libros que no regresaron o que me prestaron a mí. Lo encontré en bolsillo y, de momento, se queda conmigo.



Jacob von Gunten (1909) es una novela breve, 126 páginas, y con un título sencillo que corresponde al protagonista de la novela, un joven que escribe un diario sobre la vida que lleva en una academia con pocos alumnos: el Instituto Benjamenta.

Robert Walser (1878-1956), escritor suizo que, como Jacob von Gunten, dejó pronto la escuela, a los catorce años, para empezar a trabajar en diversos oficios y en muchas ciudades. Solitario y acosado por la depresión fue sobre todo poeta aunque sus novelas, especialmente la que comento, fueron bien valoradas en círculos literarios exigentes, convirtiéndose en un escritor de culto.



¿Quién es Jacob? Un estudiante en la edad de la adolescencia que entró en el Instituto Benjamenta, dirigido por dos hermanos, hombre y mujer, y constituido por un grupo pequeño de alumnos que vivían en el piso de los Benjamenta separados de sus familias. En este centro no parece que aprendan mucho, según el propio Jacob, pero tampoco era necesario puesto que se les preparaba para ser sirvientes con orgullo de hombres de la alta sociedad prusiana. Se les prepara, por tanto, para no ser nadie, los contenidos intelectuales son nulos, el aburrimiento, la indolencia, la memorización de unos pocos textos y, eso sí, muchas normas de comportamiento servil, conforman el programa de estudios de un centro abocado al fracaso y al cierre.

No hay trasfondo histórico pero las anotaciones que hace Jacob en su diario nos dibujan la sociedad prusiana de la época del II Imperio alemán anterior a la Gran Guerra.

Walser construye, a través de Jacob, un monólogo interior, anticipándose a Joyce o a Proust y repasa a través de escenas cotidianas, oníricas y, a veces, surrealistas, a sus compañeros de estudios, a quienes les dedica unos fragmentos bastante lúcidos en que los caracteriza con brevedad y tino: Heinreich, Schacht, Schilinski, Kraus (al que Jacob toma como referente del buen alumno que aprender a servir y del que se ríe), Tremala, Hans, Peter el Larguirucho y Fuchs. También dedica bastante espacio a describir a los dos hermanos, especialmente a la señorita Benjamenta con la que sueña tener sexo.
Jacob reflexiona acerca de su vulgaridad y está seguro de que:
… el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola. De viejo me veré obligado a servir a jóvenes palurdos jactanciosos y maleducados, o bien pediré limosna, o sucumbiré (p. 10).
Su sentido del humor, bromitas a lo Von Guten, le dice su compañero Kraus, tiñe su monólogo de frases que si te pillan descuidada resultan ser una bofetada en una noche calurosa de verano:
Hay sinceridades que solo sirven para herirnos y aburrirnos (p. 20).
Tener razón vuelve fogosa a la gente, mientras que no tenerla invita a mostrar siempre una placidez orgullosa y frívola (p. 25).
Nuestros ojos contemplan siempre un vacío lleno de ideas, cosa que también prescribe el reglamento. A decir verdad, no deberíamos tener ojos, pues los ojos son curiosos y descarados, y el descaro y la curiosidad son condenables desde casi cualquier perspectiva sana (p. 45).
En esta novela hay más, mucho más de lo que he recogido, pero eso son sorpresas que tendréis que descubrir quienes os animéis a leer esta pequeña-gran obra. Y ahora toca cerrar esta reseña a lo Von Guten:
Un apretón de manos, un adiós… y a la calle. Muy probablemente para no volvernos a ver más. ¡Qué breves son los adioses! Uno quiere decir algo, pero como se le olvida la frase apropiada, no dice nada o bien suelta alguna tontería. Despedir y despedirse es horroroso. Son momentos en los que la vida humana se estremece y uno siente vivamente su propia nada. Las despedidas rápidas son desamoradas; las lentas, insoportables (p. 103).

Si alguien ha vivido alguna de estas despedidas, yo sí, sabrá enseguida de qué le habla Von Guten. Un horror, en efecto.

viernes, 14 de agosto de 2015

CARLOS GONZÁLEZ REIGOSA, Intramundi.

Esta novela es un libro viajero que se mudó de una biblioteca, la de un amigo, a la mía por expreso deseo suyo y para celebrar mi cumpleaños. Es un libro que me trae el calor, el aroma y el poso de una biblioteca que tiene dos espacios en los que se asienta: Castilla y, especialmente, Galicia. Se trata de una historia que he leído despacio pero viajando yo misma, puesto que la inicié en el mediterráneo y la acabé de leer en Madrid.


Intramundi (2002), a lo largo de sus 262 páginas, nos traslada a Galicia, a un lugar que existe y no existe, Tras da Corda, a una época  pasada, pero presente hoy, la II República, la guerra civil y el franquismo. El significado del título está en la propia novela, es el nombre que Doña Escolástica, maestra en el valle durante la dictadura franquista, da a Tras da Corda:
(…) todo lo que ocurría dentro de él era suficiente para llenar la vida de sus habitantes y, a la vez, nada de ello parecía interesar fuera. Debería llamarle Autarquía (…), pero esta palabra, probablemente certera, no le decía nada. Lo que Doña Escolástica veía era un mundo interior que sólo ella, quizá por venir de fuera, era capaz de detectar y de percibir en toda su intensidad. Un Intramundi anclado en sí mismo y ajeno al resto del mundo (pp. 147-148).
Carlos González Reigosa (Lugo, 1948), licenciado en Ciencias Políticas y Ciencias de la Información, es periodista y autor de diversas novelas y relatos cortos. Acostumbra a escribir en gallego y en esta comunidad ganó el Premio Xerais de novela en 1984 por la novela Crimen en Compostela. Así mismo, recibió el Premio Internacional Rodolfo Walsh de literatura testimonial en 1996.


Tengo que reconocer que para mí era un autor totalmente desconocido pese a que sus novelas han sido publicadas en castellano.

Intramundi  está dividido en cuatro partes siguiendo una división cronológica: 1928, final de la dictadura de Primo de Rivera y II República; 1936, guerra civil e inicio del franquismo; 1948, la etapa más dura del totalitarismo y la de mayor penuria económica, y los inicios del desarrollismo; 1966, la etapa tecnocrática del desarrollo económico. El autor procura explicar cómo los cambios que se producían en el país afectaban a una población aislada en la que el poder era del cacique. En ese mundo, aparentemente inmóvil, hay aspectos que sí que incidieron de manera destacada y cambiaron el mundo de Tras da Corda en los cincuenta años por los que transita esta historia.
La Historia que uno merece y la que vive casi nunca tienen que ver (p. 250).
La memoria es el único paraíso del que no nos pueden echar (p. 255).
El autor convierte la construcción de una carretera, que uno de sus habitantes, Ángel Xesto, impulsa como factor de cambio y de apertura al resto del mundo, en el “caballo de troya” contra el inmovilismo representado por el cacique y el cura del pueblo. Sin embargo, la II República con el caudal de ideas innovadoras transformó a algunos de sus habitantes de forma notoria tanto en las relaciones personales como políticas. Sin duda alguna hay algunos personajes significativos alrededor de los que pivota la novela como Ángel Xesto, un hombre honrado, honesto, con la rebeldía cotidiana del que no se incorpora a organizaciones políticas por su individualismo consustancial y cuyo oficio tradicional, zuequero, le permite no depender directamente del segundo personaje relevante, D. Nazario, el cacique que procuraba que no se produjeran cambios en sus dominios. Dolores Teixeiro, compañera de Ángel, que mantiene su opción de mujer libre en un medio tan cerrado como Tras da Corda y Saúl Centeo, socialista, que se echó al monte formando una agrupación del maquis, “Aurora Libre”, y luchando contra el franquismo con las armas, constituyen otros dos personajes de relevancia.
Dios se había equivocado al poner al hombre al frente de tanta maravilla, y quizá algún día pagase muy caro su error. No veía nada menos fiable en toda la creación que el ser humano. De todas las demás criaturas se sabía lo que se podía esperar; del hombre, no. Nunca (p. 195).
La resistencia contra el cambio, los partidarios de éste, las costumbres y tradiciones de un valle hermoso y cerrado que no facilit  los cambios, y los acontecimientos históricos, forman una narración bien hilvanada y unos personajes definidos y con personalidad.
Un paisaje mil veces evocado comenzó a desfilar a su alrededor. El verde oscuro de los bosques, el verdegay de los campos abiertos, el verdiseco de los yermos montañosos, el verdoyo de las hierbas frescas, el verdemar de las rías, el verdeazul de los cielos… (p. 247).
Cuando leí este fragmento con tal variedad de posibilidades del verde, pensé en este fragmento de Cristina Peri Rossi, extraído de El viaje:
(…) los ojos y el alma necesitan el verde para descansar. 
 Y me quedé pensando si, justamente, era ese el motivo que había llevado a mi amigo a regalarme este libro de su biblioteca… ¿Quién sabe?

viernes, 7 de agosto de 2015

ELVIRA NAVARRO, La trabajadora.

No elegí esta novela, fue un regalo de una amiga que pidió consejo en una librería alternativa (por sus actividades culturales asociadas a la librería) que frecuentamos. Fue una mujer veinteañera quien se la recomendó y digo esto porque, quizás, sea relevante ese dato; o no, no lo sé.
La novela es bastante breve, 155 páginas, y su título trata de reflejar, supongo, el modelo de trabajadora actual en precario.


Elvira Navarro (Huelva, 1978) es licenciada en Filosofía y una escritora relativamente novel puesto que esta es su cuarta obra, publicada en el 2014. Es autora de un blog, Periferia, sobre los barrios de Madrid en el que explora los espacios limítrofes y periféricos de la gran ciudad. Algo de ese interés aparece en esta novela.



El tema: dos mujeres jóvenes, bueno una joven y la otra, cuarentañera que parece joven, más por la vida que lleva que por otra cosa. Susana y Elisa, comparten piso por falta de recursos económicos para poder vivir solas. Lugar: Madrid, en concreto Aluche, un barrio de la periferia madrileña (que conocí en circunstancias parecidas a las de ambas protagonistas hace unos cuantos años), una zona limítrofe. Empleos precarios, salud mental precaria. Ambas situaciones vinculadas por la desesperanza.

Todo lo que cuenta sé que es real, sin embargo, yo que soy capaz de creerme que una mujer se enamora de un oso, no me creo la historia que me cuenta Elvira Navarro. Hay algo impostado, algo teatral, que no me ha permitido conectar con nada de lo que me explica, de hecho solo he logrado destacar un párrafo que habla de bibliotecas.

No se trata de que un escritor nos cuente la “realidad”, eso lo hace cualquier periódico o medio de comunicación. Se trata de que elabore una historia llena de vida en la que palpite el aliento y transpire el agobio de la precariedad y la enfermedad mental que puede estar asociada a ella.



Byung-Chul Han  en La sociedad del cansancio, parte de la idea de que toda época tiene sus enfermedades emblemáticas y la actual es la neuronal (con enfermedades como la depresión, el trastorno  por déficit de atención con hiperactividad –TDAH-, el trastorno límite de la personalidad –TLP- o el síndrome de desgaste ocupacional –SDO-). Estas enfermedades no son infecciones, son infartos ocasionados por un exceso de positividad. Desaparece la otredad y la extrañeza propia de la etapa viral e inmunológica y es sustituida por la diferencia que no produce ninguna reacción inmunitaria ya que el paradigma inmunitario no es compatible con el proceso de globalización y de hibridación. La desaparición de la otredad significa que vivimos en un tiempo pobre de negatividad, aunque la violencia puede aparecer también de lo idéntico. Lo idéntico no conduce a la formación de anticuerpos ya que en un sistema dominado por lo idéntico no tiene sentido fortalecer las defensas del organismo. La violencia de la positividad, que resulta de la la superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación, no es “viral”; el agotamiento, la fatiga y la asfixia ante la sobreabundancia tampoco son reacciones inmunológicas  porque carecen de negatividad. La violencia de la positividad no es privativa, sino saturativa; no es exclusiva, sino exhaustiva. Por ello, es inaccesible a una percepción inmediata. La violencia neuronal no parte de una negatividad extraña al sistema, más bien es sistémica, es decir, consiste en una violencia inmanente al sistema.


Lo que cuenta Navarro está contado ya en otros ámbitos, a ella le tocaba construir una historia y, desde mi punto de vista, no lo logra, así que todo es un discurrir errático, sin emoción y sin verdad.

viernes, 31 de julio de 2015

MARIAN ENGEL, Oso.



El oso siempre tendrá, para mí, connotaciones diferentes por su poder evocador de cuentos infantiles, películas, reportajes sobre animales y naturaleza  y, finalmente, de una persona querida que muestra ciertos paralelismos osunos que no desvelaré aquí y que él siempre ha indicado con su característico humor. 
Cuando Ana, de Lo que leo,lo cuento, reseñó esta novela, me fui a buscarla para mí y para el Oso.

La novela es una historia con breve, pero intenso, recorrido, 171 páginas. Su título no requiere mucha explicación puesto que responde al hecho de que hay un oso con el protagonismo que recoge perfectamente la portada de la edición de Impedimenta publicada en 2015. Pero la novela no es reciente ya que fue publicada en 1976, recibiendo ese mismo año el Governor General’s Literary Award.


Marian Engel, nacida en 1933 en Toronto, murió en 1985. Es considerada una de las mejores escritoras canadienses en la actualidad. Su primera novela fue publicada en 1968 y Oso es considerada su obra maestra.
Es una novela obscena y extraña, señaló un crítico canadiense sobre esta novela. Sin embargo, su lectura no ha ofendido a mi pudor en ningún momento, sí diría que es extraña y sorprendente puesto que no es habitual una relación sexual entre una mujer y un oso, un oso no humanizado, aunque tampoco es un animal salvaje, desde luego, teniendo algo de humano por su docilidad en el trato con las personas.



Es una novela de libros, y de una biblioteca, que Lou, una joven tímida que se refugia en su trabajo para esconderse a sí misma su fracaso en el amor y en el sexo, tiene que catalogar. El escenario de la novela se desarrolla en una isla a la que la protagonista tiene que viajar para catalogar la biblioteca, donada al instituto en el que trabaja, por un enigmático Coronel Jocelyn Cary con el que entablará un curioso diálogo a través de pequeñas notas que ella encuentra entre las páginas de algunos libros. La biblioteca está en una gran casa victoriana, en la mencionada isla,  en la que hay otro habitante, un oso que, encadenado cerca de la casa, tiene que cuidar.
Lou entró y se sentó aturdida a la mesa de la cocina. Oyó el ruido de la motora alejándose; después, nada. Abrió dos puertas para ver crepitar el fuego del dormitorio. Así que este era su reino: una casa octogonal, una sala llena de libros y un oso (p. 33).
A partir de su llegada a la isla y a la casa, Lou inicia un descubrimiento de sí misma que la llevará a un puerto inesperado que, sin embargo, la hará crecer como persona. La prosa de Engel, sencilla, tierna, ágil y entrañable, me fue cautivando y preparando para lo impensable.
Lou, que viene de la ciudad, pronto descubre su amor por la naturaleza incluyendo, naturalmente, la nieve.
Era esa nieve blanda y espesa que entusiasma a menos que se esté conduciendo o agonizando; copos acumulados que ahora ya caían, como orugas, de las verdes ramas. Volvió a olfatear. La nieve tiene su propio aroma frío (p. 53).
La naturaleza le descubrirá  un silencio precioso y afelpado, en el que cualquier sonido, incluso el cuchillo de la mantequilla rascando la tostada, le lleva a pensar que: No todo el mundo, (…) está hecho para convivir con el silencio (p. 54).
Pero la autora construye un personaje que enseguida se adapta al silencio y al ritmo que marca la naturaleza de la isla.
La lluvia cesó de repente un poco más tarde. Salió el sol y resplandeció entre los árboles, transformando sus vistas desde la biblioteca en un asombroso túnel de vegetación. Lou se puso las botas y bajó al rio. La lancha estaba medio hundida. Achicaría el agua después. Ahora quería escuchar el mundo fluvial que se sacudía el agua de las alas.El avetoro soltó un bramido sobrecogedor. Una bandada de golondrinas recién llegadas se escoró repentinamente en el cielo. Saltó un pez. A sus pies, las huevas de rana brillaban al sol (p. 73).
Que esa comunión con la naturaleza se prolongue en una íntima relación con el oso resulta sorprendente, que esa relación de bestialismo tenga una carga de amor y ternura que la aleja de las parafilias, aún resulta más asombroso.
Ahora sabía que lo amaba. Un amor tan extravagante que el resto del mundo se había convertido en un estrecho nudo sin sentido, salvo por el paisaje que, neutral y ajeno a ellos, gozaba de sus propios orgasmos de verano (p. 143).
Su delicadeza nos acompaña siempre, incluso cuando se aleja de la isla y de la experiencia que la transforma y la hace madurar. Cierra la novela con unas bellas líneas de forma perfecta:

Llevaba un jersey grueso y viajó con las ventanas abiertas hasta que el olor de la tierra dejó de ser el del agua y los árboles para convertirse en ciudades y polución. Era una noche brillante, resplandecían las estrellas y, allá arriba, la Osa Mayor y sus treinta y siete mil vírgenes le hacían compañía (p. 171).

viernes, 24 de julio de 2015

CORMAC McCARTHY, Todos los hermosos caballos.


Desde que leí La carretera supe que McCarthy podía llegar a ser uno de mis autores favoritos, las lecturas posteriores han confirmado esta impresión.

Tenía la “Trilogía de la frontera” desde hacía tiempo pero no encontraba el momento de empezar su lectura. Resulta que leer a McCarthy me deja exhausta, coloca a sus protagonistas en situaciones de fuerte desgaste emocional, incluso al límite como en el caso de la novela que he mencionado al principio. Parece que con este escritor necesito acumular energía porque la voy gastando página a página y no siempre voy sobrada. Puede ser esa la razón por la que he dejado pasar casi dos años desde La oscuridad exterior, una obra en la que el autor introducía paisajes apocalípticos del Oeste americano, monstruosidades y temores que venían de la oscuridad exterior y que iban estallando en momentos determinados como luminarias que me dejaban sin aliento.

Con Suttree, McCarthy utiliza el río para escribir la metáfora de la vida, con su discurrir imprevisible. Sin llegar al límite de la desesperanza en que nos coloca La carretera, construye una situación angustiosa que solo salva la generosidad del personaje principal.


¿Y  con este primer volumen de la “Trilogía”? Mi sorpresa ha sido mayúscula porque he pasado gran parte de la novela esperando que las cosas se torcieran de manera irreparable y, aunque hay momentos de violencia extrema, no he tenido la sensación de soledad angustiosa y de presencia del mal radical como en las mencionadas novelas. McCarthy introduce en sus obras la existencia del mal radical, a la escala cotidiana de los márgenes de la sociedad del siglo XX (y añadiría XXI), márgenes que, como vemos cada día en los medios de comunicación, se van ampliando y abarcando a más población. Fue Hannah Arendt la que, tomando el concepto de Kant, le dotó de contenido, de tal manera que el mal radical seria el lugar de la dominación total, fundamento del totalitarismo y que en esta novela se encuentra especialmente en la cárcel mexicana de Saltillo.
Le siguieron por el pasillo. La sensación de una vida maligna dormitando en las jaulas oscuras que pasaban de largo (p. 204).
Algunos presos no figuraban siquiera en las listas, de tal manera que, aunque conservaran temporalmente la vida, estaban más vinculados al mundo de los muertos que de los vivos. Eran material superfluo, desechable, su destino era morir violentamente amenazados siempre por el terror de vivir como si ya hubieran muerto.



Todos los hermosos caballos (1992) fue premiada con el National Book Award y visibilizó a su autor como uno de los mejores autores norteamericanos.

La historia tiene como protagonista a un personaje espléndido, el adolescente de dieciséis años, John Grady Cole, que poco después de acabada la II Guerra Mundial (1949) decide, junto a su amigo Lacey Rawlins, marchar desde Texas a México para buscar una hacienda en la que trabajar como vaqueros. La aparición en el camino, que hacen a caballo, de otro adolescente que se les une, será el factor por el que penetrará los problemas y complicaciones. Partiendo de esta historia aparentemente sencilla McCarthy cuenta con su habitual estilo cortante, breve y conciso, una historia de amor a los caballos…
… y dijo que las almas de los caballos reflejan las almas de los hombres más fielmente de lo que los hombres suponen (…) (p. 128).
Lo que amaba en los caballos era lo que amaba en los hombres, la sangre y el calor de la sangre que los recorría. Toda su reverencia y todo su afecto y todas las tendencias de su vida se inclinaban hacia los ardientes de corazón, siempre sería así y nunca de otro modo (p. 10).
Una historia de libertad de dos adolescentes cabalgando…
Cabalgaron todo el día siguiente hacia el oeste a través de un paisaje de colinas. (…) Había tormentas al sur  y masas de nubarrones que se movían lentamente a lo largo del horizonte arrastrando bajo la lluvia sus largos y oscuros zarcillos. Aquella noche acamparon en un saliente de roca sobre las llanuras y contemplaron el relampagueo que por todo el horizonte provocaba una y otra vez desde la oscuridad sin costuras a las distantes cordilleras. Cuando cruzaban la llanura a la mañana siguiente encontraron agua estancada en las bajadas y abrevaron los caballos y ellos bebieron agua de lluvia de las rocas y subieron constantemente hacia la frescura de las montañas hasta que en el crepúsculo de aquel día vieron desde la cresta de las cordilleras el territorio del que les habían hablado (p. 107).
Una historia de amor con todos los ingredientes de pasión, erotismo, tragedia y transgresión.
De pie y temblando en el agua y no de frío porque no hacía ningún. No le hables. No la llames. Cuando se acercó, él le tendió la mano y ella la tomó. Era tan pálida en el lago que parecía estar ardiendo. Como luz fosforescente en un bosque tenebroso. Que ardía sin llama. Como la luna que ardía sin llama. Sus cabellos negros flotaban en el agua a su alrededor, caían y flotaban en el agua. Ella le rodeo el cuello con su otro brazo y miró hacia la luna en el oeste no le hables no la llames y entonces volvió el rostro hacia él. Más dulce por el hurto de tiempo y carne, más dulce por la traición (162).
Una historia de honradez, fidelidad, espiritualidad, coherencia, sufrimiento, imponderables, violencia y muerte. Cuando John Grady Cole vuelve de nuevo a Texas ha madurado, ¿es un adulto? Nunca da la impresión de que sea un adolescente, pero es indudable que su viaje al sur lo ha transformado definitivamente.
Un recurso literario muy habitual en las novelas de este autor es el silencio que parece apoderarse del relato de manera magistral y que se refleja a través del pensamiento:
Pensó que en la belleza del mundo se escondía un secreto. Pensó que el corazón del mundo latía a un coste terrible y que el dolor del mundo y su belleza se movían en una relación de equidad divergente y que en este temerario déficit podría exigirse en última instancia la sangre de multitudes por la visión de una única flor (p. 314).
El paisaje de frontera entre Texas y México está presente constantemente en la novela junto con los caballos en una propuesta, quizás, de retorno a la naturaleza frente a las transformaciones de la sociedad industrial. Una naturaleza salvaje, dura y agreste que nunca aparece idealizada y que es capaz de dotar de armonía, angustia o felicidad al ser humano cuando la escucha y la ve.

La lluvia había madurado todo el campo y la hierba de la cuneta era verde y luminosa por el agua retenida y las flores estaban abiertas por todo el campo. Aquella noche durmió a la intemperie, lejos de cualquier ciudad. No encendió ningún fuego. Yació escuchando al caballo comer la hierba de donde estaba atado y escuchando el viento en el vacío y contemplando cómo las estrellas formaban el arco del hemisferio y morían en la oscuridad en el confín del mundo y mientras yacía allí, la angustia de su corazón era como una estaca (p. 286).

viernes, 17 de julio de 2015

VASILI GROSSMAN, Vida y destino.

Un libro me lleva a otro y soy incapaz de librarme de esa cadena que se ha ido formando, y que enlaza uno con otro, como os he ido contando en las reseñas anteriores. De ninguna manera quería leer Vida y destino, primero porque tras acabar con Milosz deseaba salir del bucle de lecturas sobre las diversas modalidades del totalitarismo en el siglo XX, segundo porque tiene 1111 páginas y en mayo-junio estaba en el peor momento laboral para una lectura así. Os puedo prometer que por mis manos pasaron varias novelas mucho más breves y de tema diferente al de mi bucle, incluso empecé a leer una de ellas. Todo fue inútil y lo sabía. Tras tener esta obra en la estantería de pendientes varios años, había llegado el momento para su lectura, mi bucle me había preparado para ella, estaba madura para encarar esta monumental obra. Así que de perdidos al rio [Volga], me lancé a esta  Vida y destino, escrita en 1959, cuyo título encierra la vida de muchos personajes, de largos y difíciles nombres, agrupados en un listado que va de la página 1105 a la 1111. El destino parece guiar a los personajes de la novela de Grossman en una especie de guía fatal que parece contradecir el libre albedrío.
Y ahí estaba, una mujer vieja ahora; vive esperando el bien, cree, teme el mal, llena de angustia por los que viven y también por los que están muertos; ahí está, mirando las ruinas de su casa, admirando el precio de primavera sin saber que lo está admirando, preguntándose por qué el futuro de los que ama es tan oscuro y sus vidas están tan llenas de errores, sin darse cuenta de que precisamente esa confusión, esa niebla y ese dolor aportan la respuesta, la claridad, la esperanza, sin darse cuenta de que en lo más profundo de su alma ya conoce el significado de la vida que le ha tocado vivir, a ella y a los suyos. Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano no es ya forjador de su propia felicidad y que solo el destino tiene el poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penitenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos (p. 1092-1093).

Vasili Grossman nacido en el seno de una familia de origen judío en Berdychiv (Ucrania) en 1905, murió en Moscú en 1964. Ingeniero de formación, se dedicó desde los años treinta a la escritura. Cuando la URSS entró en la II Guerra Mundial, recorrió el frente como periodista del periódico Estrella Roja del ejército rojo y fue testigo de la liberación de los campos de concentración nazis sobre los que escribió. Estos relatos fueron utilizados como prueba en los juicios de Núremberg. Al acabar la guerra, Grossman empezó a dudar del régimen soviético, entre otras cuestiones, por el giro antisemita del stalinismo. Aunque Grossman nunca fue detenido, la presión sobre su persona y su obra se reflejaron en los registros de su vivienda y el secuestro de los manuscritos de sus obras, en especial esta Vida y destino, que nunca vio publicada en vida. Solo una red de resistentes pudo sacar una copia de la URSS y, finalmente, pudo ser publicada en Occidente en 1980.
De improviso, el sol poniente iluminó el camino, la casa muerta. Las órbitas quemadas de las casas se llenaron de sangre helada; la nieve sucia de hollín de los combates, excavada por las garras de las minas, resplandeció como el oro; se iluminó también la caverna rojo oscuro de las entrañas del caballo muerto, y la ventisca de nieve en la carretera formó un torbellino de bronce.La luz vespertina posee la propiedad de revelar la esencia de lo que está ocurriendo y de transformar las impresiones visuales en un cuadro, en historia, sentimiento, destino. Las manchas de barro y hollín, a la luz del sol poniente, hablaban con cientos de voces; con el corazón encogido uno comprendía la felicidad pasada, lo irreparable de las pérdidas, la amargura de los errores y el eterno encanto de la esperanza (p.929).
Esta novela, más decimonónica que del siglo XX por cómo relata la realidad sin pudor alguno, se mantiene en el puro realismo de los hechos con la intención de explicar la verdad de lo sucedido aunque sea desde la ficción de unas historias particulares. Grossman tenía que ser consciente del riesgo que corría al escribir una novela en la que la denuncia del totalitarismo soviético es letal, por ello debemos entender que tenía la voluntad de denunciar un régimen en el que había confiado durante un tiempo. Se compara esta obra con Guerra y paz de Tolstói por construir un fresco sobre los desastres de la guerra y de los sistemas totalitarios bajo los que vivía la población. No es una comparación marciana.
La lectura de esta novela se divide en tres partes, la última centrada en la batalla de Stalingrado (junio 1942- febrero 1943), verdadera protagonista de esta novela que planea sobre toda ella. Más de doscientos personajes y numerosos escenarios, convierten esta obra en una enormidad que obliga a consultar la lista de personajes y escenarios con frecuencia.



Dos bandos, dos totalitarismos que llegaron a una crueldad inaudita, dos ideologías contrapuestas (aunque un lúcido oficial alemán afirma lo contrario cuando interroga a un viejo bolchevique) y la inquietante similitud de dos dictadores, Hitler y Stalin. Solo hay una esperanza, la bondad y la libertad interior de las personas. Poco más. Es cierto que ensalza el heroísmo del pueblo soviético y la victoria sobre los alemanes, pero siempre desde la crítica a la falta de libertad, la vulnerabilidad de los inocentes y la arbitrariedad del poder totalitario del Estado y del Partido Comunista.
El poder del Estado había construido un nuevo pasado; hacía intervenir de nuevo a la caballería a su manera, exhumaba nuevos héroes para acontecimientos ya sepultados y destituía a los verdaderos. El Estado tenía poder para recrear lo que una vez había sido, para transformar figuras de granito y bronce, para manipular discursos pronunciados hacía tiempo, para cambiar la disposición de los personajes en una fotografía.Se forjaba realmente una nueva historia. Incluso los hombres que habían sobrevivido a aquellos tiempos volvían a vivir la existencia pasada, de valientes se transformaban en cobardes, de revolucionarios en agentes extranjeros (p. 346).
Grossman abarca en la novela escenarios diferentes que van entretejiendo con paciencia la trama de la novela y que abarca desde el campo de batalla, hasta un núcleo de científicos, campos de concentración alemanes, un campo de trabajo ruso, una jata ucraniana, la prisión de Lubianka en Moscú, la estepa calmuca, etc. En todos estos escenarios podemos ver las viviendas, las fábricas, los barracones, las cámaras de gas, las unidades de aviación y de tanques, y las personas que pululan tratando de hacer frente al frío, el hambre, las enfermedades y la guerra.
No hay unos protagonistas que estén en la totalidad del relato, aunque la familia Sháposhnikov es quien le da unidad. Contar la guerra a través de las relaciones familiares, amorosas y de amistad, es una manera de dar vida a la guerra en lo personal. La pena de las madres por sus hijos muertos (Liudmila y su hijo Tolia), la separación e incomunicación del núcleo familiar por la guerra y el holocausto (Anna Semiónovna y la carta a su hijo, el niño judío separado por azar de su madre y que encuentra en Sofía Ósipovna una segunda madre y tantos otros ejemplos que aparecen en la obra).
El narrador omnisciente se detiene en algunos personajes (en especial en el físico Viktor Pávlovich Shtrum que se ha considerado que era reflejo del propio Grossman con el que comparte muchos rasgos autobiográficos) para hacer reflexiones que abarcan un amplio espectro de temas: la sumisión y el exterminio, el humanismo, la amistad, el bien, el antisemitismo, la revolución soviética, la libertad, etc. Desde mi punto de vista destaca, por encima de todas las reflexiones, la del totalitarismo, el nazi y, especialmente, el soviético que tan bien conoció Grossman. Espectacular las sesiones de interrogatorio y  de tortura de un bolchevique leninista, que recuerdan los procesos de 1937, en el capítulo 43 de la tercera parte. Sensacional la carta de Anna Smiónovna a su hijo desde el gueto cuando es consciente de que va a morir, en el capítulo 18 de la primera parte. Impresionante, hasta erizar el vello y provocar el llanto, el trayecto hacia la cámara de gas de Sofia Ósipovna, en los capítulos 46-49 de la segunda parte. Muy lúcida la reflexión sobre la bondad sin sentido que transmite la fuerza del silencio del corazón humano y que salva a este de la maldad, en el capítulo 16 de la segunda parte.
¿Cómo se puede transmitir la sensación de un hombre que aprieta la mano de su mujer por última vez? ¿Cómo describir la última y rápida mirada al rostro amado? ¿Cómo se puede vivir  cuando la memoria despiadada te recuerda que en instante de aquella despedida silenciosa tus ojos parpadearon para esconder la grosera sensación de alegría que experimentaste por haber salvado la vida? ¿Cómo puede ese hombre enterrar el recuerdo de su esposa, que le depositó en la mano un paquete con el anillo de boda, algunos terrones de azúcar y unas galletas? ¿Cómo puede seguir viviendo al ver el resplandor rojo inflamarse en el cielo con fuerza renovada? Ahora las manos que él ha besado deben de estar ardiendo, los ojos que se iluminaban con su llegada, sus cabellos cuyo olor podía reconocer en la oscuridad; ahora arden sus hijos, su mujer, su madre (p. 690).
Vida y destino es una de las mejores novelas que he leído, su enfoque desde la ficción, hace posible comprender un momento histórico complejo dotándole de realidad casi histórica, casi psicológica, casi económica. Una magnífica novela que constituye una experiencia lectora de alto nivel.