viernes, 29 de mayo de 2015

LEE JUNG-MYUNG, El guardia, el poeta y el prisionero

Casualidades-causalidades, he estado leyendo a la vez a dos coreanos, algo que no es nada común, esta novela y los excelentes ensayos de Byung-Chul Han, filósofo que reside en Berlín desde hace años.


De nuevo fue una reseña de Agnieszka la que me llevó a esta obra de 311 páginas y de sugerente título que resalta la condición de  quienes protagonizan la novela. El narrador, guardia y prisionero, acepta su encarcelamiento, tras acabar la II Guerra Mundial, porque entiende que su mayor crimen fue:
(…) no hacer nada. No impedí la muerte innecesaria de personas inocentes. Guarde silencio ante la locura. Me tapé los oídos para no oír los gritos de los inocentes (p. 8).
Lee Jung-Myung, autor surcoreano, es toda una celebridad en su país donde ha publicado varias novelas. El guardia, el poeta y el prisionero, es la primera que ha sido traducida al español.


La novela se divide en dos partes subdivididas en capítulos breves de bellos títulos, contiene además un prólogo titulado, “Las cosas desaparecidas hace tiempo brillan como luciérnagas”. En este preámbulo dice el narrador  que la historia no trata de él, sino de la destrucción de la humanidad que entraña la guerra, de personas que carecen de humanidad y de los hombres más puros. Y añade:
Mi historia trata de dos personas que se conocieron en la cárcel de Fukuoka. (…) Un preso y un guardia; un poeta y un censor (p. 8).
En efecto, hay dos protagonistas, Sugiyama Dozan, guardia y censor, y Yun Dong-Ju, preso y poeta. Un japonés que ejerce la violencia en su condición de guardia, amparado por el expansionismo del Imperio japonés, contra los presos coreanos considerados peligrosos por sus ideas y la defensa de su identidad. El asesinato del primero, impensable en una cárcel de alta seguridad, provoca que el narrador entre en escena encargado de descubrir al culpable. Mientras se producen las indagaciones, desfilan ante nuestros ojos las mayores crueldades contra inocentes considerados inferiores: violencia, experimentos médicos, despojo de su condición de seres humanos al ser abandonados al frío, al hambre e incluso despojados de su identidad.

Me costó meterme en la historia pese a los muchos aspectos atractivos que contiene, no es el menor mi desconocimiento del maltrato de los japoneses a los coreanos, uno de los primeros países que ocupó Japón en su expansionismo territorial (1910) mucho antes del inicio de la II Guerra Mundial. Pero, poco a poco, el poder de la palabra que Lee Jung-Myung convierte en protagonista de su historia me fue atrapando. La poesía de Yun Dong-Ju, un autor que existió en la realidad, se convierte en el mejor antídoto contra las desgracias y en la única posibilidad de salvación.
Los libros me protegían de las rebeliones del momento y de mi angustia respecto al futuro (p. 29).
Los versos, como una cometa que vuela en el cielo recortado de la prisión, pueden convertirse en optimismo e ilusión. El gran peligro de los poetas es que creían que podían cambiar a la gente y el mundo. Por eso la necesidad de censores que incineraran las palabras y dejaran a los escritores sumidos en la desesperanza, abandonando su deslumbramiento por sus astutos versos y contaminados por el anarquismo (p. 102).

La poesía es un templo de palabras (p. 134).

Ese es el mensaje de los presos coreanos, el mensaje de los seres humanos, de los inocentes, de los hombres más puros:
(…) los libros seguían vivos, pues habían echado raíces en el corazón de los hombres. Seguían vivos dentro de los muros de esa cárcel brutal (p. 250).
El guardia, el poeta y el prisionero, habla de los libros que, quizás, deberían ser salvados en una situación de extrema violencia en contra de las personas. De entre todos ellos me quedo con un largo fragmento de Rilke sobre la poesía del que recojo un pequeño fragmento para concluir esta reseña:
Porque los poemas no son, como cree la gente, sentimientos (…), sino experiencias. Para escribir un solo verso tienes que haber visto muchas ciudades, muchas cosas y a muchas personas (…). Has de tener recuerdos de muchas noches de amor, muy diferentes unas de otras, de gritos en la sala de partos y de parturientas dormidas, tranquilas y pálidas, que se cierran. (…) Solo cuando se convierten en la sangre que corre por nuestras venas, en mirada y en gesto, cuando ya no tienen nombre y son indistinguibles de nosotros mismos, solo entonces puede suceder que, cuando menos lo esperes, se eleve entre ellos la primera palabra de un verso (pp. 236-237).

No sé si habré logrado contagiaros el deseo de leer esta hermosa novela en la que convive lo peor y lo mejor del ser humano, apenas he apuntado todo lo que contiene, pero cierro ya esta reseña con la confirmación de que he elegido algo certero en la vida: la palabra enlazada en narraciones y versos.

viernes, 22 de mayo de 2015

PRIMO LEVI, Si esto es un hombre

La primera mitad del siglo XX es una etapa que hace muchos años me tiene cautivada, tanto desde el punto de vista histórico como literario y artístico (en especial la arquitectura y la pintura). Encadeno lecturas que me llevan de un vértice al otro construyendo una visión poliédrica a la que le doy vueltas y vueltas. Fue Javier Cercas en El impostor, y el proyecto de un viaje para este verano, quién me condujo a la obra de Levi que tenía comprada desde hacía un tiempo. Y Levi me ha conducido a Eugen Kogon, El Estado de la SS. El sistema de los campos de concentración alemanes y éste quién sabe a dónde.


Esta reseña romperá con la guía habitual que sigo para comentar mis lecturas porque no me siento capaz de constreñirla a ningún esquema. Es un libro extraordinario que me ha impactado como hacía tiempo que no lo hacía ningún otro, así que prefiero que las impresiones surjan libres y diminutas, llenas de emociones, como si se tratara de riego por aspersión o polen primaveral. Mi intención es obvia, invitaros a leerlo, a impregnaros de su verdad, a emocionaros y a impresionaros con lo que es capaz de hacer el ser humano, con la poca heroicidad que tienen las víctimas que recorren Auschwitz al quedar reducidas a la nada:
Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha rebelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado la ropa, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca (p. 39).
Primo Levi, un químico que decidió integrarse en la Resistencia italiana, fue detenido y conducido, con 24 años, a uno de los campos que formaban  Auschwitz en 1944. Embarcado en un  vagón, fue consciente de que estaba en uno de los famosos trenes de guerra alemanes, los que no vuelven, aquellos de los cuales, temblando y siempre un poco incrédulos, habíamos oído hablar con tanta frecuencia (p. 22).



Leo su testimonio y trato de imaginar qué emociones, qué miedos, debían despertarse al oír cerrarse desde el exterior uno de esos vagones y quedar comprimidos de pie decenas de personas como si fueran mercancías en un viaje sin retorno. No puedo imaginarlo y, a pesar de ello, se me eriza el vello de los brazos.

Allí, como los demás judíos, Levi fue reducido a la condición de esclavo, un Häftling (preso), con un número tatuado en el brazo izquierdo (Levi era el nº 174517) y sometidos a la rutina constante del frío, hambre y maltrato en el que cada día era igual al anterior o al posterior si se tenía suerte y evitaba la “selección” para ser ejecutado:
Y en los andamios, en los trenes en maniobra, en las carreteras, en las excavaciones, en las oficinas, hombres y más hombres, esclavos y amos, y amos que son esclavos de ellos mismos; el miedo mueve a uno y el odio a los otros, toda otra fuerza calla. Todos son aquí enemigos o rivales (p. 67).
Como esclavo el trabajo era extremadamente duro, cada mañana entre la niebla, las marchas y canciones populares que les gustaban a los alemanes sonaban (son la voz del Lager [del campo]) y salían en formación, como autómatas; tienen las almas muertas y la música los empuja, como el viento a las hojas secas, y es un sustituto de su voluntad (…) Los alemanes lo han conseguido. Son diez mil y son solo una máquina gris: están determinados exactamente; no piensan y no quieren, andan (p. 83).

Y vuelvo a estremecerme al imaginar esa coreografía endiablada montada por los nazis para extinguir la esencia del ser humano, trato de revestirme con su piel para pensar qué debe ser optar por dejar de pensar para sobrevivir. No puedo; estremecida de horror solo puedo pensar en lo que ha sido capaz de hacer el ser humano con sus semejantes. Reflexiono sobre la evidencia de que en Auschwitz la lucha por la supervivencia no tiene remisión porque cada uno está desesperadamente, ferozmente solo (p. 151). Solo en el infierno, solo para sucumbir, solo para vaciarse de vida y de pensamiento.

Qué lejos quedan estas imágenes del cuadro que suelen imaginarse de los oprimidos que se unen, si no para resistir, cuando menos para sobrellevar algo (p. 156). La realidad es desoladora en los campos, todos, desde los SS malvados a los Häftling, todos los escalones de la demente jerarquía querida por los alemanes, están paradójicamente emparentados por una unitaria desolación interna (p. 209).

¿Qué más añadir? ¿Lo importante que era llegar al recipiente del aguado potaje, ni pronto ni tarde, para que fuera más nutritivo, o tener una cuchara, que no daban, para obligarles a comer como las bestias, o unos calzoncillos, o una cierta higiene sin jabón ni toalla, o unos zapatos, o un oficio especializado, o la astucia para sobrevivir, o tantas otras cuestiones que no concebimos? Levi sobrevivió, muchos ni siquiera tuvieron la oportunidad de saber si hubieran sido capaces de soportar el límite de una vida demencial porque directamente eran descargados en las cámaras de gas.


Un libro imprescindible, magnífico, extraordinario.

viernes, 15 de mayo de 2015

JEANETTE WINTERSON, El Powerbook.

De nuevo el entusiasmo de Ana, del blog Lo que leo lo cuento, me condujo a otra obra de Winterson. La novela, de 284 páginas, lleva como título el nombre dado por Apple a un ordenador portátil que lanzo en 1992 y que fue mejorándose con nuevos modelos a partir de entonces. Estamos ante una novela en la que el mundo virtual, alrededor del ordenador, se convierte en un instrumento que facilita las posibilidades del mundo real y la ficción.


Sobre la autora ya hablé brevemente en la reseña que hice de La niña del faro.

El Powerbook (2004) se basa en el cruce de mensajes entre dos personas que ocultan su verdadera personalidad, y así queda reflejado en la agilidad de los diálogos rápidos al modo de los foros de internautas. Ali, del que ni siquiera sabemos su sexo, se dedica a vender historias a la medida de quien se lo pide a través del ciberespacio.
Por eso pesco con una red de arrastre en mi pantalla, como un pescador de perlas, buscándote, tratando de ver más allá del disfraz. Supongo que he estado buscándonos toda mi vida (78).
Ali, que forma parte de la historia, es capaz de trasladarse a otros lugares y épocas (Lanzarote y Gineba, una chica capturada por piratas, un escalador del Everest, Francesca de Rímini en Dante o en Bocaccio, etc) con el objetivo de reflexionar sobre el amor y la pasión, elemento fundamental para que el amor alcance su verdadera dimensión:
Cuanto más dócil es mi amor, más lejos está del amor. En la ferocidad, en el calor, en el deseo, en el riesgo, encuentro algo de la naturaleza del amor. En mi deseo por ti, ardo a la temperatura adecuada para caminar sobre el fuego del amor (p. 219).
La autora escribe desde la sensibilidad y, por ese motivo, la poesía parece fluir con facilidad convirtiendo toda la narración en una excursión placentera por sus palabras y sus historias.
¿Por qué pareces escribirme para que yo pueda leerme? (p. 130).
(…) porque una historia es una cuerda floja entre dos mundos (p. 141).
Aunque hay muchos otros temas presentes en la novela: el paso del tiempo o el cruce entre realidad y ficción. Este último nos conduce a un tema debatido desde hace cientos de años, hace dos mil cuatrocientos años Gorgias, citado por Plutarco, dijo:
La poesía [es decir la ficción] es un engaño, en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar más sabio que quien no se deja engañar.

La literatura es una forma socialmente aceptable de narcisismo y Winterson crea y recrea su mundo personal a través de sus historias, quién se siente cercano a ellas se siente cautivado sin remedio. Y dicho esto, aunque sus temas me interesan, sus maneras me alejan de su obra, no conecto con su forma de narrar discontinua y sin hilo argumental e, incluso, con sus personajes.

viernes, 8 de mayo de 2015

BAZTÁN AL CUBO. DOLORES REDONDO, El guardián invisible. Legado en los huesos. Ofrenda a la tormenta.

Hacía tiempo que me habían hablado bien de esta autora; después leí algunas reseñas positivas respecto a esta trilogía del Baztán, zona que conozco por una visita turística que hice hace muchos años y que recuerdo con especial cariño, todo sumado me decidió a emprender su lectura combinándola con otras más exigentes.













Las novelas rondan las 500 páginas, excepto la primera que es algo más breve pero por encima de las 400 páginas. Sus títulos tienen resonancias míticas vinculadas con la naturaleza y con los crímenes cometidos en ellas.

Dolores Redondo nace en San Sebastián en 1969. Estudió Derecho y Restauración y comenzó escribiendo relatos cortos y literatura infantil. Tras una primera novela escrita en 2009, Los privilegios del ángel, publicó la primera novela de esta trilogía, El guardián invisible, en 2013 y las otras dos en 2014.


Aunque se la presenta como autora de novela negra, no comparto, en parte, esta clasificación y me parece, más bien, una sabia combinación de novela policiaca, mitología y conflictos familiares y amorosos. Ya comenté en una novela anterior, El leopardo de Jo Nesbo, las cinco características que diferencian la novela negra de la policíaca, así que vamos a ello.

1- Un crimen a investigar. En este caso no es uno sino una serie de crímenes que se producen en las tres novelas y que solo al final sabremos que están interrelacionados.

2- Una policía que descubre al culpable. En este caso la protagonista es Amaia Salazar, inspectora de homicidios de la Policía Foral de Navarra. Junto a ella encontramos a varios compañeros, parece que sólo una mujer reina dentro del grupo de homicidios, a los que no siempre les gusta reconocer a la “jefa”. Amaia es una auténtica heroína que no responde al modelo habitual de antihéroe de la novela negra. Solo su aceptación de la existencia, en pleno siglo XXI, de personajes de la mitología del Baztán la convierten en una policía algo atípica. Su búsqueda de la verdad que resolverá los crímenes desvelará quienes son los “buenos” y quienes son los “malos”. Solo en su ámbito familiar permite cierta gama de grises.

3- No rompe, por tanto, con el argumento de buenos y malos puesto que apenas desarrolla la escala de grises cayendo en el estereotipo de policía bueno-delincuente malo, así como que el bien siempre se impone cuando se produce la resolución del crimen.

4- No existe la contextualización humana y social de la criminalidad y la delincuencia, característica fundamental de mi gusto por la novela negra. A través de su novela poco o nada conocemos de la Navarra actual si exceptuamos los rasgos del crudo clima del Baztán y de sus solitarios y neblinosos paisajes.

El bosque en el Baztán es hechizante, con una belleza serena y ancestral que evoca sin buscarlo su parte más humana,la parte más etérea e infantil, esa que cree en las maravillosas hadas con pies de pato que vivían en el bosque, y que dormían durante todo el día para salir al anochecer a peinar sus largos cabellos dorados con un peine de oro que concedería a su portador cualquier favor que les pidiera, favor que ellas regalaban a los hombres, que, seducidos por su hermosura, les hacían compañía sin horrorizarse por sus extremidades de ánade (p. 92).
5- Sí posee una estructura narrativa impecable, es decir, una trama a través de la cual se desarrolla la acción y que nos guía perfectamente manteniendo siempre las ganas por conocer el desenlace. Su trama te engancha y no te suelta hasta que acabas la novela (la trilogía), los personajes están bien construidos, en especial la familia de Amaia Salazar y ese personaje tan entrañable de Engrasi.

6- Hay violencia exacerbada en los crímenes, un trasfondo amoroso que muestra escenas de sexo y un pasado atormentado en muchos de los personajes, incluida la protagonista. Y su peculiaridad, la mitología con su carga de leyendas y de personajes vinculados a una geografía y un clima peculiares.

Son novelas entretenidas, más dentro del género policíaco que negro. No me han acabado de convencer por el mensaje maniqueo que transmite.


viernes, 1 de mayo de 2015

JAVIER CERCAS, El impostor.

Tenía interés por este libro por muchos motivos, su autor me interesa desde que leí  su magnífica novela, Soldados de Salamina (2001), y sus reflexiones políticas y culturales a través de los artículos en la prensa. El impostor me interesaba, además, porque muy de pasada conocí a su protagonista, Enric Marco, y porque quería comprobar cómo Cercas lleva a cabo su pretensión de “novela sin ficción o relato real”.



El impostor (2014) trata, a lo largo de sus 425 páginas, de una persona que finge y engaña. Pero Cercas pretende ir más allá de desvelar la impostura y entender por qué la llevó a cabo. El pensamiento y el arte, dice Cercas, intentan explorar lo que somos revelando nuestra infinita, ambigua y contradictoria variedad, cartografiando así nuestra naturaleza… (p. 20). Marco no era solo fascinante por sí mismo, sino por lo que revelaba de los demás (p. 22).
Me dije que Marco había contado ya suficientes mentiras y que por lo tanto ya no podía llegarse a su verdad a través de la ficción sino sólo a través de la verdad, a través de una novela sin ficción o un relato real, exento de invención y de fantasía, y que intentar construir un relato así con la historia de Marco era una tarea abocada al fracaso (...) (p. 23).
Javier Cercas (1962), escritor y periodista, ejerció como profesor de filología durante bastantes años hasta el éxito logrado con Soldados de Salamina que le permitió dedicarse en exclusiva a ella. Sus obras suelen partir de una pregunta que trata de resolver entremezclando, en mayor o menor grado, hechos reales y ficticios.


El caso de Enric Marco saltó a todas las noticias cuando se descubrió que había mentido sobre su estancia en el campo de concentración alemán de Flossenbürg. Al frente del Amical de Mauthausen había dado cientos de charlas y conferencias representando a esta institución y tomó la palabra ante el Parlamento español en 2005 en una conmemoración del Holocausto. No todo era mentira, como dice Cercas, los buenos mentirosos no solo trafican con mentiras, sino también con verdades.

Marco no hizo sino lo que hizo la mayoría una vez acabada la guerra: (…) cedió, se resignó, dio su brazo a torcer, aceptó la vida bárbara, infame y claustrofóbica impuesta por los vencedores (p. 120). Marco, como la mayoría, dijo sí, mientras una minoría se rebelaba y decía no, por ello era un hombre corriente como tantos otros, nadie está obligado a la heroicidad de decir no. Sin embargo Marco quiso ser considerado y admirado dentro de esa minoría heroica y por eso mintió.

El impostor está dividido en tres partes y un Epílogo. En la primera parte, “La piel de la cebolla”, Cercas reflexiona sobre las muchas dudas que tuvo para escribir la obra.
La segunda parte, “El novelista de sí mismo”, gira alrededor de la mentira, de si la novela es mentira o no, y sobre su intento de realizar una novela sin ficción.
La tercera parte, “El vuelo de Ícaro (o Icaro)”, se extiende sobre las causas por las que pudo colar la impostura de Marco, la relación entre historia y memoria, las justificaciones de Marco y otros aspectos.
Y el Epílogo resulta ser una larga reflexión sobre la rebeldía, saber decir No cuando la mayoría dice Sí, el paralelismo entre Marco y el Quijote, y otros aspectos.
Enric es igual que Don Quijote: no se conformó con vivir una vida mediocre y quiso vivir una vida a lo grande; y, como no la tenía a su alcance, se la inventó (p. 33).

Esta obra no acaba en el caso de Marco sino que hay muchas reflexiones sobre la literatura y el arte, sobre su papel social, sobre la historia, sobre el pasado como dimensión del presente, sobre el significado de kitsch (entendido como mentira narcisista) aplicado al arte, a la historia o a la izquierda actual y sobre muchos aspectos de la transición y de los últimos años de la democracia en España. Una obra excelente que recomiendo.

viernes, 24 de abril de 2015

“ENTRE AYES Y AMOR MÍO”. FEDERICO ANDAHAZI, El anatomista.


No soy capaz de recordar cómo llegué a este libro, que le guste tanto a Carlos Alberto me induce a pensar que quizás fue él quien me lo recomendó. El anatomista es una novela de 282 páginas cuyo título hace referencia al oficio de su protagonista, Mateo Colón, que ejercía su oficio en los Estados italianos del siglo XVI. 
Mateo Colón era, eminentemente, italiano; hijo de la plástica, de la gala y el ornamento. Hijo pródigo de aquella Italia en la que todo, desde las cúpulas de las catedrales hasta el vaso donde bebía el labrador, desde los frescos que adornaban los palacios hasta la hoz con la que el campesino hacía la siega, desde los capiteles bizantinos de las iglesias hasta el cayado del pastor, todo, era de una factura prodigiosa (p. 34). 
Federico Andahazi (Buenos Aires, 1963), estudió psicología en la ciudad en la que nació y trabajo muchos años como psicoanalista hasta que en 1989 escribió su primera novela, que permanece inédita, y que lo condujo a la escritura. El anatomista (1996), que ganó el Premio Amalia Lacroze, generó una importante polémica en los medios de comunicación porque su mentora, la susodicha Amalia Lacroze, consideró que no respondía al objetivo por el que había sido creado el premio: «exaltar los más altos valores del espíritu humano». Pese a ello su obra alcanzó gran popularidad y fue traducida a treinta idiomas. 


La novela, ambientada en el Renacimiento y, especialmente, en Venecia, describe la vida de uno de los médicos más sobresalientes de su época, sus investigaciones, su descubrimiento del Amor Veneris (el clítoris), su pensamiento, la aplicación de descubrimientos científicos a las mujeres condicionados por el discurso de género que acusaba a las mujeres de “pecadoras” y el control, por parte de la Inquisición, de cualquier descubrimiento considerado peligroso para el monopolio que ejercía sobre la fe, la vida de los creyentes y la propia ciencia. 
Lo que quiero deciros es que el proceso de excitación sexual de la mujer no se inicia en los órganos sensoriales por la visión de un hombre, sino que se da espontáneamente y de manera natural, y tiene origen en el interior del cuerpo y, más precisamente en el órgano que ya os he descrito [el Amor Veneris]. La mujer es, siempre, el objeto del pecado (p. 213). 
Resulta curioso que un científico, como lo era Mateo Colón, enamorado de la bellísima prostituta Mona Sofía, emprenda la búsqueda de alguna pócima, algo totalmente acientífico, que le permita conseguir su amor: 
No anhelaba la comprensión de las leyes generales que gobernaban el oscuro proceder femenino, sino apenas, un lugar en el corazón de una mujer (pp. 60-61). 
Mientras buscaba la solución a su incomprendido amor, encuentra en otra mujer, Inés de Torremolinos, su América, su dulce tierra hallada, el clítoris. Una mujer nacida en Castilla que acabó abanderando, en 1559, la casta de putas más perfecta del Mediterráneo (p. 265) basada en la ablación del clítoris para poder ser, según las enseñanzas de Mateo Colón, dueñas de su corazón y de su emancipación. Cuando el anatomista sistematiza y describe su descubrimiento, tendrá que afrontar las envidias académicas y al temible poder de la Inquisición. El autor, en una deficiente traducción, relata de forma ágil, y utilizando la intriga en la descripción del proceso, una historia interesante en la que logra mezclar la tragedia, que suponían los procesos por brujería, y la ironía presente en mucho momentos.

viernes, 17 de abril de 2015

MARCEL PROUST, La parte de Guermantes. En busca del tiempo perdido III.

Tras la lectura del primer y segundo volumen de esta inmensa obra, no tenía claro continuar su lectura, pero junto con Carlos y Yossi  iniciamos su lectura a principios del mes de marzo y así quedó recogido, en gran parte, en el espacio que editamos para ir compartiendo impresiones.


La novela está dividida en dos partes que sitúan la segunda en la página 365 de 694, dividiendo la segunda parte en dos capítulos cuyo contenido detalla a diferencia de la primera parte.

Marcel, el narrador, vuelve a estar en París, en un piso de un edificio de los Duques de Guermantes desde cuyas ventanas y, a través de la criada, Françoise, observa las idas y venidas de esta familia de  la antigua nobleza.
La visita a Saint-Loup, su amigo, nos castiga con más de ochenta páginas cuarteleras en las que habla de los militares masones que no se confiesan y que aparecen como "patateros" y de "aspecto hosco de brigadas"; de tácticas militares; del capitán Borodino despreciado por ser noble de la época del Imperio napoleónico y todo ello aderezado con referencias breves a socialistas utópicos como Saint-Simon y Proudhon, el proceso Dreyfus y las desventuras amorosas de Saint-Loup.

La vuelta a París, provocada por el deseo de ver a su abuela, nos situará en los salones parisinos de la aristocracia, siempre despreciativa con la burguesía y el servicio. Su atracción hacia Oriane (la Sra de Guermantes) no le impide enamorarse aquí y allá de otras mujeres y observar los comportamientos de quienes convierten los salones en su vida de relación.

Destacaría las reflexiones que realiza Marcel sobre Rachel, la amante de Saint-Loup; sobre la Sra de Villeparisis, literata y de mala conducta; sobre el Sr. Charlus que le recomienda no ir a las reuniones de la alta sociedad; y, naturalmente, sobre el carácter de los Guermantes. Algunos momentos interesantes se producen alrededor del teléfono y las puertas giratorias. La muerte de su abuela y la enfermedad grave de Swann son aspectos relevantes por la importancia de estos personajes en los volúmenes anteriores.


El caso Dreyfus que conmocionó a la sociedad francesa entre 1894 y 1906, junto a la referencia a la guerra ruso-japonesa (1904), sitúa la trama, lenta y monótona, en estos años iniciales del siglo XX.

Marcel, tras recordar con todo lujo de detalles este ambiente aristocrático que tanto admiraba por la remembranza del  pasado medieval, acaba confesando que no escucha las conversaciones y que en realidad solo buscaba en ellas, placer poético. Dice Carlos, y coincido con él, que es una novela demasiado extensa para la trama que contiene, tan recargado en sus descripciones que resulta una lectura aburrida, si bien contiene algunas frases llenas de ingenio.  Y el tema que trata resulta para esta época poco interesante, al centrarse en esa aristocracia, ociosa, viciosa, sin oficio conocido, temerosa del trabajo, que se cree poseedora de unos derechos de nacimiento y que es profundamente clasista y antisemita.

Lo más interesante de la novela son las reflexiones que le sugieren sus recuerdos de ese tiempo perdido y rememorado. Su reconocimiento de que la idea de perfección es la idea por la que habría sacrificado mi vida. Esa idea era el primer motor de sus sueños (p. 56). Otra reflexión interesante es que:
Sentimos en un mundo y pensamos, nombramos, en otro, podemos establecer entre ellos una concordancia, para no colmar el intervalo. (…) Es que la diferencia que hay entre una persona, una obra marcadamente individual y la idea de belleza, existe también –y es grande- entre lo que nos hacen sentir y las ideas de amor, de admiración. Por eso, no las reconocemos (p. 61).
La llegada de la primavera resalta su capacidad para las descripciones de la naturaleza y para la delicadeza del lenguaje:
Entretanto, el invierno tocaba a su fin. Una mañana, después de unas semanas de chubascos y tormentas, oí en mi chimenea -en lugar del viento informe, elástico y sombrío que me daba ganas de ir al borde del mar- el arrullo de las palomas que anidaban en la muralla: irisado, imprevisto como un primer jacinto que desgarra suavemente su corazón nutricio para que de él brote -malva y satinada- su sonora flor e introductor -como una ventana abierta, en mi habitación, aún cerrada y negra- de la tibieza, el deslumbramiento, la fatiga de un primer día hermoso (p. 167).
Una curiosa afirmación sobre las mujeres:
Determinadas mujeres, hijas de la actitud, deben ir acompañadas de una gran cama en la que encontramos la paz junto a ellas, mientras que otras, para ser acariciadas con una intención más secreta, necesitan las hojas al viento y las aguas en la noche, son ligeras y huidizas como éstas (p. 450).

Y como no quiero alargar más esta reseña, para no provocar el cansancio y el aburrimiento, lo dejamos aquí añadiendo las muchas dudas sobre si continuaremos con el cuarto volumen.

viernes, 10 de abril de 2015

PASCAL MERCIER, Tren nocturno a Lisboa.

Cuando leí la reseña que hizo Agnieszka (he sido incapaz de encontrarlo entre sus etiquetas), supe de inmediato que tenía que leerlo. Y ahora sé que, en efecto, así era.


Ya en su primer capítulo caí en las redes de Gregorius, un bienjestorio como decía Joyce, un erudito maravillosamente aburrido, seco que para algunos parecía estar hecho sólo de palabras muertas, al que algunos colegas, envidiosos de su prestigio, llamaban “El Papiro” (p. 19). Ese erudito mostrará su capacidad para desmontar toda su vida al conocer brevemente a una mujer con abrigo rojo, desgarrada entre el amor y el odio, en el puente de Kirchenfeld (Berna).

Gregorius se dio la vuelta y caminó lentamente en dirección al puente de Kirchenfeld. Cuando el puente se hizo visible, tuvo la extraña, inquietante y a la vez liberadora sensación de que estaba a punto de tomar del todo las riendas de su vida, por primera vez a la edad de cincuenta y siete años (p. 25).

Que pudiera coger un tren nocturno a Lisboa (de ahí el título), y marchar de Berna, era para alguien como él una ruptura total puesto que su ciudad era una concha, una cueva habitable, un edificio seguro. Todo lo demás significaba peligro (p. 33). No desvelaré el porqué.

La novela de 525 páginas en la edición de bolsillo que encontré, temo que tiene algunos fallos de traducción que no perjudican su lectura pero, a veces, incomodan.

Pascal Mercier, seudónimo de Peter Bieri nació en Berna en 1944. Estudió filosofía, filología inglesa e indología en Londres. Su trabajo posterior se ha orientado hacia la filosofía de la mente, la epistemología y la ética. Actualmente es profesor de filosofía del Lenguaje en Berlín. Escribió su primera novela, no traducida al castellano, en 1995; Tren nocturno a Lisboa la publico en 2004 y fue traducida al castellano en 2012.


Tras conocer a la mujer del abrigo rojo, que resulta ser portuguesa, Gregorius encuentra por azar, un libro de un desconocido Amadeu de Prado y toma la decisión espontanea de marchar a Lisboa. Allí encontrara a diversas personas, con los que el autor construye una galería de magníficos personajes, que conocieron a Prado, un médico que colaboró con la Resistencia a la Dictadura de Salazar. Prado, un hombre que tenía una postura paradójica con respecto a muchas cosas, volcó su pensamiento y sus emociones en unas páginas que nos introducen en un laberinto de reflexiones sobre la vida, la amistad, la lealtad, la coherencia personal, el amor y la literatura.
Existía la gente que leía y las otras. Enseguida se notaba si alguien era lector o si no leía. No había entre los seres humanos una diferencia mayor que ésa. La gente se quedaba perpleja cuando él afirmaba tal cosa, y algunos sacudían la cabeza ante su excentricidad. Pero así era. Gregorius lo sabía. Lo sabía (p. 103).
La historia narrada está intercalada por fragmentos de los escritos de Prado en cursiva.
¿Cómo podemos ser felices sin la curiosidad, sin las preguntas, sin la duda y los argumentos? ¿Cómo podemos serlo sin la satisfacción del pensar? (p. 210).
¿Qué sabemos de alguien sino sabemos nada de las imágenes que provoca su fuerza imaginativa? (p. 339).
A través de Prado el autor indaga en las mil y una concesiones que el ser humano lleva a cabo para huir de la soledad, de la diferencia, de la censura social. ¿Qué sucedería, dice de nuevo Prado, si fuéramos fieles a nosotros mismos? ¿Por qué perdemos el tiempo en banalidades y dejamos aparcados deseos largamente acariciados para un tiempo posterior que luego nunca llega?
Y es que hay cosas demasiado grandes como el dolor, la soledad y la muerte, pero también la belleza, lo sublime y la felicidad (p. 498). Si no nos entregamos a la creencia en los dioses que nos proponen las religiones, solo nos queda la poesía de la vida individual.
De la poesía no se hablaba con entusiasmo. La poesía se leía. Se la leía con la lengua. Se vivía con ella. Se sentía la manera en que nos conmovía y nos transformaba; la manera en que contribuía a dar una forma a la propia vida, una coloración, una melodía (p. 498).

Una lectura inolvidable que nos asalta con preguntas sinfín y que nos turba con las reflexiones de los múltiples personajes que la pueblan y que plantean esos temas eternos que nos inquietan y nos permiten alcanzar la satisfacción del pensar.

viernes, 3 de abril de 2015

RICHARD ELLMANN, James Joyce.


Cuando decidí buscar esta biografía lo hice pensando que conocer a Joyce me permitiría comprender mejor sus obras y lucirme con una súper reseña en la que trazaría los rasgos principales de su vida. Tras leer sus 834 páginas, que se amplían con notas y bibliografía a 942, no me siento capaz de tal proeza.
La lectura de esta larga y documentada biografía clarifica mucho de la personalidad de Joyce y de su literatura. Sus páginas van desgranando con minuciosidad las peripecias vitales del niño, del adolescente, del joven y del adulto, que van forjando un carácter tozudo, persistente, confiado en su genialidad, arriesgado y aventurero, polemista, bebedor infatigable, lleno de vida y de humor.
Su oscuro y fuerte cabello, partido por la mitad cuando se dignaba peinarse, y su terco mentón eran los dos rasgos más recios de un rostro que por lo demás parecía delicado, con su nariz afilada, pálido ojos azules y su boca ligeramente fruncida. Su rostro era más bien expresivo. Su miopía empezaba a conferirle personalidad y, en lugar de forzar la vista o de llevar gafas, adoptaba una mirada de indiferencia. Era delgado y al final de su vida apenas aumentó de peso (pp. 82-83).
De la misma manera que se repasa su personalidad, sus relaciones familiares (en las que su mujer Nora tiene un papel fundamental en su vida) y sus amistades y enemistades, se repasa el origen y concepción de todas sus obras y cómo llevó a cabo el proceso de escritura. De su lectura se deriva la importancia que tenían para Joyce los mil y un detalle de su vida cotidiana que iba insertando en sus obras y que es imposible conocer en su totalidad para poder comprenderlas.
Visto desde nuestros días, parece claro que el “Monstruo” como llamó Joyce varias veces a Finnegans Wake, tenía que ser escrito, y que él debía escribirlo. Es posible que en la actualidad haya lectores que se quejen de que su autor no decidiera hablarles más directamente, pero parece que esa posibilidad no existía para él. En sus narraciones de Dubliners, Joyce había explorado la conciencia del hombre despierto desde fuera. En A Portrait y Ulysses  había llevado el examen desde dentro. Y había empezado a tratar, aunque sólo muy cautelosamente, la mente dormida. Ante él quedaba, como muy bien sabía en 1922, todo ese mundo casi completamente inexplorado (p. 802).
En estas páginas queda descrito un escritor excepcional que apenas triunfó en vida aunque empezó a ser reconocido, un hombre que se negó a volver a su país, un ser humano que cambió de vivienda y de ciudad (Pola, Roma, Trieste, Zurich y París) cuando las circunstancias económicas, políticas o personales lo conducían a hacerlo. Un marido y padre de familia preocupado por los suyos y despreocupado de sus rutinas. Una vida marcada por la provisionalidad y la desorganización pero que siempre tuvo un objetivo preciso: ser escritor y difundir su obra pese a los muchos inconvenientes con los que tropezó. Una personalidad contraria a los convencionalismos burgueses, extravagante, despreocupada de acontecimientos tan graves como las dos guerras mundiales, dolorido por la enfermedad mental de su hija Lucía y en eterna discusión con su hermano Stanislau. Quejoso de sus múltiples enfermedades entre las que destaca la temida ceguera.


Después de tantos meses de lectura de esta biografía tengo anotados fragmentos en decenas de hojas en las que aparecen indicaciones que me han parecido interesantes y que no puedo reproducir porque sus dimensiones acabarían aburriendo, si no lo he hecho ya, a quienes han llegado hasta aquí.

Mi admiración por James Joyce no puede crecer más, queda arraigada en mí, convirtiéndose para siempre en uno de los escritores cruciales de mi vida lectora.