Descubrí a esta autora cuando publicó Juego
de niños, su segundo libro en castellano (2003), me gustó tanto que busqué
y leí su obra anterior, El secreto. Hacía
algo más de diez años que no había leído nada de ella cuando vi una reseña de El jilguero, sorprendida le comenté a mi
librera que si se me había pasado alguna obra en este tiempo y me confirmó que
no, que Donna Tartt solo había escrito tres novelas en veintiún años a un ritmo
de diez y once años entre ellas. Solo esto ya nos indica que estamos ante una
escritora peculiar. La novela, al igual que las dos anteriores, es muy
voluminosa, en este caso 1.143 páginas. Hablar sobre el título no es difícil,
la novela gira en torno a una pintura de Carel Fabritius (1654) que lleva ese
título.
Era pequeño, el más pequeño de la exposición, así como el más sencillo: un jilguero amarillo sobre un fondo pálido y liso, encadenado por una pata a la percha sobre la que estaba posado.Fue alumno de Rembrandt y maestro de Vermeer –continuó mi madre-. Y este pequeño cuadro es en realidad el eslabón perdido entre los dos; en esa pura y clara luz del día ves de dónde sacó Vermeer la cualidad de la luz (p. 45).
La novela está dividida en cinco partes y un total de 12 capítulos. Theo
Decker, un adolescente de 13 años que ha sido expulsado del colegio, entra con
su madre en el Metropolitan Museum de N. York para refugiarse de la lluvia
antes de ir a la reunión en el colegio. Su madre le conduce a ver la obra de
Fabritius y allí se quedará prendado del cuadro y de una adolescente pelirroja
de su edad que está en la misma sala.
Una explosión en el museo le cambiará la vida a Theo, los diez años
siguientes son un caos que tratará de afrontar buscando el cariño de personas
de su edad y adultos, siempre acompañado por un gran secreto.
Un tema recurrente en la novela es cómo la belleza pura puede alterar la
realidad, siendo su búsqueda una trampa, la vía rápida hacia la amargura
y el dolor. Otra de las claves importantes: lo que se ama o lo que importa
puede ser una ilusión, pero pese a ello ahí puede residir el encanto de todas las cosas por las que merece la pena vivir. Y
la tercera clave: no elegimos nuestros sentimientos y eso bien puede significar
querer lo que no es bueno para uno mismo o para los demás porque, en
definitiva, no escogemos ser las personas
que somos (p. 1.127). La fatalidad, como condicionante de la libertad,
conduce a Theo a situaciones y aventuras variopintas en las que se va situando,
sin buscarlo, al margen del sistema: robo, estafa, consumo de drogas y alcohol,
asesinato… Y todo ello es lo que Theo escribe a su amada pelirroja, Pippa, a la
que se vinculó observando el Jilguero y a la que ama sin posibilidad de ser
correspondido como el desea.
Porque si son nuestros secretos los que nos definen, y no la cara que mostramos al mundo, entonces el cuadro es el secreto que hizo que me elevara por encima de la superficie de la vida y que me permitió averiguar quién era yo. Y está ahí, en cada página de mis cuadernos, aunque no lo esté. Sueño y magia, magia y delirio. La teoría del campo unificado. Un secreto de un secreto (p. 1.132).
Theo queda marcado por verdades que no puede o no sabe comprender: el
misterio, lo inexplicable, lo que no encaja, la ambigüedad. Y es en esa empresa
en la que la autora, a veces, pierde el norte alargando momentos o
complicándolos en exceso. Pese a ello es una novela que atrapa al lector en sus
“garras” y no lo suelta, es adictiva, necesitas saber cómo saldrá adelante
Theo. Y lo peor el volumen y el peso consiguiente, gran incomodidad para
leerla. Esperaré diez años para leer su cuarta novela, Donna Tartt es una
excelente novelista.




















