viernes, 14 de agosto de 2015

CARLOS GONZÁLEZ REIGOSA, Intramundi.

Esta novela es un libro viajero que se mudó de una biblioteca, la de un amigo, a la mía por expreso deseo suyo y para celebrar mi cumpleaños. Es un libro que me trae el calor, el aroma y el poso de una biblioteca que tiene dos espacios en los que se asienta: Castilla y, especialmente, Galicia. Se trata de una historia que he leído despacio pero viajando yo misma, puesto que la inicié en el mediterráneo y la acabé de leer en Madrid.


Intramundi (2002), a lo largo de sus 262 páginas, nos traslada a Galicia, a un lugar que existe y no existe, Tras da Corda, a una época  pasada, pero presente hoy, la II República, la guerra civil y el franquismo. El significado del título está en la propia novela, es el nombre que Doña Escolástica, maestra en el valle durante la dictadura franquista, da a Tras da Corda:
(…) todo lo que ocurría dentro de él era suficiente para llenar la vida de sus habitantes y, a la vez, nada de ello parecía interesar fuera. Debería llamarle Autarquía (…), pero esta palabra, probablemente certera, no le decía nada. Lo que Doña Escolástica veía era un mundo interior que sólo ella, quizá por venir de fuera, era capaz de detectar y de percibir en toda su intensidad. Un Intramundi anclado en sí mismo y ajeno al resto del mundo (pp. 147-148).
Carlos González Reigosa (Lugo, 1948), licenciado en Ciencias Políticas y Ciencias de la Información, es periodista y autor de diversas novelas y relatos cortos. Acostumbra a escribir en gallego y en esta comunidad ganó el Premio Xerais de novela en 1984 por la novela Crimen en Compostela. Así mismo, recibió el Premio Internacional Rodolfo Walsh de literatura testimonial en 1996.


Tengo que reconocer que para mí era un autor totalmente desconocido pese a que sus novelas han sido publicadas en castellano.

Intramundi  está dividido en cuatro partes siguiendo una división cronológica: 1928, final de la dictadura de Primo de Rivera y II República; 1936, guerra civil e inicio del franquismo; 1948, la etapa más dura del totalitarismo y la de mayor penuria económica, y los inicios del desarrollismo; 1966, la etapa tecnocrática del desarrollo económico. El autor procura explicar cómo los cambios que se producían en el país afectaban a una población aislada en la que el poder era del cacique. En ese mundo, aparentemente inmóvil, hay aspectos que sí que incidieron de manera destacada y cambiaron el mundo de Tras da Corda en los cincuenta años por los que transita esta historia.
La Historia que uno merece y la que vive casi nunca tienen que ver (p. 250).
La memoria es el único paraíso del que no nos pueden echar (p. 255).
El autor convierte la construcción de una carretera, que uno de sus habitantes, Ángel Xesto, impulsa como factor de cambio y de apertura al resto del mundo, en el “caballo de troya” contra el inmovilismo representado por el cacique y el cura del pueblo. Sin embargo, la II República con el caudal de ideas innovadoras transformó a algunos de sus habitantes de forma notoria tanto en las relaciones personales como políticas. Sin duda alguna hay algunos personajes significativos alrededor de los que pivota la novela como Ángel Xesto, un hombre honrado, honesto, con la rebeldía cotidiana del que no se incorpora a organizaciones políticas por su individualismo consustancial y cuyo oficio tradicional, zuequero, le permite no depender directamente del segundo personaje relevante, D. Nazario, el cacique que procuraba que no se produjeran cambios en sus dominios. Dolores Teixeiro, compañera de Ángel, que mantiene su opción de mujer libre en un medio tan cerrado como Tras da Corda y Saúl Centeo, socialista, que se echó al monte formando una agrupación del maquis, “Aurora Libre”, y luchando contra el franquismo con las armas, constituyen otros dos personajes de relevancia.
Dios se había equivocado al poner al hombre al frente de tanta maravilla, y quizá algún día pagase muy caro su error. No veía nada menos fiable en toda la creación que el ser humano. De todas las demás criaturas se sabía lo que se podía esperar; del hombre, no. Nunca (p. 195).
La resistencia contra el cambio, los partidarios de éste, las costumbres y tradiciones de un valle hermoso y cerrado que no facilit  los cambios, y los acontecimientos históricos, forman una narración bien hilvanada y unos personajes definidos y con personalidad.
Un paisaje mil veces evocado comenzó a desfilar a su alrededor. El verde oscuro de los bosques, el verdegay de los campos abiertos, el verdiseco de los yermos montañosos, el verdoyo de las hierbas frescas, el verdemar de las rías, el verdeazul de los cielos… (p. 247).
Cuando leí este fragmento con tal variedad de posibilidades del verde, pensé en este fragmento de Cristina Peri Rossi, extraído de El viaje:
(…) los ojos y el alma necesitan el verde para descansar. 
 Y me quedé pensando si, justamente, era ese el motivo que había llevado a mi amigo a regalarme este libro de su biblioteca… ¿Quién sabe?

viernes, 7 de agosto de 2015

ELVIRA NAVARRO, La trabajadora.

No elegí esta novela, fue un regalo de una amiga que pidió consejo en una librería alternativa (por sus actividades culturales asociadas a la librería) que frecuentamos. Fue una mujer veinteañera quien se la recomendó y digo esto porque, quizás, sea relevante ese dato; o no, no lo sé.
La novela es bastante breve, 155 páginas, y su título trata de reflejar, supongo, el modelo de trabajadora actual en precario.


Elvira Navarro (Huelva, 1978) es licenciada en Filosofía y una escritora relativamente novel puesto que esta es su cuarta obra, publicada en el 2014. Es autora de un blog, Periferia, sobre los barrios de Madrid en el que explora los espacios limítrofes y periféricos de la gran ciudad. Algo de ese interés aparece en esta novela.



El tema: dos mujeres jóvenes, bueno una joven y la otra, cuarentañera que parece joven, más por la vida que lleva que por otra cosa. Susana y Elisa, comparten piso por falta de recursos económicos para poder vivir solas. Lugar: Madrid, en concreto Aluche, un barrio de la periferia madrileña (que conocí en circunstancias parecidas a las de ambas protagonistas hace unos cuantos años), una zona limítrofe. Empleos precarios, salud mental precaria. Ambas situaciones vinculadas por la desesperanza.

Todo lo que cuenta sé que es real, sin embargo, yo que soy capaz de creerme que una mujer se enamora de un oso, no me creo la historia que me cuenta Elvira Navarro. Hay algo impostado, algo teatral, que no me ha permitido conectar con nada de lo que me explica, de hecho solo he logrado destacar un párrafo que habla de bibliotecas.

No se trata de que un escritor nos cuente la “realidad”, eso lo hace cualquier periódico o medio de comunicación. Se trata de que elabore una historia llena de vida en la que palpite el aliento y transpire el agobio de la precariedad y la enfermedad mental que puede estar asociada a ella.



Byung-Chul Han  en La sociedad del cansancio, parte de la idea de que toda época tiene sus enfermedades emblemáticas y la actual es la neuronal (con enfermedades como la depresión, el trastorno  por déficit de atención con hiperactividad –TDAH-, el trastorno límite de la personalidad –TLP- o el síndrome de desgaste ocupacional –SDO-). Estas enfermedades no son infecciones, son infartos ocasionados por un exceso de positividad. Desaparece la otredad y la extrañeza propia de la etapa viral e inmunológica y es sustituida por la diferencia que no produce ninguna reacción inmunitaria ya que el paradigma inmunitario no es compatible con el proceso de globalización y de hibridación. La desaparición de la otredad significa que vivimos en un tiempo pobre de negatividad, aunque la violencia puede aparecer también de lo idéntico. Lo idéntico no conduce a la formación de anticuerpos ya que en un sistema dominado por lo idéntico no tiene sentido fortalecer las defensas del organismo. La violencia de la positividad, que resulta de la la superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación, no es “viral”; el agotamiento, la fatiga y la asfixia ante la sobreabundancia tampoco son reacciones inmunológicas  porque carecen de negatividad. La violencia de la positividad no es privativa, sino saturativa; no es exclusiva, sino exhaustiva. Por ello, es inaccesible a una percepción inmediata. La violencia neuronal no parte de una negatividad extraña al sistema, más bien es sistémica, es decir, consiste en una violencia inmanente al sistema.


Lo que cuenta Navarro está contado ya en otros ámbitos, a ella le tocaba construir una historia y, desde mi punto de vista, no lo logra, así que todo es un discurrir errático, sin emoción y sin verdad.

viernes, 31 de julio de 2015

MARIAN ENGEL, Oso.



El oso siempre tendrá, para mí, connotaciones diferentes por su poder evocador de cuentos infantiles, películas, reportajes sobre animales y naturaleza  y, finalmente, de una persona querida que muestra ciertos paralelismos osunos que no desvelaré aquí y que él siempre ha indicado con su característico humor. 
Cuando Ana, de Lo que leo,lo cuento, reseñó esta novela, me fui a buscarla para mí y para el Oso.

La novela es una historia con breve, pero intenso, recorrido, 171 páginas. Su título no requiere mucha explicación puesto que responde al hecho de que hay un oso con el protagonismo que recoge perfectamente la portada de la edición de Impedimenta publicada en 2015. Pero la novela no es reciente ya que fue publicada en 1976, recibiendo ese mismo año el Governor General’s Literary Award.


Marian Engel, nacida en 1933 en Toronto, murió en 1985. Es considerada una de las mejores escritoras canadienses en la actualidad. Su primera novela fue publicada en 1968 y Oso es considerada su obra maestra.
Es una novela obscena y extraña, señaló un crítico canadiense sobre esta novela. Sin embargo, su lectura no ha ofendido a mi pudor en ningún momento, sí diría que es extraña y sorprendente puesto que no es habitual una relación sexual entre una mujer y un oso, un oso no humanizado, aunque tampoco es un animal salvaje, desde luego, teniendo algo de humano por su docilidad en el trato con las personas.



Es una novela de libros, y de una biblioteca, que Lou, una joven tímida que se refugia en su trabajo para esconderse a sí misma su fracaso en el amor y en el sexo, tiene que catalogar. El escenario de la novela se desarrolla en una isla a la que la protagonista tiene que viajar para catalogar la biblioteca, donada al instituto en el que trabaja, por un enigmático Coronel Jocelyn Cary con el que entablará un curioso diálogo a través de pequeñas notas que ella encuentra entre las páginas de algunos libros. La biblioteca está en una gran casa victoriana, en la mencionada isla,  en la que hay otro habitante, un oso que, encadenado cerca de la casa, tiene que cuidar.
Lou entró y se sentó aturdida a la mesa de la cocina. Oyó el ruido de la motora alejándose; después, nada. Abrió dos puertas para ver crepitar el fuego del dormitorio. Así que este era su reino: una casa octogonal, una sala llena de libros y un oso (p. 33).
A partir de su llegada a la isla y a la casa, Lou inicia un descubrimiento de sí misma que la llevará a un puerto inesperado que, sin embargo, la hará crecer como persona. La prosa de Engel, sencilla, tierna, ágil y entrañable, me fue cautivando y preparando para lo impensable.
Lou, que viene de la ciudad, pronto descubre su amor por la naturaleza incluyendo, naturalmente, la nieve.
Era esa nieve blanda y espesa que entusiasma a menos que se esté conduciendo o agonizando; copos acumulados que ahora ya caían, como orugas, de las verdes ramas. Volvió a olfatear. La nieve tiene su propio aroma frío (p. 53).
La naturaleza le descubrirá  un silencio precioso y afelpado, en el que cualquier sonido, incluso el cuchillo de la mantequilla rascando la tostada, le lleva a pensar que: No todo el mundo, (…) está hecho para convivir con el silencio (p. 54).
Pero la autora construye un personaje que enseguida se adapta al silencio y al ritmo que marca la naturaleza de la isla.
La lluvia cesó de repente un poco más tarde. Salió el sol y resplandeció entre los árboles, transformando sus vistas desde la biblioteca en un asombroso túnel de vegetación. Lou se puso las botas y bajó al rio. La lancha estaba medio hundida. Achicaría el agua después. Ahora quería escuchar el mundo fluvial que se sacudía el agua de las alas.El avetoro soltó un bramido sobrecogedor. Una bandada de golondrinas recién llegadas se escoró repentinamente en el cielo. Saltó un pez. A sus pies, las huevas de rana brillaban al sol (p. 73).
Que esa comunión con la naturaleza se prolongue en una íntima relación con el oso resulta sorprendente, que esa relación de bestialismo tenga una carga de amor y ternura que la aleja de las parafilias, aún resulta más asombroso.
Ahora sabía que lo amaba. Un amor tan extravagante que el resto del mundo se había convertido en un estrecho nudo sin sentido, salvo por el paisaje que, neutral y ajeno a ellos, gozaba de sus propios orgasmos de verano (p. 143).
Su delicadeza nos acompaña siempre, incluso cuando se aleja de la isla y de la experiencia que la transforma y la hace madurar. Cierra la novela con unas bellas líneas de forma perfecta:

Llevaba un jersey grueso y viajó con las ventanas abiertas hasta que el olor de la tierra dejó de ser el del agua y los árboles para convertirse en ciudades y polución. Era una noche brillante, resplandecían las estrellas y, allá arriba, la Osa Mayor y sus treinta y siete mil vírgenes le hacían compañía (p. 171).

viernes, 24 de julio de 2015

CORMAC McCARTHY, Todos los hermosos caballos.


Desde que leí La carretera supe que McCarthy podía llegar a ser uno de mis autores favoritos, las lecturas posteriores han confirmado esta impresión.

Tenía la “Trilogía de la frontera” desde hacía tiempo pero no encontraba el momento de empezar su lectura. Resulta que leer a McCarthy me deja exhausta, coloca a sus protagonistas en situaciones de fuerte desgaste emocional, incluso al límite como en el caso de la novela que he mencionado al principio. Parece que con este escritor necesito acumular energía porque la voy gastando página a página y no siempre voy sobrada. Puede ser esa la razón por la que he dejado pasar casi dos años desde La oscuridad exterior, una obra en la que el autor introducía paisajes apocalípticos del Oeste americano, monstruosidades y temores que venían de la oscuridad exterior y que iban estallando en momentos determinados como luminarias que me dejaban sin aliento.

Con Suttree, McCarthy utiliza el río para escribir la metáfora de la vida, con su discurrir imprevisible. Sin llegar al límite de la desesperanza en que nos coloca La carretera, construye una situación angustiosa que solo salva la generosidad del personaje principal.


¿Y  con este primer volumen de la “Trilogía”? Mi sorpresa ha sido mayúscula porque he pasado gran parte de la novela esperando que las cosas se torcieran de manera irreparable y, aunque hay momentos de violencia extrema, no he tenido la sensación de soledad angustiosa y de presencia del mal radical como en las mencionadas novelas. McCarthy introduce en sus obras la existencia del mal radical, a la escala cotidiana de los márgenes de la sociedad del siglo XX (y añadiría XXI), márgenes que, como vemos cada día en los medios de comunicación, se van ampliando y abarcando a más población. Fue Hannah Arendt la que, tomando el concepto de Kant, le dotó de contenido, de tal manera que el mal radical seria el lugar de la dominación total, fundamento del totalitarismo y que en esta novela se encuentra especialmente en la cárcel mexicana de Saltillo.
Le siguieron por el pasillo. La sensación de una vida maligna dormitando en las jaulas oscuras que pasaban de largo (p. 204).
Algunos presos no figuraban siquiera en las listas, de tal manera que, aunque conservaran temporalmente la vida, estaban más vinculados al mundo de los muertos que de los vivos. Eran material superfluo, desechable, su destino era morir violentamente amenazados siempre por el terror de vivir como si ya hubieran muerto.



Todos los hermosos caballos (1992) fue premiada con el National Book Award y visibilizó a su autor como uno de los mejores autores norteamericanos.

La historia tiene como protagonista a un personaje espléndido, el adolescente de dieciséis años, John Grady Cole, que poco después de acabada la II Guerra Mundial (1949) decide, junto a su amigo Lacey Rawlins, marchar desde Texas a México para buscar una hacienda en la que trabajar como vaqueros. La aparición en el camino, que hacen a caballo, de otro adolescente que se les une, será el factor por el que penetrará los problemas y complicaciones. Partiendo de esta historia aparentemente sencilla McCarthy cuenta con su habitual estilo cortante, breve y conciso, una historia de amor a los caballos…
… y dijo que las almas de los caballos reflejan las almas de los hombres más fielmente de lo que los hombres suponen (…) (p. 128).
Lo que amaba en los caballos era lo que amaba en los hombres, la sangre y el calor de la sangre que los recorría. Toda su reverencia y todo su afecto y todas las tendencias de su vida se inclinaban hacia los ardientes de corazón, siempre sería así y nunca de otro modo (p. 10).
Una historia de libertad de dos adolescentes cabalgando…
Cabalgaron todo el día siguiente hacia el oeste a través de un paisaje de colinas. (…) Había tormentas al sur  y masas de nubarrones que se movían lentamente a lo largo del horizonte arrastrando bajo la lluvia sus largos y oscuros zarcillos. Aquella noche acamparon en un saliente de roca sobre las llanuras y contemplaron el relampagueo que por todo el horizonte provocaba una y otra vez desde la oscuridad sin costuras a las distantes cordilleras. Cuando cruzaban la llanura a la mañana siguiente encontraron agua estancada en las bajadas y abrevaron los caballos y ellos bebieron agua de lluvia de las rocas y subieron constantemente hacia la frescura de las montañas hasta que en el crepúsculo de aquel día vieron desde la cresta de las cordilleras el territorio del que les habían hablado (p. 107).
Una historia de amor con todos los ingredientes de pasión, erotismo, tragedia y transgresión.
De pie y temblando en el agua y no de frío porque no hacía ningún. No le hables. No la llames. Cuando se acercó, él le tendió la mano y ella la tomó. Era tan pálida en el lago que parecía estar ardiendo. Como luz fosforescente en un bosque tenebroso. Que ardía sin llama. Como la luna que ardía sin llama. Sus cabellos negros flotaban en el agua a su alrededor, caían y flotaban en el agua. Ella le rodeo el cuello con su otro brazo y miró hacia la luna en el oeste no le hables no la llames y entonces volvió el rostro hacia él. Más dulce por el hurto de tiempo y carne, más dulce por la traición (162).
Una historia de honradez, fidelidad, espiritualidad, coherencia, sufrimiento, imponderables, violencia y muerte. Cuando John Grady Cole vuelve de nuevo a Texas ha madurado, ¿es un adulto? Nunca da la impresión de que sea un adolescente, pero es indudable que su viaje al sur lo ha transformado definitivamente.
Un recurso literario muy habitual en las novelas de este autor es el silencio que parece apoderarse del relato de manera magistral y que se refleja a través del pensamiento:
Pensó que en la belleza del mundo se escondía un secreto. Pensó que el corazón del mundo latía a un coste terrible y que el dolor del mundo y su belleza se movían en una relación de equidad divergente y que en este temerario déficit podría exigirse en última instancia la sangre de multitudes por la visión de una única flor (p. 314).
El paisaje de frontera entre Texas y México está presente constantemente en la novela junto con los caballos en una propuesta, quizás, de retorno a la naturaleza frente a las transformaciones de la sociedad industrial. Una naturaleza salvaje, dura y agreste que nunca aparece idealizada y que es capaz de dotar de armonía, angustia o felicidad al ser humano cuando la escucha y la ve.

La lluvia había madurado todo el campo y la hierba de la cuneta era verde y luminosa por el agua retenida y las flores estaban abiertas por todo el campo. Aquella noche durmió a la intemperie, lejos de cualquier ciudad. No encendió ningún fuego. Yació escuchando al caballo comer la hierba de donde estaba atado y escuchando el viento en el vacío y contemplando cómo las estrellas formaban el arco del hemisferio y morían en la oscuridad en el confín del mundo y mientras yacía allí, la angustia de su corazón era como una estaca (p. 286).

viernes, 17 de julio de 2015

VASILI GROSSMAN, Vida y destino.

Un libro me lleva a otro y soy incapaz de librarme de esa cadena que se ha ido formando, y que enlaza uno con otro, como os he ido contando en las reseñas anteriores. De ninguna manera quería leer Vida y destino, primero porque tras acabar con Milosz deseaba salir del bucle de lecturas sobre las diversas modalidades del totalitarismo en el siglo XX, segundo porque tiene 1111 páginas y en mayo-junio estaba en el peor momento laboral para una lectura así. Os puedo prometer que por mis manos pasaron varias novelas mucho más breves y de tema diferente al de mi bucle, incluso empecé a leer una de ellas. Todo fue inútil y lo sabía. Tras tener esta obra en la estantería de pendientes varios años, había llegado el momento para su lectura, mi bucle me había preparado para ella, estaba madura para encarar esta monumental obra. Así que de perdidos al rio [Volga], me lancé a esta  Vida y destino, escrita en 1959, cuyo título encierra la vida de muchos personajes, de largos y difíciles nombres, agrupados en un listado que va de la página 1105 a la 1111. El destino parece guiar a los personajes de la novela de Grossman en una especie de guía fatal que parece contradecir el libre albedrío.
Y ahí estaba, una mujer vieja ahora; vive esperando el bien, cree, teme el mal, llena de angustia por los que viven y también por los que están muertos; ahí está, mirando las ruinas de su casa, admirando el precio de primavera sin saber que lo está admirando, preguntándose por qué el futuro de los que ama es tan oscuro y sus vidas están tan llenas de errores, sin darse cuenta de que precisamente esa confusión, esa niebla y ese dolor aportan la respuesta, la claridad, la esperanza, sin darse cuenta de que en lo más profundo de su alma ya conoce el significado de la vida que le ha tocado vivir, a ella y a los suyos. Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano no es ya forjador de su propia felicidad y que solo el destino tiene el poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penitenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos (p. 1092-1093).

Vasili Grossman nacido en el seno de una familia de origen judío en Berdychiv (Ucrania) en 1905, murió en Moscú en 1964. Ingeniero de formación, se dedicó desde los años treinta a la escritura. Cuando la URSS entró en la II Guerra Mundial, recorrió el frente como periodista del periódico Estrella Roja del ejército rojo y fue testigo de la liberación de los campos de concentración nazis sobre los que escribió. Estos relatos fueron utilizados como prueba en los juicios de Núremberg. Al acabar la guerra, Grossman empezó a dudar del régimen soviético, entre otras cuestiones, por el giro antisemita del stalinismo. Aunque Grossman nunca fue detenido, la presión sobre su persona y su obra se reflejaron en los registros de su vivienda y el secuestro de los manuscritos de sus obras, en especial esta Vida y destino, que nunca vio publicada en vida. Solo una red de resistentes pudo sacar una copia de la URSS y, finalmente, pudo ser publicada en Occidente en 1980.
De improviso, el sol poniente iluminó el camino, la casa muerta. Las órbitas quemadas de las casas se llenaron de sangre helada; la nieve sucia de hollín de los combates, excavada por las garras de las minas, resplandeció como el oro; se iluminó también la caverna rojo oscuro de las entrañas del caballo muerto, y la ventisca de nieve en la carretera formó un torbellino de bronce.La luz vespertina posee la propiedad de revelar la esencia de lo que está ocurriendo y de transformar las impresiones visuales en un cuadro, en historia, sentimiento, destino. Las manchas de barro y hollín, a la luz del sol poniente, hablaban con cientos de voces; con el corazón encogido uno comprendía la felicidad pasada, lo irreparable de las pérdidas, la amargura de los errores y el eterno encanto de la esperanza (p.929).
Esta novela, más decimonónica que del siglo XX por cómo relata la realidad sin pudor alguno, se mantiene en el puro realismo de los hechos con la intención de explicar la verdad de lo sucedido aunque sea desde la ficción de unas historias particulares. Grossman tenía que ser consciente del riesgo que corría al escribir una novela en la que la denuncia del totalitarismo soviético es letal, por ello debemos entender que tenía la voluntad de denunciar un régimen en el que había confiado durante un tiempo. Se compara esta obra con Guerra y paz de Tolstói por construir un fresco sobre los desastres de la guerra y de los sistemas totalitarios bajo los que vivía la población. No es una comparación marciana.
La lectura de esta novela se divide en tres partes, la última centrada en la batalla de Stalingrado (junio 1942- febrero 1943), verdadera protagonista de esta novela que planea sobre toda ella. Más de doscientos personajes y numerosos escenarios, convierten esta obra en una enormidad que obliga a consultar la lista de personajes y escenarios con frecuencia.



Dos bandos, dos totalitarismos que llegaron a una crueldad inaudita, dos ideologías contrapuestas (aunque un lúcido oficial alemán afirma lo contrario cuando interroga a un viejo bolchevique) y la inquietante similitud de dos dictadores, Hitler y Stalin. Solo hay una esperanza, la bondad y la libertad interior de las personas. Poco más. Es cierto que ensalza el heroísmo del pueblo soviético y la victoria sobre los alemanes, pero siempre desde la crítica a la falta de libertad, la vulnerabilidad de los inocentes y la arbitrariedad del poder totalitario del Estado y del Partido Comunista.
El poder del Estado había construido un nuevo pasado; hacía intervenir de nuevo a la caballería a su manera, exhumaba nuevos héroes para acontecimientos ya sepultados y destituía a los verdaderos. El Estado tenía poder para recrear lo que una vez había sido, para transformar figuras de granito y bronce, para manipular discursos pronunciados hacía tiempo, para cambiar la disposición de los personajes en una fotografía.Se forjaba realmente una nueva historia. Incluso los hombres que habían sobrevivido a aquellos tiempos volvían a vivir la existencia pasada, de valientes se transformaban en cobardes, de revolucionarios en agentes extranjeros (p. 346).
Grossman abarca en la novela escenarios diferentes que van entretejiendo con paciencia la trama de la novela y que abarca desde el campo de batalla, hasta un núcleo de científicos, campos de concentración alemanes, un campo de trabajo ruso, una jata ucraniana, la prisión de Lubianka en Moscú, la estepa calmuca, etc. En todos estos escenarios podemos ver las viviendas, las fábricas, los barracones, las cámaras de gas, las unidades de aviación y de tanques, y las personas que pululan tratando de hacer frente al frío, el hambre, las enfermedades y la guerra.
No hay unos protagonistas que estén en la totalidad del relato, aunque la familia Sháposhnikov es quien le da unidad. Contar la guerra a través de las relaciones familiares, amorosas y de amistad, es una manera de dar vida a la guerra en lo personal. La pena de las madres por sus hijos muertos (Liudmila y su hijo Tolia), la separación e incomunicación del núcleo familiar por la guerra y el holocausto (Anna Semiónovna y la carta a su hijo, el niño judío separado por azar de su madre y que encuentra en Sofía Ósipovna una segunda madre y tantos otros ejemplos que aparecen en la obra).
El narrador omnisciente se detiene en algunos personajes (en especial en el físico Viktor Pávlovich Shtrum que se ha considerado que era reflejo del propio Grossman con el que comparte muchos rasgos autobiográficos) para hacer reflexiones que abarcan un amplio espectro de temas: la sumisión y el exterminio, el humanismo, la amistad, el bien, el antisemitismo, la revolución soviética, la libertad, etc. Desde mi punto de vista destaca, por encima de todas las reflexiones, la del totalitarismo, el nazi y, especialmente, el soviético que tan bien conoció Grossman. Espectacular las sesiones de interrogatorio y  de tortura de un bolchevique leninista, que recuerdan los procesos de 1937, en el capítulo 43 de la tercera parte. Sensacional la carta de Anna Smiónovna a su hijo desde el gueto cuando es consciente de que va a morir, en el capítulo 18 de la primera parte. Impresionante, hasta erizar el vello y provocar el llanto, el trayecto hacia la cámara de gas de Sofia Ósipovna, en los capítulos 46-49 de la segunda parte. Muy lúcida la reflexión sobre la bondad sin sentido que transmite la fuerza del silencio del corazón humano y que salva a este de la maldad, en el capítulo 16 de la segunda parte.
¿Cómo se puede transmitir la sensación de un hombre que aprieta la mano de su mujer por última vez? ¿Cómo describir la última y rápida mirada al rostro amado? ¿Cómo se puede vivir  cuando la memoria despiadada te recuerda que en instante de aquella despedida silenciosa tus ojos parpadearon para esconder la grosera sensación de alegría que experimentaste por haber salvado la vida? ¿Cómo puede ese hombre enterrar el recuerdo de su esposa, que le depositó en la mano un paquete con el anillo de boda, algunos terrones de azúcar y unas galletas? ¿Cómo puede seguir viviendo al ver el resplandor rojo inflamarse en el cielo con fuerza renovada? Ahora las manos que él ha besado deben de estar ardiendo, los ojos que se iluminaban con su llegada, sus cabellos cuyo olor podía reconocer en la oscuridad; ahora arden sus hijos, su mujer, su madre (p. 690).
Vida y destino es una de las mejores novelas que he leído, su enfoque desde la ficción, hace posible comprender un momento histórico complejo dotándole de realidad casi histórica, casi psicológica, casi económica. Una magnífica novela que constituye una experiencia lectora de alto nivel.


viernes, 10 de julio de 2015

CZESLAW MILOSZ, El poder cambia de manos.

Me repito si digo que estoy interesada en una época, el periodo de entreguerras en Europa, y en un tema, la libertad y su limitación a extremos intolerables. Y esto me trae de un libro a otro, del ensayo a la ficción, de esta a la historia o a la política y vuelta a la ficción, en fin, un auténtico bucle que tiene un sentido, como mínimo, personal.


Esta novela de Milosz es una de las obras que llevaba más tiempo en mi biblioteca esperando su momento, se traspapeló y acabó en la sección de leídos, extraviado en cierta manera, invisible a mi mirada. El encuentro fue totalmente casual, al colocar otro libro lo vi y, extrañada, lo saqué de su sitio y, ¡¡oh sorpresa!!, comprobé que trataba de lleno el tema que tanto me subyuga.

El poder cambia de manos (1953) recibió el Prix Littéraire Européen, tiene 272 páginas y su título hace referencia a cómo el poder cambió de manos (de los nazis a los comunistas soviéticos) en Polonia, en el verano de 1944.

Czeslaw Milosz nació en Vilna en 1911 en el seno de una noble familia lituana y murió en Cracovia en 2004. Abogado de formación, se dedicó a la escritura, tanto narrativa como poesía, y recibió el Premio Nobel de Literatura en 1980. Se exilió en 1951 y se instaló en Francia. En 1960 se trasladó a Berkeley (EUA), donde ejerció como profesor de Lenguas y Literatura eslavas, escribiendo a partir de este momento, sobre todo, poesía.



Esta novela mantiene, sin duda, toda su actualidad puesto que trata un tema universal, el del poder. La novela está dividida en dos partes: “Verano de 1944” y “Hasta el Elba”, tratando la primera, a partir de diversos personajes y situaciones, la insurrección de Varsovia (la primera, la del guetto, había ocurrido en 1943) y su destrucción por el ejército nazi ante la pasividad del ejército rojo que estaban en la otra orilla del Vístula. La segunda parte transcurre en el primer año en el que la URSS asienta su poder en Polonia, al igual que en el resto de la Europa oriental, tras su liberación del sometimiento nazi durante la II Guerra Mundial.

Muy pronto Milosz deja clara su posición, a través de uno de los personajes más interesantes, el profesor Gil:
Al querer justificar unos actos que hasta entonces se consideraban  censurables, hubo que cambiar el sentido corriente de las palabras. La audacia irreflexiva fue considerada valeroso sacrificio; la precaución prudente se convirtió en una cobardía disimulada. El sentido común no era más que un pretexto para la molicie, y la gran inteligencia era sólo inercia reprobable. La violencia llevada hasta el frenesí pasaba por ser la condición de un alma auténticamente viril; las precauciones contra los proyectos del adversario se convertían en honrados pretextos contra el peligro. El violento conseguía siempre que lo creyesen; y el que resistía la violencia, se hacía siempre sospechoso (p. 11).
Los personajes que aparecen en escenas diversas, que se estructuran como si fueran un puzle, reflejan las reflexiones, las dudas o el fanatismo que, los rápidos cambios producidos, provocan en ellos. La población polaca, con una división interna dramática por el fuerte antisemitismo, se encuentran zarandeados por un destino trágico y desalentador entre dos poderes totalitarios, el nazi y el soviético, uno sucede al otro entre 1944 y 1945 sin que la propia población pueda hacer mucho para evitarlo.

La galería de personajes nos ofrece una rica variedad de posibilidades: el héroe, el traidor, el que se adapta a cualquier situación, el que piensa, el que prefiere no hacerlo, en definitiva, muchas de las respuestas que se produjeron en una situación tan trágica como la que le tocó vivir a Polonia. ¿Hay fatalismo en sus páginas? No podía ser de otra manera, sin embargo, hay dos personajes, Piotr y Gil que la niegan, uno marchando del país y el otro a través de los libros y la palabra, las opciones del propio Milosz.

El tema judío transita, como no podía ser de otra forma, por las páginas de esta novela y esta reflexión me parece una buena manera de cerrar esta reseña:
Berlín cae -dijo como si estuviera leyendo la noticia en el cielo-. Es la Historia. Pero, ¿quién puede decir si el curso de la Historia futura no cambiaría si pudieran nacer unos hombres que no han nacido y que jamás podrán nacer? (p. 162).

Y es que Milosz no solo escribe muy bien sino que su pensamiento es certero y profundo.

viernes, 3 de julio de 2015

JAUME CABRÉ, Yo confieso

Tengo que reconocer que hay autores a los que me cuesta volver pese a que la anterior novela leída me haya gustado, este es el caso de Jaume Cabré. Me doy cuenta que Las voces del Pamano, la leí en el verano de 2012 cuando ya había sido publicada este Yo confieso (2011), que compré tras la anterior lectura y ha reposado en la estantería de “pendientes” hasta ahora.

Estamos ante una voluminosa obra de 762 páginas, que supera a la anterior en más de cien páginas (ya me quejaba yo en aquella reseña de su excesiva extensión), cuyo título Confiteor, puede traducirse como Yo confieso (opción por la que ha optado Cabré) o Yo pecador, igualmente adecuada para esta obra.
Sobre el autor ya introduje una pequeña biografía en la reseña de la novela anterior para quien le pueda interesar.


Con la oración en latín, Confiteor, no pretendo introducir cultismos innecesarios sino situaros en una obra cuyo índice está compuesto por siete expresiones latinas para sus respectivos capítulos. A capite (desde la cabeza o desde el principio) es, naturalmente, el primer capítulo que enlaza con el séptimo,…usque ad calcem (hasta los pies), componiendo, por tanto, la frase completa: Desde la cabeza a los pies. El segundo, De pueritia (Sobre la niñez), el tercero, Et in Arcadia ego (También yo estoy en la Arcadia), el cuarto que puede referirse a los azares de la vida, Palimpsestus (tablilla que puede ser borrada para escribir encima de nuevo), el quinto, Vita condita (Tras haber fundado una vida) y el sexto, Stabat mater (Estaba la madre).


He encontrado varios rasgos comunes que se repiten en Las voces del Pamano (2004): trasfondo histórico (franquismo especialmente), varias historias de amor y de desamor, y, rencores y odios que perduran a lo largo del tiempo. También nos encontramos con una técnica narrativa que provoca airadas protestas entre algunos lectores: trenzar los hilos de varias tramas. La mezcla de tiempos y voces narrativas sin solución de continuidad se produce a veces dentro del mismo párrafo. El contraste entre apariencia y realidad, motivo básico materializado en los secretos y engaños que mantienen muchos personajes, se resuelve en el uso del monólogo interior dentro de un diálogo para traer a la superficie del texto lo que se dice y lo que se oculta (ahí tenemos al protagonista, Adrià, mintiendo y reconociéndolo en ese diálogo interior). Y así queda dicho en la primera página de la novela:

No te fíes un pelo de mí. Sé que este género del recuerdo escrito para un solo lector se presta a la mentira y que procuraré caer siempre de pie como los gatos; pero voy a hacer un esfuerzo por no inventar gan cosa. Todo fue tal cual y peor (p. 11).
La novela tiene varios narradores pero uno declarado, Adrià Ardèvol, nacido en Barcelona en 1940; a partir de la confesión que va desgranando, dirigida a su amada Sara, mezcla un puzle de historias sobre la naturaleza humana que suceden en distintas épocas protagonizadas por distintos personajes: desde un monasterio de monjes dominicos en el siglo XIV, hasta el nazismo y los campos de concentración, el fundamentalismo islámico o el hilo que las engarza a todas ellas que es un valioso violín Storioni, construido en el siglo XVIII. Aun reconociendo que Cabré realiza este puzle con habilidad no me gusta que me guíen de esa manera tan evidente a sacar las conclusiones que el autor desea.

El mal, la culpa, la imposibilidad de la expiación y el perdón, recorren la obra de Cabré y nos induce a pensar con Adrià Ardèvol que, quizás, solo la belleza (el violín representa la belleza pero también un objeto con gran valor económico que lleva a algunos personajes a la maldad para conseguirlo) y el amor nos pueden salvar, e incluso la belleza mercantilizada o el amor manipulado pueden abandonarnos.

Los libros están presentes de manera constante en la novela, de ahí que esa bella portada que tiene la obra recoja este protagonismo con el que he disfrutado tanto:
En cuanto se nos acostumbraron los ojos a la oscuridad, lo primero que hizo Adrià fue contemplar con satisfacción la expresión estupefacta de Bernat, que ya no percibía un olor raro sino el peso de la historia acumulado en los objetos que empezaba a vislumbrar. Dos mesas, una llena de manuscritos y con una lámpara de mesa rarísima que al mismo tiempo era... ¿Qué es esto? Ah, una lupa. Ostras... Y un montón de libros viejos. Al fondo, una librería llena de libros más viejos aún; a la izquierda, una parte de la pared llena de libros pequeñitos p. 109.

El autor escribe con una gran variedad de matices, una excelente prosa y una esmerada perfección de la técnica narrativa que permiten que la lectura sea siempre atractiva y agradable.