
Rita Levi-Montalcini (1909)
Nacida en Turín, fue la menor (junto con su hermana gemela Paola) de cuatro hijos de una familia sefardí. Su padre, Adamo Levi, bien dotado para las matemáticas, era de profesión ingeniero eléctrico y su madre, Adele Montalcini, una pintora con gran talento. Trabajó en una panadería para costearse los estudios hasta 1929, a pesar de su alergia a la levadura. Haciendo caso omiso a las exigencias paternas de no estudiar para ser buena madre y esposa, en 1930 Levi-Montalcini se matriculó en la Facultad de Medicina de Turín. Se licenció en 1936. Trabajó como ayudante del famoso histólogo italiano Giusseppe Levi hasta que en 1938 Benito Mussolini publicó el Manifesto della Razza que le prohibía a toda persona judía acceder a alguna carrera académica o profesional.

Sobre esta circunstancia difícil, dijo Rita Levi en su 100 cumpleaños:
"Sobre todo, no le temo a los momentos difíciles, lo mejor viene de ellos. Debería agradecer a Mussolini por haber declarado que yo sea de una raza inferior. Esto me llevó a la alegría de trabajar, no más, lamentablemente, en los institutos universitarios, sino en una habitación."
Por su ascendencia judía se vio obligada a abandonar Italia poco antes de ser descubierta por los alemanes, por ende tuvo que salir de Italia antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, montó un laboratorio en el dormitorio de su propio hogar, donde estudiaba el crecimiento de las fibras nerviosas en embriones de pollo, lo que le sirvió como base para futuras investigaciones. En 1943 su familia se trasladó a Florencia, y con ella se llevó su laboratorio. En 1945 volvieron a Turín.

En septiembre de 1946 aceptó una invitación de la Universidad de Washington (Saint Louis), bajo la supervisión del profesor Viktor Hamburger. Aunque en un principio la estancia debía de ser por un solo semestre, se quedó 30 años. Fue aquí donde hizo su trabajo de mayor importancia, sobre los factores de crecimiento, por el que en un futuro le darían el premio Nobel. Se hizo profesora en 1958 y en 1962 estableció una unidad de investigación en Roma teniendo así que dividir su tiempo entre Roma y Saint Louis.
En 1968 fue la décima mujer elegida para la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.
Sus trabajos, conjuntos con Stanley Cohen, sirvieron para descubrir que las células sólo comienzan a reproducirse cuando reciben la orden de hacerlo, orden que es trasmitida por unas sustancias llamadas factores de crecimiento. Obtuvo el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en el año 1986 que compartió con Stanley Cohen.
En 1987 recibió la Medalla Nacional de la Ciencia, el máximo reconocimiento de la comunidad científica estadounidense.
En octubre de 1999, Rita Levi Montalcini fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).
El 1 de agosto de 2001, Carlo Azeglio Ciampi, entonces presidente de la república italiana, la designó senadora vitalicia.
Conocí la existencia de Rita Levi-Montalcini por un pequeño libro que recomiendo siempre a mis alumnas/os y que se titula “Tiempo de cambios. Pensar y vivir a favor de la supervivencia de la especie humana” (2005). Este libro tiene tan solo 111 páginas pero son la muestra de la vitalidad, inteligencia y creatividad de esta mujer que tiene 101 años.
El prólogo de este libro empieza con unos versos del poeta Lawrence Ferlinghetti:
[…] Estoy esperando
que los humildes sean bienaventurados
y hereden la tierra
sin impuestos
y estoy esperando
que selvas y animales
reclamen su tierra como propia
y estoy esperando
que se invente la manera
de destruir los nacionalismos
sin matar a nadie […].
Una parte del libro está dedicada al papel de las mujeres en el mundo:
“La conciencia de las injusticias sufridas por innumerables generaciones de mujeres del pasado, y todavía vigentes en los países en desarrollo, es un incentivo muy poderoso y eficaz para que las mujeres se decidan a pedir lo que siempre se les ha negado.
La desigual aportación masculina y femenina al progreso de nuestra civilización debe atribuirse a las dificultades insuperables impuestas por la sociedad patriarcal.
El remedio principal y más eficaz que se impone hoy es tratar e instruir por igual a los individuos de ambos sexos (...).
[Además de] devolverle a la mujer el sentido de la dignidad de ser pensante y responsable de sus actos” (pp 43-44).

Admiro la alegría, la vitalidad y la combatividad por un mundo mejor que transmite esta mujer. Reproduzco una parte de una entrevista cuando estaba a punto de cumplir los cien años:
“- ¿Y qué hace?
Trabajo para becar a niñas africanas para que estudien y prosperen ellas y sus países. Y sigo investigando, sigo pensando...
- ¿No se jubila?
- ¡Jamás! ¡La jubilación está destruyendo cerebros! Mucha gente se jubila, y se abandona... Y eso mata su cerebro. Y enferma.
- ¿Y cómo anda su cerebro?
- ¡Igual que a mis 20 años! No noto diferencia en ilusiones ni en capacidad. Mañana vuelo a un congreso médico...
- Pero algún límite genético habrá...
- No. Mi cerebro pronto tendrá un siglo..., pero no conoce la senilidad. El cuerpo se me arruga, es inevitable, ¡pero no el cerebro!
- ¿Cómo lo hace?
- Gozamos de gran plasticidad neuronal: aunque mueran neuronas, las restantes se reorganizan para mantener las mismas funciones, ¡pero para ello conviene estimularlas!
- Ayúdeme a hacerlo.
- Mantén tu cerebro ilusionado, activo, hazlo funcionar, y nunca se degenerará”.
Por esta manera de hacer frente a la vida y la vejez está en esta galería de hagiografías particulares .













