Confieso que no conocía de nada a este poeta. Paseando por una librería, miraba las novedades que me suelen tentar poco y lo encontré. Feliz encuentro. Me llamó la atención la portada, ese árbol sin hojas, y el título. La editorial siempre es una garantía, así que leí la contraportada, abrí el libró y enseguida supe que sí, que tenía que llevármelo. Zagajewski utiliza un formato que me gusta mucho, sé que es de lectura lenta (así ha sido), pero sé que me quedo atrapada si es buen escritor.
Estamos ante una autobiografía completamente atípica (aunque desde Montaigne, la han utilizado otros autores/as como Pessoa o Kertész entre los que más admiro). No hay cronología, ni orden, ni selección de contenido por su aparente importancia, en fin, nada de lo habitual en este género. Zagajewski escribe con formato fragmentario, el libro está estructurado en fragmentos, a veces, muy breves (cuatro líneas), otras más largos (no suelen superar las tres o cuatro hojas).
Estos textos fragmentarios son recuerdos de su vida personal (por eso podemos hablar de autobiografía) que abarcan temas muy diversos: música clásica, recuerdos familiares, recuerdos históricos de una época que le tocó vivir a él o a su familia (el comunismo polaco, la II Guerra Mundial, etc.), viajes (especialmente atractivos los que hizo por Italia en busca de la belleza), poetas, escritores/as (reflexiones sobre aspectos de sus vidas y de sus obras), en fin, un sinfín de temas. Así empieza este maravilloso libro:
«DE TODOS MODOS, NO LO VOY A CONTAR TODO. Porque, bien mirado, no ha pasado gran cosa. Y además, soy un representante de la vieja escuela de la discreción de la Europa del Este: aquella que no habla nunca de divorcios ni reconoce que uno está deprimido. La vida transcurre tranquila, y al otro lado de la ventana reina un diciembre grisáceo y excepcionalmente cálido» (p. 5).
“Una leve exageración” es una metáfora sobre la poesía.









