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viernes, 21 de agosto de 2015

ROBERT WALSER, Jacob von Gunten. PLACENTERA RELECTURA

Me cuesta mucho releer pese a que, cuando lo he hecho, el resultado ha sido extraordinariamente positivo e incluso recuerdo en algún caso, La señora Dalloway, que la relectura superó la impresión positiva de la primera lectura. Una se encuentra con los libros por una multitud de circunstancias que no siempre es fácil de explicar. ¿Por qué me he encontrado tan tarde con James Joyce? o ¿Por qué me encontré tan pronto con Virginia Woolf? Y aún se me ocurren otras preguntas, especialmente, ¿cómo es que no uní estos dos nombres que tuvieron sus puntos de contacto? Prefiero no dar muchas vueltas a este tema porque, aun pudiendo llegar a algunas conclusiones, no serían relevantes en mi condición de lectora. Prefiero pensar con Ernesto Sábato (gracias Adriana Alba por este fragmento) que mi encuentro con los libros responde a esta reflexión: 
Nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los buscaba porque ya bordeaban los aledaños de nuestro destino.
Algo parecido me ha ocurrido con la mayoría de las personas con las que me he encontrado desde que inicié este espacio de libros. Fue NáN, y alguno de sus comentarios, quien me recordó a Walser y esta novela leída y olvidada. Busqué en mis estanterías y no estaba, no es la primera vez que me ocurre, quizás viajó a otra biblioteca por expreso deseo mío o fue uno de esos libros que no regresaron o que me prestaron a mí. Lo encontré en bolsillo y, de momento, se queda conmigo.



Jacob von Gunten (1909) es una novela breve, 126 páginas, y con un título sencillo que corresponde al protagonista de la novela, un joven que escribe un diario sobre la vida que lleva en una academia con pocos alumnos: el Instituto Benjamenta.

Robert Walser (1878-1956), escritor suizo que, como Jacob von Gunten, dejó pronto la escuela, a los catorce años, para empezar a trabajar en diversos oficios y en muchas ciudades. Solitario y acosado por la depresión fue sobre todo poeta aunque sus novelas, especialmente la que comento, fueron bien valoradas en círculos literarios exigentes, convirtiéndose en un escritor de culto.



¿Quién es Jacob? Un estudiante en la edad de la adolescencia que entró en el Instituto Benjamenta, dirigido por dos hermanos, hombre y mujer, y constituido por un grupo pequeño de alumnos que vivían en el piso de los Benjamenta separados de sus familias. En este centro no parece que aprendan mucho, según el propio Jacob, pero tampoco era necesario puesto que se les preparaba para ser sirvientes con orgullo de hombres de la alta sociedad prusiana. Se les prepara, por tanto, para no ser nadie, los contenidos intelectuales son nulos, el aburrimiento, la indolencia, la memorización de unos pocos textos y, eso sí, muchas normas de comportamiento servil, conforman el programa de estudios de un centro abocado al fracaso y al cierre.

No hay trasfondo histórico pero las anotaciones que hace Jacob en su diario nos dibujan la sociedad prusiana de la época del II Imperio alemán anterior a la Gran Guerra.

Walser construye, a través de Jacob, un monólogo interior, anticipándose a Joyce o a Proust y repasa a través de escenas cotidianas, oníricas y, a veces, surrealistas, a sus compañeros de estudios, a quienes les dedica unos fragmentos bastante lúcidos en que los caracteriza con brevedad y tino: Heinreich, Schacht, Schilinski, Kraus (al que Jacob toma como referente del buen alumno que aprender a servir y del que se ríe), Tremala, Hans, Peter el Larguirucho y Fuchs. También dedica bastante espacio a describir a los dos hermanos, especialmente a la señorita Benjamenta con la que sueña tener sexo.
Jacob reflexiona acerca de su vulgaridad y está seguro de que:
… el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola. De viejo me veré obligado a servir a jóvenes palurdos jactanciosos y maleducados, o bien pediré limosna, o sucumbiré (p. 10).
Su sentido del humor, bromitas a lo Von Guten, le dice su compañero Kraus, tiñe su monólogo de frases que si te pillan descuidada resultan ser una bofetada en una noche calurosa de verano:
Hay sinceridades que solo sirven para herirnos y aburrirnos (p. 20).
Tener razón vuelve fogosa a la gente, mientras que no tenerla invita a mostrar siempre una placidez orgullosa y frívola (p. 25).
Nuestros ojos contemplan siempre un vacío lleno de ideas, cosa que también prescribe el reglamento. A decir verdad, no deberíamos tener ojos, pues los ojos son curiosos y descarados, y el descaro y la curiosidad son condenables desde casi cualquier perspectiva sana (p. 45).
En esta novela hay más, mucho más de lo que he recogido, pero eso son sorpresas que tendréis que descubrir quienes os animéis a leer esta pequeña-gran obra. Y ahora toca cerrar esta reseña a lo Von Guten:
Un apretón de manos, un adiós… y a la calle. Muy probablemente para no volvernos a ver más. ¡Qué breves son los adioses! Uno quiere decir algo, pero como se le olvida la frase apropiada, no dice nada o bien suelta alguna tontería. Despedir y despedirse es horroroso. Son momentos en los que la vida humana se estremece y uno siente vivamente su propia nada. Las despedidas rápidas son desamoradas; las lentas, insoportables (p. 103).

Si alguien ha vivido alguna de estas despedidas, yo sí, sabrá enseguida de qué le habla Von Guten. Un horror, en efecto.