Este es uno de esos libros que una compra porque no quiere perderse ni una sola palabra de un escritor por el que siente un profundo amor y una inmensa admiración. Ese amor se manifiesta en una profunda coincidencia en la manera de entender, sentir y ver la vida. Tal es la magnitud de dicho amor que salta barreras de género, de edad y de nacionalidad. Ese escritor es Imre Kertész.
Es difícil, pese a ser interesante, que pueda recomendar estos dos relatos a alguien que no comparta ese sentimiento por Kertész o, quizás, por Péter Esterházy. No he leído a Esterházy aunque tengo su monumental obra, Armonía celestial, que espero leer algún día.
Kertész escribió “Expediente” y Esterházy “Vida y Literatura” cuando se encontró en una situación parecida a la que Kertész describió en “Expediente”, así lo explica cuando dice:
Resulta que al oír esa frase surgió en mi interior, como una visión sangrienta, maldita literatura, el texto de Imre Kertész (…) que eleva (o más bien empuja hacia arriba) una historia de aduana de este tipo, hasta alcanzar el grado de una interpretación de la vida (Esterházy, p. 71).
En efecto, el texto de Kertész es excelente, hasta el punto de convertir la anécdota de un viaje frustrado a Viena (desde Budapest) en una muestra de la distopia socialista húngara, de cómo hace valer la autoridad el poder del que dispone con el único objetivo de que el individuo se sienta menos que nada, sujeto de la arbitrariedad y humillado. Todas las citas son de Kertész:
1.
A estas alturas, no creemos ya en nada; sordos y ciegos tanto a la verdad como a la mentira… (9).
2.
Me gusta viajar; a decir verdad, solo me gusta viajar. Siempre he sido un buen viajero y un mal llegador, (…). Me gusta estar de viaje, esto es, en ninguna parte (15).
3.
Empieza a adueñarse de mi esa sensación determinada que tan bien conozco a raíz de mis experiencias vitales (…). La sensación es de calma y de entrega. Es la misma disposición con que uno se encamina hacia su funesto destino, (…) nos hemos convertido en piezas de una estupidez mecánica que –a nuestro juicio- es del todo ajena a nosotros (…). (20-21).
4.
(…) el ciudadano atormentado desde hace décadas, adiestrado, lesionado en su conciencia, en su personalidad y en su sistema nerviosos y quizás hasta herido de muerte… que, de hecho, era más un prisionero que un ciudadano (32).
5.
Seis décadas de diversas pero siempre monótonas dictaduras y ahora esta dictadura restante todavía sin nombre me han destrozado la inmunidad que se alimentaba de paciencia, de paciencia gratuita (40).
Kertész siempre me tiene preparadas sorpresas, esta vez ha sido la manera de denominar a quien tiene cierto micropoder y lo usa para humillar y amedrentar (o lo intenta), son esos hombres que pasan desapercibidos y que cuando las circunstancias les otorgan un poquito de poder se crecen y lo ejercen: son los hombres grises. Así los llamo yo y así resulta que los llama Kertész en este relato.