El oso siempre tendrá, para
mí, connotaciones diferentes por su poder evocador de cuentos infantiles,
películas, reportajes sobre animales y naturaleza y, finalmente, de una persona querida que
muestra ciertos paralelismos osunos que no desvelaré aquí y que él siempre ha
indicado con su característico humor.
Cuando Ana, de Lo que leo,lo cuento, reseñó esta novela, me fui a buscarla para mí y para el Oso.
La novela es una historia
con breve, pero intenso, recorrido, 171 páginas. Su título no requiere mucha
explicación puesto que responde al hecho de que hay un oso con el protagonismo
que recoge perfectamente la portada de la edición de Impedimenta publicada en
2015. Pero la novela no es reciente ya que fue publicada en 1976, recibiendo
ese mismo año el Governor General’s Literary Award.
Marian Engel, nacida en 1933
en Toronto, murió en 1985. Es considerada una de las mejores escritoras
canadienses en la actualidad. Su primera novela fue publicada en 1968 y Oso es considerada su obra maestra.
Es una novela
obscena y extraña, señaló un crítico canadiense
sobre esta novela. Sin embargo, su lectura no ha ofendido a mi pudor en ningún
momento, sí diría que es extraña y sorprendente puesto que no es habitual una
relación sexual entre una mujer y un oso, un oso no humanizado, aunque tampoco
es un animal salvaje, desde luego, teniendo algo de humano por su docilidad en
el trato con las personas.
Es una novela de libros, y
de una biblioteca, que Lou, una joven tímida que se refugia en su trabajo para
esconderse a sí misma su fracaso en el amor y en el sexo, tiene que catalogar.
El escenario de la novela se desarrolla en una isla a la que la protagonista tiene que
viajar para catalogar la biblioteca, donada al instituto en el que trabaja, por un enigmático
Coronel Jocelyn Cary con el que entablará un curioso diálogo a través de
pequeñas notas que ella encuentra entre las páginas de algunos libros. La
biblioteca está en una gran casa victoriana, en la mencionada isla, en la que hay otro habitante, un oso que,
encadenado cerca de la casa, tiene que cuidar.
Lou entró y se sentó aturdida a la mesa de la cocina. Oyó el ruido de la motora alejándose; después, nada. Abrió dos puertas para ver crepitar el fuego del dormitorio. Así que este era su reino: una casa octogonal, una sala llena de libros y un oso (p. 33).
A partir de su llegada a la
isla y a la casa, Lou inicia un descubrimiento de sí misma que la llevará a un
puerto inesperado que, sin embargo, la hará crecer como persona. La prosa de
Engel, sencilla, tierna, ágil y entrañable, me fue cautivando y preparando para
lo impensable.
Lou, que viene de la ciudad,
pronto descubre su amor por la naturaleza incluyendo, naturalmente, la nieve.
Era esa nieve blanda y espesa que entusiasma a menos que se esté conduciendo o agonizando; copos acumulados que ahora ya caían, como orugas, de las verdes ramas. Volvió a olfatear. La nieve tiene su propio aroma frío (p. 53).
La naturaleza le
descubrirá un silencio precioso y afelpado, en el que cualquier sonido, incluso el
cuchillo de la mantequilla rascando la tostada, le lleva a pensar que: No todo el mundo, (…) está hecho para
convivir con el silencio (p. 54).
Pero la autora construye un
personaje que enseguida se adapta al silencio y al ritmo que marca la
naturaleza de la isla.
La lluvia cesó de repente un poco más tarde. Salió el sol y resplandeció entre los árboles, transformando sus vistas desde la biblioteca en un asombroso túnel de vegetación. Lou se puso las botas y bajó al rio. La lancha estaba medio hundida. Achicaría el agua después. Ahora quería escuchar el mundo fluvial que se sacudía el agua de las alas.El avetoro soltó un bramido sobrecogedor. Una bandada de golondrinas recién llegadas se escoró repentinamente en el cielo. Saltó un pez. A sus pies, las huevas de rana brillaban al sol (p. 73).
Que esa comunión con la
naturaleza se prolongue en una íntima relación con el oso resulta sorprendente,
que esa relación de bestialismo tenga una carga de amor y ternura que la aleja
de las parafilias, aún resulta más asombroso.
Ahora sabía que lo amaba. Un amor tan extravagante que el resto del mundo se había convertido en un estrecho nudo sin sentido, salvo por el paisaje que, neutral y ajeno a ellos, gozaba de sus propios orgasmos de verano (p. 143).
Su delicadeza nos acompaña
siempre, incluso cuando se aleja de la isla y de la experiencia que la transforma y la hace
madurar. Cierra la novela con unas bellas líneas de forma perfecta:
Llevaba un jersey grueso y viajó con las ventanas abiertas hasta que el olor de la tierra dejó de ser el del agua y los árboles para convertirse en ciudades y polución. Era una noche brillante, resplandecían las estrellas y, allá arriba, la Osa Mayor y sus treinta y siete mil vírgenes le hacían compañía (p. 171).