«El mundo era el mismo. Y sin embargo no era el mismo, porque su sentido se había desplazado, y seguía desplazándose, acercándose cada vez más a lo que no tenía sentido» (p. 412).
Esta novela es la primera de las seis que conforman Mi lucha, un proyecto que el autor encara para desmenuzar su historia personal, su vida. No sé si leeré toda la serie aunque tras la lectura de la primera, sí me han quedado ganas de seguir con la segunda.
Quizás lo que llama más la atención de esta novela es que el autor, que habla en primera persona, no esconde su vulnerabilidad, sus dudas, sus frustraciones, sus miedos, etc. En este sentido, resulta rompedor en los elementos que definen habitualmente la masculinidad.
El autor va de sus frustraciones presentes, con sus dudas respecto a su calidad como escritor, a su pasado (haciendo un recorrido desde la infancia a la adolescencia y la juventud. La presencia del padre, que muere en esta novela como consecuencia de su alcoholismo, condiciona la vida de Karl Ove. Esa tragedia puede explicar la obsesión del autor por la muerte, que le lleva a ser demoledor consigo mismo y con su literatura.
El padre, la madre está casi ausente, es una presencia en cierta manera amenazadora que lleva al autor a estar siempre pendiente y en alerta cuando está en su presencia. Cuando muere el padre se siente liberado y, a la vez, llora su pérdida en una explosión de contradicciones muy bien descrita.
Se trata de una familia aparentemente normal de la que el autor desvela sus luces y sus sombras con una sinceridad que te va desarmando en el transcurso de la lectura. La muerte del padre es una buena novela con una prosa limpia y fluida. En ella hay un claro objetivo: explorar su propio yo y, con él, la sociedad que le rodea.