He sabido que algunas instituciones y partidos
políticos se están planteando pedir la repatriación del cuerpo de Antonio
Machado, información sobre la que publicó Emilio Manuel un interesante texto
hace pocos días. Y como soy de cavilar, el tema se quedó danzando y dando
vueltas en mi cabeza.
Cuando visité la tumba de Machado en Collioure sentí
una emoción difícil de describir. Emoción porque admiro desde hace muchos años su poesía y porque su compromiso y coherencia le condujo, enfermo y a punto de
morir, camino del exilio donde fue enterrado en una modesta tumba junto a su
madre. Me impresionó, en un país que tan faltos estamos de referentes laicos a
quienes recordar y admirar, la cantidad de personas que pasaban por su tumba en
una mañana cualquiera de finales de invierno. Me conmovió ver papelitos
doblados con escritos dedicados al poeta, flores frescas, sencillos regalos de
recuerdo y conmemoración, cintas con los colores de la república, poemas, etc.
Me gustaría que Machado estuviera en nuestro país,
pero ¿cuántas personas tendríamos que repatriar?
Miles y miles de personas fueron muriendo en el
exilio en los largos años de la dictadura, la mayoría de ellas son desconocidas
y, por ello, ninguna institución las reclamará. Están dispersas por Europa y
América y sus descendientes allá se quedaron también. Otras muchas eran
personas ilustres por motivos diversos: poetas, filósofos, músicos, pintores,
científicos y muchas personas de partidos y sindicatos que se habían
significado por sus ideas democráticas o revolucionarias.
El dos veces presidente de Gobierno y de la
República, Manuel Azaña, está enterrado en Montauban (Francia, 1940), el
también presidente de Gobierno, Santiago Casares Quiroga está enterrado en París (Francia,
1950). El presidente de la Generalitat, Lluis Companys, exiliado en Francia fue
capturado por la Gestapo y entregado a las autoridades franquistas que lo
fusilaron en Montjuïc (Barcelona, 1940), la misma suerte corrió el anarcosindicalista
Joan Peiró, ministro en el Gobierno de Largo Caballero que fue fusilado en
Paterna en 1942. El socialista Francisco Largo Caballero, Ministro de trabajo y
presidente de Gobierno durante la Guerra Civil, está enterrado en Paris (París,
1946) al igual que el último presidente de Gobierno durante la guerra civil,
Juan Negrín (París, 1956). La primera mujer ministra, la anarquista Federica
Montseny, vio morir a su madre Teresa Mañé y su padre Juan Montseny al poco
tiempo de pasar la frontera camino del exilio, ella misma fue enterrada en Toulouse
en 1995. La misma suerte corrió Juan García Oliver, ministro anarquista de
Justicia (Guadalajara, México, 1980). En
Lausana (1972) está la tumba de Clara Campoamor, la republicana que de forma más coherente y
decidida defendió el voto para la mujer en la discusión que se produjo al
respecto cuando se elaboró la Constitución en 1931. Numerosos intelectuales y
científicos fueron acogidos en México (único país que no envió representación diplomática
a España mientras se mantuvo la Dictadura franquista) y allí residen sus tumbas.
No puedo olvidar que otras muchas personas, entre
las que se encuentra otro poeta, Federico García Lorca (Granada, agosto 1936),
al que profeso también una gran admiración, continúan en cunetas y fosas donde
fueron fusilados durante la Guerra Civil.
Dijo Joan Peiró cuando afrontó la muerte al ser
fusilado:
Con mi muerte, me gano a mí mismo.
Con
su muerte, y nuestro recuerdo emocionado, los ganamos y nos ganamos a nosotros
mismos. No creo que debamos moverlos de la tierra que los acogió (otra cosa son
los enterrados en fosas y cunetas, pero eso es otro tema de cavilación).